Estados Unidos y el petróleo venezolano: ¿realmente entendemos de qué se trata?

Se ha convertido en un lugar común afirmar que el ataque de Estados Unidos a Venezuela tiene como móvil principal “el petróleo”; así, en abstracto. Sin embargo, frente a dicho argumento surge una interrogante clave: ¿qué significa realmente el petróleo? El petróleo es lo que en el ámbito de la economía política se denomina un commodity, a saber, una materia prima cuyo precio es fijado por el mercado internacional. A diferencia de lo que sucede con los productos propiamente industriales, los precios de los commodities se fijan internacionalmente, por lo que una economía nacional dependiente de la venta de commodities es altamente volátil. De ahí que empezar a abandonar la condición periférica de países como Venezuela conlleve el desarrollo de un sector industrial robusto, lo cual choca, a menudo, con los problemas del desarrollismo, en especial sus nocivos efectos ambientales.

Considerando esta contradicción, los gobiernos progresistas y de izquierda de la región le apostaron a intentar recuperar la soberanía sobre sus commodities, de tal manera que las rentas se pudieran reinvertir en el propio país, transformando paulatinamente las economías primarizadas, dependientes de las rentas de commodities, que a su vez tienen afinidades electivas con relaciones sociales de carácter servil y clientelar, lo cual se expresa en la esfera política y social en general. Al tiempo, dichas rentas debían invertirse en política social, privilegiando asuntos como la educación y la salud. Venezuela y otros gobiernos avanzaron notablemente en este último aspecto, pero la economía primarizada continuó siendo una constante.

Con el bloqueo económico y los cercos a Venezuela, dicha política social se comenzó a financiar con base en la emisión de dinero. Esto concluyó en un alza generalizada de los precios (inflación) y en la migración de millones de ciudadanos venezolanos. Lo anterior se agravó debido a que Venezuela no solo no posee una economía industrial fuerte capaz de emplear a las personas, sino tampoco un sector agrícola capaz de brindar soberanía alimentaria, algo que ha empezado a cambiar paulatinamente durante los últimos años.

Finalmente, el cuadro se completa con un sistema político que, para responder a este entorno asfixiante, se volvió cada vez más autoritario, entrando en una lógica amigo/enemigo propia de la guerra, pero además afianzando las redes clientelares y las relaciones sociales de carácter servil que se transformaron sin desmantelarse. Esto es lo que explica la militarización de la vida cotidiana, las violaciones a los derechos humanos, la falta de transparencia en procesos electorales y demás fenómenos especialmente políticos. Ahora bien, todo lo anterior coexiste con un intento por construir una democracia de carácter popular y asambleario, diferente de la clásica democracia liberal representativa.

En dicho escenario, resulta simplemente falaz afirmar que la migración venezolana y la represión tienen como causa un régimen dictatorial que niega la democracia, y que con el “retorno” de la democracia liberal representativa el país saldrá de la crisis. Esta es una simplificación e inversión del proceso histórico, aun cuando el proyecto político ciertamente demostrara desde sus inicios algunos elementos de corte autoritario. En cualquier caso, es comprensible que para el venezolano del común, especialmente quien ha tenido que emigrar en el contexto de la crisis, la causa de esta sea “Maduro”, “el régimen” o “la dictadura”. Asunto que se ve afianzado por una alternativa de derecha que conscientemente simplifica la realidad de esa manera para presionar por un cambio de gobierno que privilegie a las antiguas élites o a sus herederos, cercanos, por supuesto, al orden internacional posterior a la Guerra Fría y al Consenso de Washington, que sitúa a los Estados Unidos como gran potencia mundial y a América Latina como una despensa de commodities y fuerza de trabajo barata.

Así pues, Venezuela no es solo una despensa de petróleo para Estados Unidos, sino un símbolo incómodo de que las cosas pueden ser de otro modo. La fijación de este país con Venezuela y Cuba posee, entonces, móviles ideológicos y propiamente geopolíticos, no solo económicos, aunque estos últimos siempre se hallen presentes. Pero esto no resuelve la interrogante. Si Estados Unidos hubiese querido acceder al petróleo venezolano, simplemente debería haber continuado con las negociaciones. Venezuela estaba dispuesta a vendérselo al precio del mercado internacional. El inconveniente es que Estados Unidos no desea un comercio “justo”, según las propias reglas formales del capitalismo mundial. Haciéndole honor a su pasado de robo y piratería, sus equipos de prospectiva han concluido que, en los próximos años, si el país no quiere perder su posición de preeminencia, debe garantizar un acceso al petróleo y otros commodities por debajo del precio de mercado.

