Danza Macabra

La muerte camuflada ronda por doquier. Desde que la secuestraron para fumigar la vida en estos territorios, no ha parado de danzar.

Nada más ayer, la vi en una fiesta de disfraces, nadie la notó, pero todos sabían que estaba ahí, bailaba la “Danza Macabra” de Camille Saint-Saëns, disfrazada de esqueleto humano, danzaba entre la gente y señalaba con su guadaña a las personas descritas en una lista siniestra que le entregaron sus captores que, tomadas de la mano, debían seguirla hacia un lugar desconocido, como si quisiera recordarnos que todo tiene su final, recreando la antigua superstición de la Danza de la Muerte.

Mientras danzaba, recitaba los versos del alma:

Ronda que ronda

No tiene cabeza ni tiene pies

No odia la vida, de la muerte es fiel.

Ella dijo que me amaba

En su manto me arrulló

Danzando, danzando, danzando

El viento se la llevó

Canto por no llorar

Callo para no hablar

Danzó por no vivir

Vivo para morir .

La vida no vale nada

No vale nada la vida

Mientras danzaba recitaba los versos del alma, anunciando el final de la partida. La gente extasiada por la música, parecía un disparate musical, no armonizaba los movimientos, se dejaban envolver por la melodía macabra del poema sinfónico. Los danzarines la seguían por la oscuridad del laberinto sin retorno, sin resistencia, en desobediencia a la vida, bailando a espaldas de la vida, y de frente a la muerte.

Cuerpos al vacío bajaban contoneándose por la cordillera, rio abajo, pasaban por Bocas de Ceniza, en la desembocadura al mar Caribe, y se perdían de vista en la inmensidad marina.

Los turistas entusiastas, visitantes del malecón, en coro vitoreaban: “Quien lo vive es quien lo goza”. Pagaban grandes sumas de dinero para presenciar en vivo y en directo el desfile de comparsas de la muerte al ritmo de la danza macabra, presidida por la mismísima muerte, disfrazada de esqueleto. 

Muchas almas sin cuerpo se unieron al frenesí mortal y desfilaron sin dolor ajeno por llanos y cordilleras, por sabanas y desiertos, navegaban despidiendo la vida arrebatada por los señores captores de la muerte.

El selecto público festejaba con vivas y aplausos las carrozas fúnebres de frescas masacres y asesinatos en vivo y en directo de hombres y mujeres, los más jóvenes los lanzaban al río en señal de desapego a la vida. Era todo un espectáculo mortuorio, los pocos seres vivos que patrocinaban el genocidio, mostraban sin escrúpulos, anticipadamente, su desprecio a los condenados a morir. Lanzaban toda clase de objetos, insultos, escupían y maldecían las almas de cuerpos miserables, pero dignos, que fueron en vida. 

La muerte misma no podía creer, el sin número de fans que la seguían por redes sociales, y los presentes la incitaban a dejar sin vida a mucha más gente, como si ella fuese la determinante de extinguir la vida. Solo soy un vehículo para transportar las almas, manifestaba, bastante molesta con el rol que le obligaron a desempeñar.

Los señores y señoras patrocinadores de la muerte, la saludaban con alegría festiva. Ella recorría el país en una gira histórica sin precedentes, viajaba por municipios y veredas, por campos y ciudades, recogiendo las almas de cuerpos insepultos regados a lo largo y ancho de todo el territorio.

La muerte hacia piruetas que impresionaba a las vidas presentes. Cada vez que se desplazaba realizando giros con un pie en punta sobre el agua marchita en un eje imaginario, lograba la traslación coreográfica de la comparsa mortecina, pasando, en cuestión de milésimas de segundos, de un estado corpóreo a una sustancia sublime, silueta de luz animada por la sinfonía macabra de Camille Saint-Saëns.

En un momento crítico de la danza, la Muerte quiso detener el genocidio, pero fue amenazada por sus captores, que la sentenciaron a siglos de vida corpórea si se atrevía a ejecutar un mal paso en la Danza Macabra. 

Muy a pesar de las amenazas, para salvar su reputación entre los vivos, quiso dejar testimonio de su rol a través de un monólogo expresado en un tono serio que dejó sobresaltada a la audiencia entretenida con la funesta danza.

La Muerte: Persistentemente se me acusa de influir en las muertes de las personas. De tener una lista negra premeditada, de manipular el fatal destino de las víctimas, que ando detrás de las orejas de las personas esperando la oportunidad para apagarle la luz. Algunos me llaman: la que lleva y no trae. Incluso existen celebraciones en mi nombre, como la del dos de noviembre, día de los difuntos, en el cual los seres vivos me interpretan de múltiples formas, como en unos famosos carnavales en la costa del mar Caribe colombiano, a través de representaciones jocosas y divertidas, en un combate a muerte con la vida de forma coreográfica y musical. Habrase visto cosa igual en la vida. Además, soy protagonista de novelas, cuentos, poesías, leyendas, como en el cuento de tradición oral que narra un tal Céspedes, relatando cómo rastreo a una señora de nombre Francisca, para llevármela en el tren de la muerte. Es más, soy la estrella en muchos libros y películas, una de ellas titulada, “El libro de la Muerte”, donde con solo colocar el nombre del delincuente en dicho libro de notas, acabo con su vida. Sin embargo, nunca he recibido regalías por la utilización de mi marca no registrada, pero es un derecho natural. Tranquilícense, solo es una broma. Mi trabajo es ad honorem.

Podría pasarme en este breve relato, señalando muchas curiosidades que durante siglos se han expresado en diferentes culturas y dicho en distintos idiomas sobre el rol que represento. El señor que escribe el relato, también se cree con la autoridad de tener el conocimiento de mi naturaleza y dedicación. Hagámosle creer que está en lo cierto. Para no defraudarlo. (Pausa) Continuemos. Lo único cierto es que donde existe vida hay muerte. Lo único seguro en su vida, tarde o temprano, es su fallecimiento. Como dice la canción: Todo tiene su final. Nada dura para siempre.

La verdad es que he andado por muchos lugares de la vida. Acudiendo al llamado de las almas en pena. En este ejercicio milenario he topado con distintas almas suspendidas en el tiempo, en lo que fue su territorio en vida corporal, atadas a los deseos del cuerpo y la mente. Vigilando las “pertenencias” que dejaron en vida. Trato de convencerlas de la importancia de liberarse de esos apetitos para su trascendencia. Porque las almas son eternas. 

Estoy aquí, en la fiesta a los muertos, para ayudar a muchas almas que ocuparon los cuerpos de víctimas de la violencia a lo largo de más de doscientos años. Han sido horas y horas de dedicación, sin discriminar crímenes menos afamados, ni los que ocurrieron en otros siglos, sino que he decidido fijarme en los más actuales, en las almas que están ancladas en este territorio, los del conflicto armado, social y político, para que sean ustedes los que valoren mi capacidad de dar cuenta de los sucesos como lo exige el auténtico código 1.130. 

En esta ocasión solo me ocuparé de aquellas almas que propone el autor en esta obra. Las ánimas en pena que aún vagan en territorios de vida. Espero que mi papel sea de ayuda para el esclarecimiento de los hechos.

Recordemos: Lo único seguro en esta vida, es la muerte.

Que siga la función maestro, ordenó alguien. 

Información adicional

Autor/a: Edwin Doria
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°334, 20 de Abril - 20 de Mayo de 2026

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