Comenzar a leer a Kierkegaard: ¿por dónde empezar?

Hace un tiempo un estudiante de colegio, de unos 15 o 16 años, se me acercó para hacerme una pregunta aparentemente inocua, pero subrepticiamente insidiosa.

De alguna forma se había enterado del hecho de que me he dedicado al estudio del pensamiento de Kierkegaard y quería aprovechar la ocasión para resolver una curiosidad que tenía al respecto. En específico, había escuchado hablar de este autor y quería un consejo sobre cuál sería el mejor libro para introducirse a su obra. Ahora bien, a lo largo de los años efectivamente he tenido la oportunidad de dictar clases o enteros cursos sobre Kierkegaard, tanto en Colombia como en el exterior, así que esta pregunta ya la había respondido múltiples veces y siempre de la misma manera, a saber, que la mejor manera de acercarse a un autor, casi siempre, consiste en leer sus obras siguiendo el orden cronológico en que se escribieron, pues así es más simple seguir la trayectoria poética o filosófica y, en consecuencia, se facilita la comprensión de las ideas que quiso exponer y desarrollar, cualquiera que sea la forma en que se presentaron. Dicho de otra forma, siguiendo dicha pauta es más facil entender al autor y el desarrollo de su trabajo. Según lo entiendo, esto aplica para varios autores como Husserl, Descartes, Kant, Sartre y Leopardi, solo para traer a colación algunos casos puntuales.

Por supuesto, esta regla puede tener sus excepciones debidas a algunas peculiaridades de los escritores a los que se aplica. Por ejemplo, siempre hablando de filósofos, hay autores que, a pesar de la cantidad de textos que escribieron, han alcanzado su clímax en una obra específica que sintetiza perfectamente las ideas fundamentales de su pensamiento y de la cual los textos sucesivos no son nada más que profundizaciones y desarrollos específicos, o cuyos sucesivos análisis no han logrado conseguir la misma contundencia del texto anterior. Este podría ser el caso de Heidegger y su Ser y tiempo, en donde ha intentado sistematizar muchas de las reflexiones de su primera parte de vida filosófica y quedaba inconcluso porque reconocía la imposibilidad de llegar al destino siguiendo el recorrido que había escogido para desarrollar el libro. El pensador alemán pasó el resto de su vida tratando de abrir nuevos caminos hacia el Ser, sin conseguir encontrar otra vía para su meta, al tiempo que el lenguaje utilizado se volvía cada vez más oscuro y a menudo incomprensible. En aras de claridad, no quiero decir que no valga la pena leerse a los textos del así llamado “segundo Heidegger”, sino que sería una vía de acceso poco funcional para quien quiera entrar por primera vez en el laberinto de este pensamiento sin contar con unos ingentes conocimientos previos sobre el autor. Hay que suponer que el mismo autor estaría de acuerdo con mi sugerencia, si se considera que, próximo a la muerte, dejó para la posteridad las versiones actualizadas de todos los textos de su producción que deseaba que se publicasen luego de su fallecimiento, junto con un esquema en que se indicaba el orden cronológico en el que habrían debido salir. Es sabido que los famosos Cuadernos negros, consistentes en sus diarios filosóficos de toda una vida –y que tanto escándalo han suscitado entre sus lectores, debido a las afirmaciones abiertamente antisemitas que allá se encuentran –, tenía que ser publicado al final, ya que, según el autor, habrían tenido que brindar una clave de lectura para toda la otra producción textual. Lo que pasa en este caso es que, a veces, los editores no se conforman con la voluntad del escritor.

Quedándonos en el ámbito alemán, un discurso similar se podría hacer para la obra de su discípulo H.G. Gadamer, Verdad y método, que se puede considerar como el texto fundamental para entender su planteamiento de la hermenéutica. Tal como lo cuenta el autor en su autobiografía, este libro buscaba sistematizar todas las reflexiones filosóficas de una vida acerca del Arte. Los textos anteriores aún no estaban maduros y los posteriores solo retomaban y profundizaban esta gran obra.

