El pragmatismo de Trump ha llevado a elegir la opción más pragmática: una líder moderada con experiencia dentro del chavismo capaz de poner en funcionamiento la industria petrolera al servicio de los intereses de EEUU ahorrándose un conflicto prolongado.
7 ene 2026. Las razones que llevaron al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a intervenir militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro, y el tipo de operación elegida se encuadran en un contexto muy diferente a las anteriores intervenciones realizadas por EEUU en el mundo. La principal razón no es de corte ideológico, sino económico.
El mismo día del secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, Trump dejó claro que María Corina Machado no podía ser la elegida para dirigir una transición política en Venezuela. Por el contrario, según Trump, la responsabilidad correspondería a Delcy Rodríguez, escogida por Maduro como vicepresidenta —y quien según la Constitución sería la encargada de ordenar el proceso en ausencia del presidente—. Eso sí, bajo fuertes condicionantes y amenazas, sobre todo entendiendo que el éxito de la operación militar dota a Trump de un nuevo poder disuasivo.
Así las cosas, Trump lo soltó rápido: “[María Corina Machado] no tiene el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”. Esta frase lapidaria fue un balde de agua fría sobre la oposición en el exilio, sobre la propia Machado y sobre sus aliados europeos que pensaron que se abría una autopista despejada hacia Miraflores. Pero Trump es lo suficiente claro y pragmático para saber que con sacar del juego a Maduro no es suficiente y que aún queda derrotar al chavismo, quien aun está muy lejos de ser descalabrado: su estructura militar se mantiene intacta.
Desde el ataque no ha habido ningún tipo de modificación en la línea de mando. Tal como lo demanda la Constitución, el 5 de enero se instaló la nueva Asamblea Nacional devenida de los respectivos comicios legislativos del año anterior. Venezuela rápidamente asimiló el golpe y retornó a la normalidad en un tiempo récord. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, llamó a la regularización de las actividades laborales, educativas y bancarias. No hubo toque de queda ni medidas especiales en el orden militar.
Es lógico que Trump haya preferido esta opción. Haber impuesto a Machado habría tenido a las calles desatadas y al chavismo, incluyendo el militar, levantado y, básicamente, habría resultado en un conflicto de tipo prolongado que tanto cansancio ha generado en las finanzas y en la legitimidad de Estados Unidos como “policía del mundo”.
Machado ha respondido al desplante de Trump en una entrevista este 6 de enero con Fox News ofreciéndole el Premio Nobel de la Paz que recibió en diciembre pasado, debido sobre todo a que fue su contendiente en la carrera por el galardón, lo que habría dejado visibles resquemores. Pero la situación en Venezuela supera las vanidades del presidente estadounidense. Se avizora pronto un conflicto con Irán y se requiere desde muy pronto el crudo venezolano para amortiguar cualquier desabastecimiento.
Machado ha quedado como la candidata de Europa para presidir Venezuela, pero no de las diferentes tendencias dentro de los Estados Unidos. El propio New York Times y varios otros medios demócratas llevan rato barajando el nombre de Rodríguez como posible sustituta, calificándola de “moderada” y recalcando su perfil técnico y académico.
Rodríguez sale adelante
Por el contrario, Rodríguez supo entender el cambio de situación. Cambió sus discursos radicales y publicó un comunicado en inglés y español, invitando a Trump y a Washington a mantener relaciones cordiales y de respeto: “Extendemos la invitación al gobierno de los EEUU a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido”. Aunque mantiene su exigencia de la liberación de Maduro y su esposa, Cilia Flores, no supedita las relaciones a esta demanda.
Rodríguez, quien pasa a ser la primera mujer presidenta de Venezuela, no es una figura simbólica o estrictamente política. Es una líder pragmática que, además de vicepresidenta, se encarga de llevar a cabo el desarrollo de la industria petrolera nacional, que con muchas limitaciones ha venido incrementando su producción los últimos meses de manera lenta pero sostenida. Ha hecho contactos y relaciones con todos los actores económicos, incluyendo las élites tradicionales y actores internacionales de peso. Ha logrado, en cierta forma con éxito, llevar a cabo un plan de apertura y liberalización de orden económico; ha sabido guiar a Venezuela tras la eliminación de los controles de cambio y de precios, disponiendo al país en un nuevo ambiente financiero.
Por ende, no estamos hablando de una figura netamente política del chavismo, sino de alguien que, además de contar con el apoyo y saber hablarle a todas las corrientes y actores del chavismo, desde los más radicales hasta los más moderados, para llevar a cabo el tránsito hacia esta nueva etapa, tiene el conocimiento para dar un impulso a la industria petrolera nacional, que al final es lo que está requiriendo Trump.
¿Por cuanto tiempo se impondrá este escenario? Nadie conoce la respuesta. El propio Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, aliado histórico y hasta amigo de Machado, han declarado que no vislumbran elecciones en el corto plazo. Tampoco se imaginan comenzar una guerra prolongada con Venezuela, mucho menos para imponer la candidata que, seguramente prefieren, pero solo traerá turbulencias. Es bastante probable que en poco tiempo venga un nuevo conflicto en el Oriente Medio y habrá que esperar su culminación para pensar nuevamente en un cambio radical en Venezuela. Por lo pronto el chavismo sigue mandando y se acopló rápidamente en torno a la figura de Rodríguez.
Por, Ociel Alí López
Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela


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