Dicen que cada tiempo trae su afán. Una precisión que depende de circunstancias sociales, económicas, políticas, pero también de realidades locales, nacionales y globales que evidencian, todas ellas, las circunstancias por las cuales se atraviesa, en este caso en un país, Colombia, para nuestra realidad y nuestra inmediatez.
Para el 2026, algunos de los afanes que encaramos son evidentes: las elecciones al Congreso y la Presidencia, en primera instancia. Otros no lo son tanto pero están ahí, ante los ojos de los actores sociales. Los retos pueden ser muchos. En desdeabajo, de cara al nuevo año, vemos de manera preponderante los 12 propósitos que integran este editorial. De ellos, unos son para el corto plazo pero otros van más allá de días, semanas o unos cuantos meses. Todos ellos reflejan intereses de clases y sectores sociales, así como de Estado. Atenderlos en forma adecuada garantiza avances y logros para uno u otro sector social. De estos propósitos, algunos nacen y mueren este año, pero otros lo superan con creces, y su efectiva concreción depende de una política táctica y estratégica que sea bien articulada entre variados actores sociales, que en ocasiones puede enlazarse con políticas de gobierno y de Estado, mientras en otras no, ya que reclaman y exigen de los actores sociales un buen comportamiento ante el poder con autonomía; otras más reclaman la acción mancomunada con actores sociales y políticos de las regiones y más allá incluso de la parte del mundo que habitamos. Todas ellas, sin excepción, exigen vocación de unir lo débil, que por lo general resume a los de abajo, para poder dar saltos cualitativos y cuantitativos.
1. Estimular el resurgimiento, el fortalecimiento o la germinación de un fuerte espíritu antiimperialista, barricada contra la avanzada de la doctrina Donroe, que somete a nuestros países al interés del imperio americano en su afán por no perder su sitial de fortaleza dominante. Para que este propósito gane cuerpo, se requiere:
A) Aclarar con precisión qué es hoy el imperialismo y en qué se diferencia del conocido e imperante hasta el siglo pasado.
B) Oponerse al proceso de sometimiento abierto del gobierno venezolano, luego del ataque aéreo y el secuestro de su Presidente y su esposa por parte de los Estados Unidos, acción que busca inaugurar una expresión de colonialismo cercana a las formas clásicas del coloniaje, que incluyen el nombramiento de autoridades y el tutelaje abierto de la economía por parte de la metrópoli.
C) Contribuir al desarrollo de nuevos y novedosos procesos de politización de viejas y nuevas generaciones de activistas y liderazgos sociales.
D) Como parte de ello, aclarar, de igual modo, lo que hoy se entiende por soberanía nacional.
E) Darle cuerpo a un fuerte tejido comunicacional que les permita a los movimientos sociales el trabajo de liderar la disputa de imaginarios sociales, a la par de darle el lugar adecuado al factor cultural en la lucha por otra sociedad posible.
F) Entender que, en un mundo altamente interdependiente, las relaciones de poder con los concentradores de la fuerza es un riesgo latente pero ineludible, que obliga a la precaución y también a asociarnos con nuestros pares cuyo actuar es volátil por los vaivenes ideológicos de los débiles, que no distinguen las ventajas y las desventajas coyunturales de las de largo plazo, por lo que carecen de políticas de Estado en las que la autonomía sea siempre un norte.
2. Desarrollar los mecanismos de defensa para enfrentar el enseñoramiento del autoritarismo y el eco ampliado de ideologías que, por lo menos en el discurso, habían sido superadas, como el derecho de los poderosos al coloniaje abierto y el supremacismo racista de lo ‘blanco’, hoy exhibido sin vergüenza. Esta es una tarea urgente, pues tenemos ejemplos del pasado que abrieron el paso a esas ideologías responsables de conducir al mundo a la pérdida de millones de vidas.
3. Brindar apoyo a toda iniciativa de izquierda que reclame la transición en Venezuela, hacia la constitución de un gobierno que garantice, como eje central de su política, la plena soberanía, y que adopte un programa social que rompa con la agenda neoliberal allí imperante, garantizando así la recuperación de los derechos de sus habitantes, en particular el derecho a la protesta y la disidencia social, y el respeto al conjunto de los derechos humanos, así como su capacidad adquisitiva, producto de una justa redistribución salarial por el trabajo diario, simultáneamente con la puesta en marcha de una política ambiental que procure el bienestar de la llamada región que integra el arco minero, que debe regresar a sus verdaderos dueños, el pueblo de Venezuela, con el fin de rescatar el bienestar de la naturaleza objeto de la explotación petrolífera, gasífera y minera en general.