Estados Unidos no es Donald Trump. El trumpismo es simplemente un síntoma. Hablamos de un país que contribuyó a inventar la cibernética política, en la cual se basa el análisis y la estructuración compleja de sistemas político-administrativos. Es un país que posee una burocracia de dimensiones colosales, encargada de mantener la estabilidad relativa, la homeostasis del sistema en un entorno cambiante. Con esa finalidad analiza enormes flujos de información en diversas áreas empleando grandes equipos de expertos. Algunos de estos equipos, que son miles de personas, son “de prospectiva”, es decir, se encargan de proyectar probabilísticamente diversos escenarios para tomar las mejores decisiones en un entorno altamente inestable.

A ese respecto poco importa, en el fondo, que en la presidencia se encuentre un demócrata o un republicano, pues el sistema opera, hasta cierto punto, de manera programada, automatizada. A veces en Ciencia Política conceptos como “programa” o “sistema” se toman a la ligera, pero este es el contexto histórico y tecno-cultural que dichos conceptos tienen como sustento. Sea como fuere, tales equipos son conscientes de que los commodities escasean, pues nos encontramos en un planeta finito que pretende sostener modos de vida asociados a una noción de “progreso económico” virtualmente infinito. Pero además son commodities disputados por nuevas potencias emergentes como China y Rusia, que sigilosamente han penetrado en América Latina y que los requieren para una era marcada por nuevas tecnologías, como aquellas asociadas a la inteligencia artificial.

En este contexto, asegurar el acceso a los commodities y también a los mercados es fundamental. No obstante, como Estados Unidos está perdiendo la carrera tecnológica y comercial con potencias como China, se ve compelido a volver a su corazón bélico y colonial. De ahí que, reiteramos, no le baste con que Venezuela le venda petróleo a precio de mercado, lo que los Estados Unidos requieren urgentemente es tomarlo por la fuerza o a precios muy bajos y, paralelamente, garantizar, frente a la competencia internacional, su influencia sobre la región. Trump es solo un síntoma de un complejo sistema con equipos de prospectiva encargados de reproducir no solo a sus élites nacionales, sino también todo un modo de vida nacional basado en la idea de progreso y crecimiento económico ilimitado. Trump tiene totalmente claro esto, pues siempre ha sido un negociante guiado por las reglas inmisericordes de la competencia mercantil, donde la fuerza física o las diversas formas de coerción son un instrumento más de lucha. De ahí que en su rueda de prensa se haya referido constantemente al petróleo y no a la “reconstrucción” de la democracia liberal representativa en Venezuela.

Pero de sus fracasos en Irak, Afganistán y Libia Estados Unidos aprendió que tomar commodities en un contexto de guerra abierta es un mal negocio. Sumir a los países en guerras civiles o de largo aliento no solo arruina mercados potenciales, sino que obliga a embarcarse en una poco rentable e improbable operación de “reconstrucción”. En ese sentido, Trump, con el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, pretende obligar a la burocracia venezolana actual a ceder ante sus pretensiones. Iniciar una guerra en el país sería, en principio, demasiado costoso, así como imponer a un gobierno abiertamente opositor. De ahí su rechazo a ver en María Corina Machado una promesa política. En cualquier caso, la guerra nunca se ha descartado y es una amenaza indirecta para países como Colombia, México y Brasil.

Trump concibe al Estado como una gran empresa en función de otras empresas, que debe recurrir a todo como instrumento de negociación con el objetivo de garantizar tanto su supervivencia como su posición de preeminencia en el mercado internacional. Esto es lo que explica, a su vez, su interés en reforzar la idea de “hacer a América grande de nuevo”, su apelación a la doctrina Monroe y al Destino Manifiesto, así como su persecución de lo que los estadounidenses denominan “personas de color”: negros, latinos, asiáticos, árabes, etcétera, particularmente si son pobres y si tienen proyectos que controvierten la hegemonía de la potencia en el “hemisferio”. Lo anterior explica que en su rueda de prensa no solo se haya referido al petróleo, sino también a los venezolanos como criminales, narcotraficantes, gente malvada, etcétera. El asunto económico se encuentra, pues, entramado con el ideológico-político. Esto es lo que realmente significa que Estados Unidos “vaya por el petróleo venezolano”. 

* Politólogo. Doctor en filosofía. Docente de la Universidad Nacional de Colombia. 

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº331, 19 de enero - 19 de febrero de 2026

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