Coyuntura. ¡Encrucijadas transicionales!

En el marco de las próximas elecciones presidenciales, decía una colega “que, en los años setenta no podía imaginarse que, en el siglo XXI, iba a dar su voto por un mamerto”. Este, un mote peyorativo para mencionar a los miembros del Partido Comunista Colombiano por parte de los diversos simpatizantes y organizaciones revolucionarias variopintas socialistas o comunistas del país; sobre todo, de los confesos antiinstitucionales o apostados en la crítica de las armas como la única vía válida para su logro. 

Esa vergonzante confesión de parte, se enmarca en las sin iguales situaciones políticas emergidas a partir de la década de los setenta del siglo XX a nivel mundial y latinoamericano, características, entre otras, del periodo de transición civilizatoria por el que estamos transitando. En ese orden, quién se podía imaginar que en 1989 cayera el Muro de Berlín y que con él se iniciara la clausura −después de 72 años−, de la experiencia del denominado “socialismo real”, instaurado en la denominada, hasta entonces, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), considerada la segunda potencia del periodo de la Guerra Fría (1945-1991). 

Quién se podía imaginar, también, que en 1972, en Vietnam, fueran derrotados los Estados Unidos, la potencia militar del mundo, por un ejército de corte popular en todos los sentidos.  Que, en 1978, en China, Deng Xiaoping promoviera un programa de reformas conocido como «Reforma y Apertura» −en el marco de una China considerada en ese momento menos moderna que Colombia−,  bajo el lema de que “no importa de qué color sea el gato, siempre y cuando cace ratones”, sentando las bases para que, 40 años después, le dispute el poder hegemónico a los Estados Unidos. 

Quién se podía imaginar que, en 1998, en Venezuela −un país rico− fuera elegido presidente Hugo Chávez −coronel del ejército−, promotor de la revolución socialista del siglo XXI, designación que inaugura en América Latina −luego de una serie de dictaduras militares y en pleno auge del modelo neoliberal− la elección de gobiernos de corte popular, algunos presididos por mujeres: en 2002, en Brasil, con Lula da Silva –un obrero siderúrgico–; en 2006, en Bolivia, con Juan Evo Morales Ayma –un indígena y sindicalista cocalero boliviano– y Michelle Bachelet −médica−, en Chile;  en 2007, en Ecuador, con Rafael V. Correa −profesor y economista−; en 2010, en Uruguay, con José Mujica –exguerrillero tupamaro y floricultor−; en 2011, en Brasil, Dilma Roussef −exguerrillera y economista− ; en 2018, en México, con Andrés Manuel López Obrador (Amlo) −un administrador público−; en 2022, en Colombia, con Gustavo Petro −un exguerrillero y economista−, que es el primer Presidente elegido en el país por fuera del régimen frentenacionalista bipartidista, dominante desde la fundación de la República;  ese recorrido cerró en 2024, en  México, con  Claudia Sheinbaum −física y docente−, continuadora del legado de Amlo. Esos gobiernos, en conjunto, se debaten contra la reacción de los viejos poderes tradicionales proneoliberales que los resisten. 

Finalmente, cómo imaginar que en pleno siglo XXI, de una parte, los israelitas, que como pueblo judío fueron objeto de vejámenes inhumanos e indecibles por parte de los nazis alemanes,  se comporten ahora como tales frente al pueblo palestino; y, de otra, que en los Estados Unidos, país considerado adalid de la democracia liberal moderna, su reelegido presidente Donald Trump se pretenda erigir como su rey y emperador del mundo; en cuyo propósito, su  ejército −dotado del más sofisticado armamento alcanzado por la tecnología moderna−, se ve jaqueado por la capacidad de un ejército como el iraní, dotado de su milenaria experiencia histórica; es el remedo de un monarca que, con sus acciones, amplia la grietas de una hegemonía, la norteamericana, que se bate en el ocaso. 

Pero, lo sorprendente de estos encrucijados hechos es la compleja urdimbre en que, desde entonces, se encuentra abocada la época moderna y, con ella, el pensamiento y la conciencia sociopolítica de sus diversos actores. Pensamiento moderno de una época que, desde el siglo XVII, se había constituido en referente para comprender, valorar y obrar en el mundo. Un pensamiento racional, objetivo, analítico, cuantificador, simplificador y dicotomizado −entre lo más destacado−, fuera del cual no podía comprenderse la verdad acerca de la realidad habida o por haber. Amparados en él, pensar y hacer, nos resultaba claro, objetivo e incontrovertible, la duda era solo metódica.  

