En un mundo que avanza precipitadamente y saturado de ruido, el silencio emerge como un modo de resistencia y cuidado. No es una huida, sino recogimiento que preserva lo humano. Inspirado en La resistencia íntima1de Josep María Esquirol, ensayo que comprende un silencio metodológico como la posibilidad de acceder a una comprensión más honda de la vida, se rescata la conexión con la intimidad, aquella que la lógica de la inmediatez del presente ha anulado. Frente a la disgregación de nuestros días, Hugo Mujica propone en El saber del no saberse2 una atención desnuda como un modo de ver. En esta convergencia entre el silencio que profundiza Esquirol y la atención desnuda; Mujica, es defender un nuevo modo de habitar el mundo.
Vivimos en tiempos ruidosos, ensordecidos por el bullicio de las ciudades y deslumbrados por la cantidad de letreros que se le imponen a la mirada. Desde las primeras horas del día ciertos lugares, como las estaciones del transporte público, se convierten en puntos de aglomeración donde la prisa, el cansancio y la presión por cumplir horarios y jornadas laborales, transforman el tránsito cotidiano en experiencias agobiantes. En medio de empujones, inseguridad y congestiones que roban tiempo y tranquilidad, es a lo que nos enfrentamos quienes habitamos el mundo de hoy.
La exigencia y el estar acoplado a este mundo conlleva a desaparecer el diálogo con los otros. No hay tiempo. Sumergidos en el régimen de la información y del mundo pantallizado tal como lo recoge Josep Esquirol, quedamos encadenados en la lógica de la inmediatez del presente; “la actualidad no tiene grosor: es plena pero plana. Y corta. Llena de datos, de información; pero no información del mundo, sino del mundo hecho información”. Lo que nos decimos son más datos que palabras, comunican más información que vida. El constante flujo de demandas no conoce ni día ni noche y el ruido de opiniones, estímulos y reclamos nos obliga a reaccionar, responder y mostrarnos siempre disponibles.
La aceleración del mundo digital deshumaniza la vida. El hombre no se puede mantener humano a esa velocidad. Nuestra cotidianidad se ha convertido en una carrera constante; la cultura de la inmediatez, los videos cortos, las soluciones rápidas, la producción continua y la conectividad sin pausas se ha instalado bajo tal ritmo. Hace unos años Ernesto Sabato en La resistencia3 nos hacia la siguiente pregunta: ¿Acaso quién de nosotros camina lentamente? Ya nada anda a paso de hombre. No hay lugar para la serenidad, esa cierta lentitud que es inseparable de la vida del hombre.
Ahora, frente un mundo dominado por la velocidad, la visibilidad y la eficiencia, la resistencia se convierte en la posibilidad de apertura de aquello que ha sido negado bajo esta lógica. A saber, la intimidad humana. La resistencia es una manera de ser o en palabras de Esquirol un movimiento de la existencia humana que tiende a ser más reservada que llamativa. La atención, el cuidado y el recogimiento es resistir a la actualidad que se impone y se nos impone de manera acelerada y (des)conectada con los otros desde la intimidad cotidiana.
Entenderlo de este modo no implica una huida del mundo, sino una transformación con respecto al modo habitual de hacerlo. ¿Frente a qué se resiste? La resistencia lo es, sobre todo, ante la disgregación. El resistente no anhela el dominio, ni la colonización, ni el poder que rompe, fragmenta y dispersa vínculos, debilita los lazos comunitarios y disuelve la interioridad humana. El resistente se resiste al contentamiento masivo. El resistente se resiste al dominio y a la victoria del egoísmo, a la indiferencia, al imperio de la actualidad que nos arranca la posibilidad de convivir humanamente.
La resistencia como recogimiento y cuidado contrarresta las fuerzas que nos empujan hacia la indiferencia y destrucción de lo humano. Por eso, el silencio a diferencia del ruido, es una forma de cuidado. El silencio de quien se recoge es un silencio metodológico nos anuncia Esquirol en su texto. Cuyo espacio interior donde el ruido ya no es protagonista se convierte en la posibilidad de acceder a una comprensión mas honda de la vida. Se traza un camino que busca caminarse mejor. La invitación es en despertar los sentidos; hacer como si los ojos fuesen el oído y el oído los ojos, ¿Acaso no es la forma en el que el hombre se mantiene fiel a su intimidad?
El andar del hombre exige que cada paso sea acompañado por una actitud distinta a la que predomina en el mundo actual. La atención desnuda, aquella de la que habla Hugo Mujica en El saber del no saberse es la disposición que se abre al acontecer. Allí contempla, se despliega en la alteridad, se libera y trasciende de lo que está simplemente dado. En lugar de un mundo que tiende a lo superficial, un percibir la realidad dominado por los intereses y deseos, la atención abierta permite ver. En palabras de Mujica: “entonces, es dejar que el cuerpo se abra al mundo, se extiende mirada atenta y desnuda. Se abra al mundo dejando que el mundo se abra en él. Y es también escuchar y palpar, hasta oler y gustar ese mundo”.
Sintonizados con el mismo ritmo que ha dejado en el olvido la capacidad de asombro y únicamente “ve” al mundo del trabajo y sus dinámicas de producción. La atención atenta libera la mirada de las ataduras y permite abrirse a la presencia. Es un espacio del desapego que no busca controlar ni consumir lo que aparece, sino más bien abrirse a lo que se da.
Establecer esta conexión con la intimidad resulta indispensable en una sociedad saturada de información, opiniones y ruido; un mundo que avanza precipitadamente y ha relegado al olvido el cuidado de la vida cotidiana. El silencio no constituye vacío alguno, sino presencia plena, atención cuidadosa. Nos permite anclarnos en lo esencial de la existencia, rehusando el ritmo frenético que impone el mundo contemporáneo. Es una reacción, una defensa más que una ofensiva frente al sistema.
El hombre, encadenado a las comodidades que le brinda la técnica, no se atreve a sumergirse en experiencias profundas como el amor o la solidaridad. En una época marcada por el individualismo narcisista, donde el ideal dominante es un “yo” eficiente y productivo, y donde el cuidado del otro ha perdido todo sentido. Sin embargo, resistir significa recuperar el cuidado que se dirige, propiamente, a lo mas cercano. Como señala Esquirol:
La resistencia íntima se parece a la eléctrica en que, paradójicamente. Al resistir el paso de la corriente, da luz y calor a los que están cerca; una luz que ilumina el propio camino y que sirve de candil para los demás, guiando sin deslumbrar.
Quien se resiste al flujo dominante y devastador del mundo contemporáneo no solo abre la posibilidad de adentrarse al camino que se ha buscado en tono de urgencia, sino que le permite no perderse entre un mundo de imposición y orientar en otros desde la presencia y el cuidado. Así, florece la luz y calor: un modo de vivir más humano, silencioso y lleno de sentido.



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