Sísifa se llamaría a quien como castigo de los dioses lucha con todas sus fuerzas para subir una roca que vuelve a rodar cuesta abajo por toda la eternidad.
Sísifa, en femenino, si los escritores griegos hubieran sabido que existe la endometriosis y la piedra es interna y pesa más que el mundo que carga Atlas en su espalda.
A diferencia de Sísifo, quién fue castigado por su extrema arrogancia, por su presumido porte de astuto quien siendo rey intentó burlarse de los dioses, a Sísifa los dioses la castigaron por ocultar su cuerpo tras el velo de Isis. A Sísifa, los dioses la hicieron gritar de dolor para poder ser encontrada. Pero como eran Dioses griegos, celosos del misterio del cuerpo que da vida, le incrustaron no solo una piedra, sino muchas piedras que como miomas se aferran dolorosamente al útero de Sísifa.
Sin embargo, Sísifo y Sísifa comparten un mismo destino: la carga del absurdo que no tiene fin. Pero mientras Sísifo recorre cuesta arriba el absurdo del trabajo que cansa el cuerpo y no potencia el espíritu, Sísifa intenta entender cómo sacar las piedras de su útero para parar los gritos que le ocasionan.
Sísifa lucha porque el destino que le dieron los envidiosos dioses no sea su final. Sísifa sabe que su ser no está determinado por el castigo. Sísifa, ruega a las Diosas de antes como Isis y a las de ahora, como María, para que la bendigan con la eterna rebeldía de las mujeres que se resisten a que su destino sea elegido por los hombres.
Por eso, aunque grita de dolor y los dioses la escuchan, Sísifa sigue oculta, sigue sin rebelarles el misterio del origen de la vida a los dioses que en su absurda ignorancia, y sin entender el cuerpo uterino, sembraron dolor, pero no quitaron la potencia de crear vida y rebelarse que guarda Sísifa como su mayor misterio.
Han pasado siglos desde que Sísifa está en rebelión contra los dioses hombres. Ella no espera sanar su dolor, sabe que el dolor solo rebela la potencia de su fuerza creadora, y la hace más fuerte ante el absurdo de la envidia que pretende que Sísifa, ayudada por las Diosas, no cree otro mundo distinto donde el misterio no pretenda ser revelado por la mezquindad de los dioses que se creen hombres (¿o de los hombres que se creen dioses?).
Sísifa sigue creando su propio mundo, su propia tierra y llena de rebeldía está pariendo su propio ser. Ella no se reduce al destino divino, ella crea su propia eternidad, en la cual el dolor ya no es un absurdo incrustado en su vientre sino una palabra que puede ser interpretada, escuchada, sanada y liberada.
Quizá la endometriosis permanezca oculta ante la determinación viril de ser un dolor absurdo, sin por qué. Pero la rebelión de Sísifa, de los cuerpos uterinos que interpretan y se apropian de su dolor, enseña (de indicar, de señalar) que un mundo de cuidados, tranquilidad y creatividad, es lo que implica la sanación de la endometriosis de todas las herederas de Sísifa.



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