19 de marzo de 2026. Mientras los focos del mundo están puestos en la guerra que estalló en Irán a fines de febrero, el Estado de Israel sigue avanzando con su proceso colonizador en Cisjordania a partir del disciplinamiento de la violencia. Andrés Manera es un joven arquitecto uruguayo que visitó los territorios palestinos en el marco del Programa Ecuménico de Acompañamiento a Israel y Palestina (PAEPI), una iniciativa del Consejo Mundial de Iglesias. En diálogo con Página/12, Manera compartió su experiencia en la observación de las distintas situaciones de injusticia que viven los pobladores, desde la tortura psicológica hasta la propia muerte.
-¿Cómo fueron las características de tu viaje?
-El programa tiene casi veinticinco años y propone el acompañamiento a Palestina e Israel principalmente desde la perspectiva del derecho internacional. Es una iniciativa que tiene una trayectoria importante, posee contactos en la región y la confianza de muchas comunidades y ONGs. Gracias a ello tuve la posibilidad de visitar familias y de conversar con palestinos e israelíes. Fue, sobre todo, una experiencia de mucho aprendizaje. Estuve en Jerusalén la mayor parte del tiempo y también fui al valle del Jordán. Tenía planes de ir más para el sur, a Yatta, pero no pude por la ocupación israelí.
-¿Qué es lo que más le impactó de la vida de los palestinos en Cisjordania, de su cotidianidad?
-La cotidianidad está atravesada por el apartheid y la colonización. La ocupación es omnipresente. Si bien hay territorios bastante definidos como ilegalmente ocupados, toda Palestina está atravesada permanentemente por esta circunstancia. Cisjordania está dividida en tres zonas, A, B y C, con distintos grados de autonomía y después está Jerusalén, que tiene un estatus especial. Supuestamente, en la zona A las fuerzas de seguridad israelíes no deberían meterse, es ilegal, pero ingresan igual, realizan acciones y toman decisiones. Entonces, incluso en esta zona, que es supuestamente la más autónoma de Palestina, esa autonomía no existe. Las situaciones de violencia con el ejército en Jerusalén, y, aún más, con los colonos en la zonas B y C son permanentes. Las comunidades, prácticamente todas las noches, reciben ataques, sobre todo de parte de los colonos. La semana pasada, por ejemplo, asesinaron a cinco personas, fueron armados directamente a buscarlos a sus casas y los mataron. También hay otras formas de agresión que son permanentes: no los dejan dormir durante meses. Hay algunos asentamientos donde los colonos se turnan para permanecer despiertos durante la noche, ponen música fuerte y los iluminan con potentes focos. Los animales entran en pánico y las personas viven con un estrés permanente. Su vida cotidiana está atravesada por esa violencia. En Jerusalén los militares están por todos lados fuertemente armados, desde los jóvenes provenientes del servicio militar parados en cada esquina con sus ametralladoras, hasta los más veteranos, de más alto rango, que suelen ser los más agresivos y continuamente hostigan a los palestinos. Y luego está la dificultad de los traslados. El palestino que cada día tiene que pasar por los check point, si debe llegar a las nueve al trabajo tiene que salir a las cinco de la mañana porque quizás cierra el paso de control. Gran parte de la ciudad y de los pueblos se va construyendo sin permiso y eso significa que después vienen las autoridades con órdenes de demolición o de desalojo. Esa también es una herramienta de control. Hay como una maquinaria para hacer infeliz a la gente, una ingeniería al servicio de la infelicidad, y está muy bien aceitada. Claramente allí hay una situación de desbalance de poder y de un Estado opresor. Nada está hecho al azar, todo está muy bien calibrado y cuidado para ir apretando en todos los frentes.
-Si bien el apartheid sobre los palestinos se mantiene desde hace muchos años ¿Crees que la situación empeoró en los últimos tiempos?
-La situación viene empeorando. Los palestinos marcan como un antes y un después en el 7 octubre (de 2023), todo el tiempo hablan del 7 de octubre y todos sabemos a que se refieren; es como un parteaguas a partir del cual la situación viene barranca abajo. Incluso lo hablamos entre nosotros, estamos en grupos de tres meses en este programa. Del grupo anterior al nuestro vimos mucho deterioro. Y, por supuesto, desde que empezó la guerra con Irán la situación es mucho más compleja de lo que yo llegué a ver. Esto sucede, en parte, porque a la mayoría de los extranjeros nos evacuaron y también porque la prensa está mirando para otro lado. Es por ello que es importante volver a pensar en Cisjordania, es un lugar donde están ocurriendo situaciones diferentes a lo que sucede en Gaza, pero igualmente aterradoras. Es como un genocidio en cámara lenta.
-¿Cómo sobrellevan su día a día los palestinos ante estas adversidades?
