13/04/2026
“El bosque se estaba encogiendo, pero los árboles seguían votando por el hacha, porque el hacha era astuta y convenció a los árboles de que, como su mango era de madera, era uno de ellos”.
Fábula atribuida a Esopo (siglo VI a.C.).
El pensamiento del siglo XX estuvo marcado por el concepto freudiano de represión como mecanismo estructurante de la vida psíquica y condición de posibilidad del lazo social. Sin embargo, este presente neoliberal parece regirse menos por la represión que por el imperativo del rendimiento y el paso al acto. Nos invade cada vez más el imperativo “¡hazlo, simplemente ¡hazlo!”. El límite interno que regula la actividad pulsional se debilita y la represión deja de operar como mediación simbólica que hace posible la convivencia. Y sin esa mediación no hay la salvaguarda que permita la relación con el otro, efecto tanto de una instancia normativa como de una experiencia temprana de cuidado que no elimina el desvalimiento, pero lo hace habitable.
Cuando estas mediaciones se debilitan, el sujeto queda expuesto a un desvalimiento estructural. Pierde el sostén que permite la distancia, objeto intermediario o transaccional ante la pérdida o el daño.En este sentido, Rosana Onocko, psicoanalista que liga el psicoanálisis con la salud colectiva, (Onockro-Campos, 2024), retoma la idea winnicottiana de pensar las instituciones públicas —la sanidad, la escuela, las prestaciones sociales— como “cosas públicas” que cumplen una función análoga al osito de peluche en la infancia: sostienen la vulnerabilidad sin anularla.De ahí la importancia de cómo se construye ese cuidado-sostén y cómo se desarrolla tanto en lo íntimo del sujeto como en lo colectivo; en la articulación de lo público y lo privado en la sociedad.
La cuestión ya no es solo si la represión de lo íntimo sigue existiendo, sino cómo se gestiona hoy el desamparo, teniendo en cuenta que nos encontramos ante una psicologización del fracaso social y una privatización del malestar.
Hoy todo conflicto estructural se traduce en problema individual. El sujeto neoliberal se aliena al ideal de rendimiento y se explota a sí mismo. El capitalismo requiere un sujeto que asienta a los valores que le precarizan, desde el mito del American Dream —el emprendedor autosuficiente en la tierra de las oportunidades— hasta la retórica del American First y de la extrema derecha europea. Esa nostalgia patriotera que convierte la frustración social en xenofobia y la precariedad en guerra cultural, encontrando un chivo expiatorio a su malestar en el inmigrante, el feminismo o a las minorías.
El caso es que la competencia y el consumo capturan el deseo mismo. La alienación de lo íntimo se imbrica en la alienación social. El capitalismo convierte la alienación social y subjetiva en una supuesta ley natural, con lo que pretende garantizar su reproducción indefinida. La persona queda atrapada, reificada: la conciencia se niega a si misma, como si la vida no fuera cosa nuestra. La falsa conciencia es ahora la adhesión activa a un orden alienante que se vive como natural.
Según Milton Santos la gran perversión de nuestro tiempo, mucho más que aquellas que comúnmente se señalan como vicios, radica en el papel que el consumo desempeña en la vida colectiva y en la formación del carácter (Santos, 2002). La lógica del mercado —y la instrumenta ción de los algoritmos— configura subjetividades y cosifica las relaciones humanas, convirtiendo a la persona en mercancía; cosa desechable cuando queda fuera de la productividad y el consumo, en la medida en que ha perdido su valor de cambio.
El individuo es interpelado como empresario de sí mismo, responsable exclusivo de su éxito o fracaso. El desamparo estructural se privatiza: deja de ser una condición antropológica compartida para convertirse en insuficiencia individual. En palabras de Byung-Chul Han, el capital hoy en lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes(Han, 2014).
Así, la problemática del límite no es solo clínica, sino eminentemente política: concierne a las condiciones contemporáneas de producción de subjetividad bajo el capitalismo digital. La cuestión no es simplemente si el sujeto desea, sino en qué medida ese deseo puede sustraerse a los circuitos del cálculo, predicción y valorización que organizan la gubernamentalidad algorítmica de nuestro tiempo.