En el caso de los poetas o novelistas, en donde no siempre se busca desarrollar un pensamiento claro o sistemático, la situación cambia un poco, pues no es fácil identificar por dónde comenzar la lectura, ya que no siempre hay un hilo argumentativo que se deba descifrar. En este caso, la sugerencia podría ser una de dos, que no necesariamente coinciden en el resultado: o se aconseja el texto más famoso (entre el público, en general, o entre los críticos literarios, en especial) o, en el caso de que no sea el mismo, se puede aconsejar el texto que preferimos de entre el abanico de la producción del autor, ojalá aclarando cuál criterio estamos asumiendo para nuestra recomendación. A manera de ejemplo, si hablamos del escritor italiano Umberto Eco y consideramos sólo su producción literaria y no ensayística, seguramente su libro más aclamado, tanto por la crítica como por número de ventas, es El nombre de la rosa, que efectivamente es un libro que vale la pena leer por ser muy entretenido y profundo. Sin embargo, prefiero más otra novela suya, que no es tan famosa, ni tan apreciada entre los especialistas literarios: El cementerio de Praga, que habla de un falsario del siglo XIX, y que es un libro que aprecio mucho tanto por sus calidades literarias, como por el hecho de que comencé a leerlo en 2011 en la ciudad de Livorno mientras acompañaba a un querido amigo en un viaje. Desde entonces, volver a ojear esas páginas o solamente mencionar la obra en una conversación casual me proyecta de inmediato en aquel periodo de mi vida, que disfruté mucho.

Todo este largo preámbulo serviría para aclarar, en general, cómo reflexionaría yo a la hora de escuchar una pregunta similar; y también para aclarar que en el caso de Kierkegaard las opciones expuestas son legítimas, pero no pienso que sean la mejor vía de aproximación a su obra y esto se debe a varias razones relacionadas con la naturaleza de la misma, que se ubica en el fascinante cruce entre literatura, filosofía y teología. 

Como ya aclaré en un artículo que se publicó en julio del año pasado en las páginas de este periódico1, Kierkegaard implementa un ejercicio literario que sirve para convencer a sus conciudadanos a abrazar el verdadero mensaje cristiano, mediante una estrategia comunicativa que implica la producción de multiples libros escritos bajo firma seudónima, que deberían exponer las facetas y las implicaciones negativas de algunas particulares maneras de vivir –que el autor denomina vida estética y vida ética–, al tiempo que deberían propiciar la bondad del estilo religioso de vida, basado en el ejemplo de conducta brindado por Cristo.

Ahora bien, considerando que el público de referencia estaba compuesto por “tipos humanos” diferentes, quienes presumiblemente tenían gustos literarios distintos entre sí, los libros que supuestamente iban a atraparlos en la telaraña tejida por el autor danés tenían que satisfacher un abanico de gustos heterogéneos, tanto desde el punto de vista del contenido, como del estilo. Esta peculiaridad se ve reflejada a la hora de considerar el conjunto de su obra, así como en algunos textos en específico, como es el caso de la obra que inaugura su enorme proyecto literario, es decir, Enten-eller, que en español ha sido traducido principalmente como O lo uno o lo otro o como La alternativa. Si no se consideran la tesis de magíster y un artículo juvenil, esta corresponde a la primera obra publicada por el autor entre aquellas que componen su auténtico proyecto religioso. 

Para que se entienda un poco de qué tipo de texto estoy hablando, conviene brindar unos cuantos detalles. 

En un primer momento, leyendo el prólogo del ficticio editor Victor Eremita, nos enteramos de cómo él se apoderó de las cartas que nos están presentando. A saber, nos confía que todos los papeles que ahora conforman el texto originariamente se encontraron en un cajón escondido de un secreter que un día tocó abrir con un golpe de hacha, que fue comprado en una tienda de antigüedades y del que es imposible rastrear el anterior dueño. Chequeando su descubrimiento, Victor Eremita nota que se trata de cartas de una correspondencia entre dos personas, un juez de nombre Wilhelm, a veces llamado “B” por equilibrio, y un esteta de quien no se logra entender el nombre y que, por comodidad, es denominado “A”. Ambos representan respectivamente el estilo de vida ético y estético. Grosso modo, el primero corresponde a una existencia gobernada por un sentido del deber impuesto por las instituciones y aceptado de manera acrítica por el sujeto, mientras que el segundo correspondería a una vida movida por el impulso que se deriva del mero deseo de cada persona.