Así, en términos económicos, no había discusión acerca de lo que era un sistema capitalista y uno socialista o comunista, diferenciados por la variable propiedad privada; en correlación y consecuencia, en términos sociales, tampoco se dudaba de la distinción entre lo que era la clase burguesa explotadora y la proletaria explotada, condenadas por la misma historia a su sempiterna lucha; diferencias que, traducidas políticamente, definían de manera meridiana el ser de derecha o ser de izquierda y, para su acción, el ser revolucionario o ser reformista. Marco en cuyo orden, lógica, claridad y método resultaba obvio y necesario… ¡no pensar, sentir y hacerlo de otra manera! Eso caracterizaba, precisamente, lo que se llamaba militancia, que, expresada en diversas formas, se mantenían en pugnas sectarias alrededor del dominio de su verdad. 

Pero, como sucedió lo que tenía que suceder, igualmente, y entonces, al compás con la clausura de la época moderna y sus consecuencias, empezaban a emerger los factores que, a manera de giros civilizatorios, pulsan por la emergencia de una nueva transmoderna. Por esos factores, giros civilizatorios, comenzó la resignificación de los intereses, creencias, valores, expectativas y estrategias de los viejos actores y de los nuevos por visibilizarse. 

Esos giros, como el cognitivo, nos van a evidenciar que, al igual que en el conocimiento científico, en las relaciones políticas o del poder, no hay vías regias, ni dogmas o teorías acabadas, pues, la realidad −y, con ella, su verdad, su versión− es entendida, no como una cosa, sino como un proceso, es decir, un fluir en permanente deconstrucción. Dichas relaciones políticas se reconocen enmarcadas en un sistema de carácter holístico, cuya manifestación real −siempre en presente− condensa la memoria incontrovertible del pasado y las expectativas del porvenir que, como su conatus, conlleva la acción práctica, que es, precisamente, su razón de ser política. El giro cognitivo reconocería, entre muchas otras cosas, el carácter complejo, sistémico, diverso, afectivo y entrópico del mundo y, en consecuencia, diverso de saberes concomitantes con la emoción, el afecto, el valor ético y la vida cotidiana, como pequeño escenario para cimentar el logro de la revolución humana. 

De igual forma, y en consecuencia adjunta, como crítica socioeconómica de los logros de esa época, el impacto medio ambiental de sus modelos de crecimiento y desarrollo socioeconómicos capitalistas y socialistas reales, sustentados por igual, en la explotación y efectos contra la vida misma de las energías fósiles.

Es en ese marco que se comprende, ahora, el pensar y el quehacer de los viejos y nuevos actores políticos; estos ya no únicos, sino diversos y que, visibilizados por la nueva época, encarnan sus multidiversas necesidades, como demandas colectivas e individuales, que no solo de clase, sino, también, étnico-culturales, generacionales, de género, etc. Esos nuevos actores, mediante sus propias formas organizativas locales y regionales, van reconociéndose como hacedores de sus destinos y partícipes vivos en el ejercicio gubernamental de ese, su poder. Poder popular, lo han llamado algunos.

Por lo visto, en el nuevo milenio, nuestra América Latina empezó a hacer esos nuevos tanteos con los mencionados gobiernos populares. Nada fáciles, por cierto, en medio de una transición civilizatoria, la crisis del modelo neoliberal y las rancias acciones imperialistas por parte de presidente estadounidense Donald Trump en pro de mantener una hegemonía en franca decadencia. 

Pero, lo tenaz es que esas experiencias gubernamentales parecen flores de uno o pocos días, limitadas en sus gestiones para consolidar las condiciones que permitan el despliegue de sus humanos propósitos, por efecto, tanto de las amenazas externas antes dichas, o de las limitaciones consabidas de cualquier alumbramiento, que lo complican, como, y lo más grave, por las mezquindades de los actores que conforman sus coaliciones de gobierno. Actores que, por lo visto, mantienen bloqueado el seso y, en consecuencia, ciega la cordura para interpretar los signos de la nueva época y obrar en consecuencia. 

Sería el colmo si se siguen comportando con las otroras nefastas lecciones de sectarismo que, por su efecto, y al igual que los actores históricos y/o neoliberales en relevo, siguen impávidos e inconsecuentes con el espíritu de la época. Y, por lo mismo y sin querer queriendo, les terminan sirviendo. En ese sentido, el proceso electoral ad-portas en Colombia −con todo y los bemoles de fondo fundacional del progresismo−,  no deja de ser una más de sus pruebas de fuego.   

13 de abril de 2026

Información adicional

Autor/a: Luis H. Hernández
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo

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