En términos subjetivos, esto afecta la estructura misma del deseo. Si el deseo requiere falta, distancia y opacidad, la lógica algorítmica tiende a reducir la contingencia ofreciendo objetos previamente calculados y personalizados. La anticipación tecnológica estrecha el espacio de indeterminación donde podría emerger algo verdaderamente singular. El límite, en lugar de funcionar como mediación simbólica que habilita la alteridad, se transforma en un cerco invisible de adaptación y rendimiento.
Francisco Pereña ha subrayado que lo que llamamos “trastorno límite” en las clasificaciones psiquiátricas podría pensarse como “trastorno del límite”: fragilización de esa distancia íntima que permite reconocer al otro como sujeto (Pereña, 2001).
Se genera así un caldo de cultivo para las frustraciones de lo íntimo: los llamados trastornos comunes (ansiedad, cuadros somáticos, depresiones menores, fatiga crónica, alteraciones de la conducta, alimentaria…). Son las nuevas patologías del malestar, allí donde el consumidor sucumbe ante la imposibilidad de alcanzar el ideal de realidad que la sociedad de la representación le ha creado. El fracaso ya no es moral, sino existencial: “no soy suficiente”. La alienación ya no se vive como opresión externa, sino como insuficiencia interna. El desamparo estructural deja de ser una condición humana compartida para convertirse en una condición individual de los incapaces.
La medicalización y privatización del malestar actúan en bucle: precarización → ansiedad → medicalización → adaptación →más precarización. En la práctica clínica habitual, este circuito puede resumirse de la siguiente manera: el malestar se codifica como síntoma, se le otorga un diagnóstico y se asocia a una prescripción—un medicamento o una nueva indicación para un fármaco ya en uso—. Una respuesta “lista para llevar”, acorde a la maximización financiera del acto.
La celeridad y ligereza que impone la vida actual invaden la consulta; no hay tiempo para la escucha. El conflicto se tapa. No cabe la discusión, tampoco la revuelta.
El algoritmo acorta la distancia entre deseo y objeto. La compulsión deja de ser exclusiva de lo psíquico para convertirse en un dispositivo social. Las plataformas digitales extraen datos conductuales, los transforman en predicciones y los comercializan como instrumentos capaces de anticipar y modificar comportamientos futuros. De este modo, modulan deseos, orientan elecciones y configuran entornos de decisión, produciendo subjetividades acordes a la lógica del mercado
La alienación contemporánea ha mutado: el capitalismo ya no se conforma con extraer plusvalía del brazo del trabajador, sino que captura sentido de la psique del consumidor a través de imágenes, promesas y mitologías del progreso, como cuenta Walter Benjamin en el Libro de los pasajes (Benjamin, 2005), la mercancía aparece como fantasmagoría organizadora de sueños colectivos y reviste de aura aquello que es producto de relaciones históricas de explotación. La seducción precede a la norma; el encantamiento antecede a la subordinación.
Al convertir el consumo en una mitología del progreso, el sistema logra que el individuo no se sienta oprimido, sino ‘insatisfecho’, buscando en la siguiente mercancía la resolución de un sueño que el propio mercado le ha implantado. La cosa es que el algoritmo no te da lo que necesitas, sino que moldea tu deseo basándose en tus rastros digitales, integrándolo en circuitos de cálculo que responden, en última instancia, a la lógica de acumulación del capital.
El realismo capitalista[1]ha desbordado toda frontera, dejando al ser humano a la intemperie. Se ha roto tanto el límite interno como el límite social: aquel consenso mundial fundado tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial que, aun precario, protegía los derechos de las personas y los pueblos, imponiendo límites internos al capital y sus gobiernos.
Por ello, la problemática del límite es psíquica, pero también eminentemente política, en la medida que las oligarquías tecnológicas se han apropiado del Estado y de los organismos internacionales, en los que el límite —ya sea legal, ético o subjetivo— es visto como una ineficiencia que debe ser eliminada. “El Estado —escribe Miguel Urbán— ya no actúa como mediador entre intereses sociales y económicos, sino como facilitador del capital, reprimiendo resistencias”. (Urbán, 2026). Para el fundamentalismo neoliberal, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un estorbo a la acumulación del capital.