-En Jerusalén varios palestinos me decían: “Nuestra vida es dura, es difícil, todos pasamos injusticias, pero también tenemos nuestros disfrutes, tenemos nuestras alegrías”. Yo lo sentí como una forma de posicionarse en un lugar de humanidad. De decir: no entrego este pedazo de fraternidad que me queda, mi resistencia es poder juntarme con amigos y pasar un momento de diversión. Me pareció muy profundo, muy potente eso. Cuando fui al valle del Jordán no encontré esa manifestación y eso, quizás, fue uno de los momentos más duros del viaje, porque allí la violencia es mucho más explícita. Percibí una realidad más desesperada, una ausencia de esperanza. En algunas comunidades me decían: “Acá tenemos miedo de dormirnos y que nos tiren una bomba molotov dentro de la casa”. Y tienen ese miedo porque eso pasa, no es porque se les ocurrió. Estuve 3 días visitando a otro equipo que estaba permanentemente ahí, y los relatos de ellos eran muy crudos. Por ejemplo: una noche, en una aldea de Jericó llegaron más de 50 colonos y atacaron a los palestinos que vivían allí. Sus casas fueron demolidas, su ganado robado o fusilado, sus autos y pertenencias les fueron arrebatados. No tenían comida, agua ni refugio. Una compañera noruega describió el sombrío escenario que encontró al día siguiente en una crónica: Nos sentimos impotentes ante estas personas que lo han perdido todo. Están sentados en una llanura abierta con las pocas pertenencias que lograron salvar de las ruinas después de que los colonos se fueran. Se les permite quedarse aquí durante 10 días. No saben adónde ir después. Ahora son refugiados. También me contó que un chico de tres años, cuando vio venir a mis compañeros salió corriendo, gritando, pensó que los venían a atacar de vuelta porque eran personas blancas, los colonos suelen ser de piel blanca. Mi compañera escribió: La noche anterior el pequeño había sido golpeado y acosado, estaba aterrorizado y no sabía que no queríamos hacerle daño. Nunca olvidaré el miedo en sus ojos y el terror en su voz. Le decimos al padre que no es necesario que veamos al niño y que informaremos de sus heridas independientemente de si vemos las marcas. El padre responde: “Tengo que hacerlo, quiero mostrarle a mi hijo que no todos los extraños quieren hacerle daño”.
-¿Qué contraste sentiste al pasar de Israel a Palestina?
-Hay una cuestión que tiene que ver con la desigualdad con la que se vive, en cómo te determina el hecho de ser israelí o palestino, y eso me llevó a pensar en el siguiente concepto. Se habla mucho sobre que Israel es la única democracia de Medio Oriente y considero que es una falacia. Si vos calculas en toda esa porción de tierra que está en conflicto hay aproximadamente un 50 % de israelíes y un 50% de palestinos, pero todo el territorio es controlado en mayor o menor medida por Israel, controlan las rutas, los checkpoints, el suministro de electricidad, de agua y las fronteras. En definitiva se trata de un Estado totalitario que niega derechos a una parte importante de su población. Algo fuerte que pasa allá cuando conversas con la gente es que la mayoría de los israelíes, por ejemplo en Tel Aviv, no tienen idea de lo que está pasando en Gaza. O sea, ya no en Cisjordania, donde hay que estar más interesado como para saber lo que sucede, pero en Gaza, que es un lugar donde el mundo entero está mirando. No saben que está habiendo un genocidio, que sigue habiendo bombardeos al día de hoy, están totalmente desinformados. Por otro lado me parece interesante resaltar que la situación de la ocupación perjudica a todo el mundo. Muchas veces los primeros contactos de los israelíes con los palestinos son a través del servicio militar. Entonces su tarea es estar con ametralladoras pasando por todos lados, controlando y maltratando a la gente. Es lo que tienen que hacer, es como su trabajo y esto también les afecta a ellos. Muchos quedan afectados y después son los que integran organizaciones que buscan la paz como Combatants for Peace o a Breaking the silence. Y lo que te dicen es que antes de eso no sabían lo que era un palestino, que lo único que aprendieron es que los odian. Es como todo un tema de propaganda y de la educación, los crían para odiarse, sobre todo a los israelíes para odiar a los palestinos. Yo no sentí que los palestinos odiaran a los israelíes, en ningún momento.
-¿Qué contraste sentiste al pasar de Israel a Palestina?
-Hay una cuestión que tiene que ver con la desigualdad con la que se vive, en como te determina el hecho de ser israelí o palestino, y eso me llevó a pensar en el sguiente concepto. Se habla mucho sobre que Israel es la única democracia de Medio Oriente y considero que es una falacia. Si vos calculas en toda esa porción de tierra que está en conflicto hay aproximadamente un 50 % de israelíes y un 50% de palestinos, pero todo el territorio es controlado en mayor o menor medida por Israel, controlan las rutas, los checkpoints, el suministro de electricidad, de agua y las fronteras. En definitiva se trata de un Estado totalitario que niega derechos a una parte importante de su población.
-¿Cómo fue el regreso a Uruguay?
-Personalmente nunca había vivido una situación de riesgo inminente de vida. Estábamos en Jerusalén y con las primeras alarmas nos enteramos que había empezado la guerra. En la casa de huéspedes en la que nos alojábamos había un búnker, un sótano con paredes y puertas reforzadas con vigas de hierro. Cada vez que sonaban las sirenas había que salir corriendo para el búnker y esperar ahí, era bastante seguro. Estábamos cerca de la mezquita de Al-Aqsa, que es muy importante para el mundo musulmán por lo que tiraran un misil en la zona era poco probable. Sí escuchamos las explosiones de los misiles de defensa. En definitiva nuestra posición era estresante pero de privilegio también. Las comunidades de beduinos que viven en viviendas más precarias, en tiendas, están muy expuestas a las explosiones, porque los misiles de defensa impactan con los que llegan y todo ese hierro cae y rompe cosas. Finalmente fuimos trasladados a Jordania desde donde tomamos el vuelo de regreso.


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