El trabajo de identificación de los dos autores no ha sido tarea difícil para el editor, pues ya a la vista se nota de inmediato la diferencia entre las dos plumas. De hecho, los papeles de “B” aparecen en tres largas cartas numeradas, de las cuales una es un sermón escuchado y transcrito por él mismo, y que están redactadas con caligrafía ordenada y en papel membrete; mientras que las otras están en papeles ordinarios, de tamaño y forma diversa, sin ningún orden especial, y escritas con una caligrafía imprecisa y bajo formas literarias distintas, que van desde el aforismo hasta el diario, pasando por la reseña literaria, el ensayo y la conferencia dictada en una sociedad secreta. En realidad, el diario ni siquiera pertenece a “A”, sino que es copia fiel del diario de un personaje de nombre Johannes, que “A” encontró una noche y que él transcribió a escondidas: el famoso Diario del seductor. A medida que vamos leyendo estos textos, entendemos que los dos autores tienen un doble propósito: describir, aunque sea parcialmente, el propio estilo de vida, y convencer al interlocutor a abandonar su manera de vivir para abrazar el otro estilo.

Esta breve descripción debería ser más que suficiente para hacernos una idea del laberinto en el que entramos en cuanto abrimos la portada del texto. Por mi parte, he de admitir que este texto es mi favorito, y que, por goce personal y por trabajo, lo he leído innumerables veces siempre disfrutándolo tantísimo y siempre recibiendo nuevos impulsos con cada relectura. Empero, no pienso que este libro sea el correcto para que un joven se acerque al pensamiento de Kierkegaard, pues si no se tiene ya mucha confianza con algunos tipos de textos poéticos de matriz romántica, se podría correr fácilmente el riesgo de perderse en el laberinto de estas hojas perdiendo el hilo del discurso y, por ende, no disfrutar de la lectura y quedar disgustado con el autor. 

Un discurso similar se podría hacer con respecto a otras dos obras maestras del autor: El concepto de angustia y La enfermedad mortal, que probablemente son las dos obras que han brindado más herramientas conceptuales a los estudiosos posteriores, las cuales en su mayoría siguen completamente actuales. El mismo Kierkegaard intuía el éxito que habrían podido tener estos textos, hasta el punto de llegar a afirmar que, entre toda su producción, con tan solo este último libro él se había asegurado la permanencia en la memoria de la posteridad por siglos. Mas tampoco estos dos libros son los que me animaría a sugerir a un joven, pues las argumentaciones que allí se exponen necesitan de una sólida formación humanista para ser abarcadas y de años de meditación para ser entendidas, aunque sea de forma superficial. Tampoco tendría sentido iniciar la lectura con los textos que Kierkegaard consideraba los más importantes entre todos, a saber, los religiosos, pues él mismo decía que no habría posibilidad alguna de comprenderlos y apreciarlos sin antes haber entendido la necesidad de dar el salto de la fe.

Si tuviéramos que plantearle la misma pregunta directamente a Kierkegaard –considerando la centralidad que la noción de individuo tiene en su pensamiento, que se deriva de una atención casi exclusiva en la existencia de las personas–, se puede fácilmente suponer cuál sería su respuesta. Más o menos, él nos sugeriría conocer a fondo la persona para entender en qué esfera de la vida se encuentra en el momento (en su visión, lo más probable es que un adolescente esté en una actitud estética), para luego direccionarlo hacia el libro que más le pueda mostrar las consecuencias nefastas de esta manera de vivir, para que él mismo entienda la necesidad de volver a orientar su existencia en un sentido religioso.

Dando por sentado que yo no soy Kierkegaard, y que tampoco es posible conocer profundamente a cualquier estudiante que nos pide un consejo de lectura, me toca escoger otra solución, que busque unir la necesidad de acercarse a los temas principales tratados en la obra de un autor complejo, minimizando el riesgo de que dicha complejidad desanime al joven lector en la fruición de la obra. Me parece que para lograr este objetivo se debería buscar un texto de Kierkegaard que abarque sus temas típicos y que, al mismo tiempo, esté escrito de una forma amena, inclusive a costa de privilegiar la forma en desmedro de la claridad en la exposición del contenido. Dicho de otra forma, no habría que buscar el libro en que el autor desarrolla sus reflexiones más profundas y mejor hechas, sino que habría que encontrar el lugar en donde se encuentran sus reflexiones más accesibles, no para que el joven alcance a capturar toda su pregnancia, sino para que, intrigado por dicha experiencia, la use como trampolín para dedicarse a la lectura de todas las demás obras que componen el corpus.

En el caso de Kierkegaard, pienso que estos requisitos se ven cumplidos en un libro en especial: Etapas sobre el camino de la vida. Este ha sido el consejo que me he atrevido a darle al joven estudiante. 

1. “¡Un momento, Señor Kierkegaard!”, periódico desdeabajo N°326, Julio 18 – Agosto 18 de 2025, p. 24.

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Información adicional

Autor/a: Fabio Bartoli
País:
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°334, 20 de Abril - 20 de Mayo de 2026

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