Mientras tanto, la oposición de izquierdas presente en gobiernos y parlamentos nacionales e internacionales, sumida en el desconcierto y en la falta de programa de futuro, se limita a ejercer políticas de emergencia social, cuando no de mera beneficencia. Como dice Marina Garcés (Garcés, 2017), la acción colectiva (ya sea política, científica o técnica) se entiende hoy desde la emergencia. Antes que la transformación política, se atiende la emergencia social.”Estamos —escribe—a las puertas de la rendición. Cuidarnos es la nueva revolución. Pero estos cuidados de los que tanto hablamos quizás empiezan a parecerse a los cuidados paliativos». Y concluye: “¿Por qué si estamos vivos, aceptamos un escenario post mórtem?”(Garcés, 2017).
En este contexto, si se quiere hacer frente a este “no hay un afuera del realismo capitalista” hay que reconsiderar de nuevo el estatuto del límite y los actores del conflicto social permanente en el que vivimos. Aquí Judith Butler introduce algo decisivo: la vulnerabilidad no constituye una patología ni un déficit, sino una condición constitutiva que puede devenir fuerza movilizadora en las prácticas colectivas(Butler, 2018). El límite deja de reducirse a contención clínica y pasa a ser condición política de emancipación.
Allí donde el capitalismo cognitivo promueve la autosuficiencia y privatiza el malestar, la exposición compartida de la vulnerabilidad reintroduce el límite como condición de posibilidad del lazo social. La lucha no se funda en la negación de la fragilidad, sino en su politización. Hay que repolitizar el malestar, reconstruir mediaciones simbólicas y fortalecer lo público para establecer condiciones mínimas de habitabilidad psíquica y social.
Pero para ello, volviendo a la fábula atribuida a Esopo, hay que advertir a los árboles que, al proporcionar madera para el mango del hacha, hacen posible su propia destrucción. Pues, como señalaJoseph Gabel, psiquiatra marxista estudioso de la alienación, cuando se desvela la falsa conciencia que reifica al sujeto, al tomar conciencia de la situación que causa la alienación, cabe la acción política. A partir de esa toma de conciencia “la reificación deja de ser un factor de alienación para convertirse, al contrario, en instrumento de desalienación y de personalización colectiva”(Gabel, 1973). Lo que puede permitir politizar el malestar.
Como planteo en Tratar con la locura, si trasladamos el planteamiento de Gabel a la acción terapéutica, se trataría de una acción clínico-política que ayude al sujeto de la crisis a reconocer cómo se ha llegado al malestar y de qué forma se ha contribuido a su desarrollo, desde la pasividad o la actuación. Será la toma de conciencia de la situación, del conflicto, la que dotará de sentido al sufrimiento psíquico y por tanto a la ayuda, terapia o trato (Desviat, 2024).
Lo que nos llevará a trocar la recuperación por la emancipación. La dependencia por la autonomía. Lo individual por lo colectivo).
Referencias
Benjamin, W. (2005). Libro de los pasajes. Madrid: Akal.
Butler, J. (2018). Resistencias. México: Paradiso.
Desviat, M. (2024). Otro trato es posible: la clínica participada. In M. Desviat (Ed.), Tratar con la locura (pp. 145–166). Madrid: Enclave.
Gabel, J. (1973). Sociología de la alienación. Buenos Aires: Amorrortu.
Garcés, M. (2017). Nueva ilustración radical. Barcelona: Anagrama.
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica. Barcelona: Herder.
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja negra.
Onockro-Campos, R. (2024). Psicoanálisis en los bordes, cuidando la ética de lo público. In M. Desviat (Ed.), Tratar con la locura (pp. 75–107). Madrid: Enclave.
Pereña, P. (2001). La pulsión y la culpa. Madrid: Síntesis.
Santos, M. (2002). O espaço do cidadao. Sao Paulo: USP.
Urbán, M. (2026). El autoritarismo reaccionario. Viento Sur, XXXIV(200), 78–86.
[1]Mark Fisher compara el realismo capitalista con una «atmósfera generalizada» que afecta a las áreas de la producción cultural, la actividad político-económica y el pensamiento general (Fisher, 2016)


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