4. Acompañar y contribuir al ahondamiento de la experiencia del cambio en Colombia, con el protagonismo en todo momento de la sociedad en general y de los movimientos sociales en particular.
5. Potenciar el debate sobre la necesidad de que los movimientos sociales garanticen su autonomía, factor fundamental en cualquier proceso de transformación económica, social y política. En América Latina hay suficientes ejemplos de las consecuencias que tiene la supeditación de la agenda de los movimientos sociales a la defensa cerrera de los gobiernos supuestamente populares. Aprender de ello es indispensable para actuar en el presente con mirada de futuro.
6. Darle aire al avance hacia un modelo posneoliberal, en el cual:
A) Se busque la superación del estatismo como eje regulador de la vida del cuerpo social.
B) Pasar del asistencialismo hoy imperante a la autonomía comunitaria, por medio de inversión económica que le brinde espacio a la constitución de proyectos económicos y tecnológicos que le garanticen a la comunidad, en pocos años, desarrollar su vida cotidiana sin depender de subsidios estatales.
C) Poner en marcha infinidad de proyectos comunitarios que viabilicen y potencien en términos cotidianos la transición energética. Como parte de ello, abordar el proceso de cambios en usos y consumos, en particular dejando atrás el culto al automóvil y el afán con el que nos tiene sometidos el sistema en el día a día. Desacelerar debe ser un derecho social, individual y colectivo, así como hacer decrecer el consumo suntuario que surge de los privilegios se debe convertir en una obligación con la naturaleza y las generaciones futuras.
7. Contribuir a la estructuración y el desarrollo de una agenda cultural que tenga en su centro la disputa de la opinión pública, así como la protección del medio ambiente. Es importante tener claro que no es posible abordar y concretar la real superación del modelo neoliberal, como del capitalismo en general, si no asumimos esta disputa como un todo que va más allá de las políticas de gobierno, en lo cual las convivencias comunitarias, en todo lo extenso de sus implicaciones, resulta ser un factor determinante. Se cambia en el día a día y no cuando ‘llega’ el mañana soñado.
8. Avivar la reflexión y el debate sobre el real sentido de una democracia que trascienda el formalismo electoral que hoy predomina. Este formalismo no garantiza democracia alguna y sí fortalece la dominación de los menos sobre los más. Es fundamental darles cuerpo a experiencias de democracia directa y radical, en las cuales lo colectivo predomine sobre lo individual. y lo común sobre lo público.
9. Sumar acciones y procesos para estimular el surgimiento de pueblo, cuerpo movilizado por su lugar en la historia. Más allá del líder, pueblo con luz sobre el ciclo que se abre en Colombia. Sin pueblo, como cuerpo activo que empuja y emplaza al líder, no hay democracia que supere la formalidad electoral, ni democracia directa ni cambio posible. Sin pueblo, tampoco hay garantía de que no se reviertan los avances logrados.
10. El presidencialismo es un mal endémico del régimen político que hemos heredado y prolongado en Colombia, a pesar de existir un gobierno de cuño progresista. Asumir su desmonte es un paso esencial para darle espacio a la democracia directa –no solo representativa–, y con ello abrirle las puertas al protagonismo permanente de los movimientos sociales y a su par, a las voces y sueños de abajo, partículas de la materia viva que el país hace a diario. Tal superación posibilitaría una nueva relación centro periferia, en la cual las regiones puedan darse una oportunidad para su avance a partir de sus particularidades y potenciales, sin que por ello estén sometidas y dependientes de lo que decida el centro. En un país de regiones, como Colombia, el centralismo es una realidad que paraliza y destruye la evidente realidad y las fuerzas dinámicas que somos.
11. Con el 2026 se avizora con más claridad un tiempo que es el de imaginar, sustentar, potenciar y vivir nuevas utopías, las cuales demandan –para su talla sobre la piel del pueblo que debe ser– la constitución de corrientes de opinión y otras formas flexibles y no partidarias de encontrarnos para oxigenar con nuevas teorías, que llenen el gran vacío teórico que cubre las luchas sociales y políticas que con diversas características toman forma en Colombia, en medio de conciliaciones y constantes ambivalencias desde el poder que lo gobierna, así como la confusión y la pasividad social que perduran en los territorios.
12. Es necesario construir, desarrollar y concretar una agenda de paz que vaya de la mano con el desarrollo de reformas estructurales, económicas, sociales y políticas. Este imperativo, tan deseado y luchado en nuestro país, queda hoy enfrentado a las consecuencias que depara la estrategia de Estados Unidos por conservar su lugar como imperio dominante. El colonialismo que implica tal estrategia reabre el debate en toda la región y en el conjunto de organizaciones políticas y sociales, en ella actuantes, sobre las formas de lucha, su prioridad y su desenlace.



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