Son muchas las lecciones por procesar y apropiar que deja la primera experiencia de un gobierno reconocido por la opinión pública como de izquierda, lecciones que seguirán acumulándose hasta el último momento de su gestión, toda vez que, a lo largo de los últimos meses de su mandato, se la jugará toda por lograr que su matriz se mantenga viva en la Casa de Nariño y desde allí en todo el país. Los que vienen son, por tanto, meses que dejarán ver lo más puro y lo más impuro de su ser.
En el ocaso de los cuatro años de este gobierno han quedado a la vista, sobre todo del activismo no inscrito en la agenda cotidiana que irradia el Presidente, las consecuencias de arriar con la autonomía de los movimientos sociales, acción facilitada por los propios activos de las principales expresiones de lo social en el país, bajo el supuesto de que toda crítica al gobierno de turno “le hace el juego al enemigo”.
Dos lunares de reciente data hacen evidentes las consecuencias del silencio autoimpuesto por las expresiones más importantes de los movimientos sociales, de la ausencia de crítica, del “guardar para otras épocas” las energías rebeldes: el 8 de marzo y el 9 de abril. La primera fecha, epicentro simbólico de la reivindicación de las luchas feministas, con eco pedagógico sobre el conjunto de las mujeres que integran una sociedad dada, además de calendario de memoria de las luchas que les han permitido a las mujeres la conquista de diversidad de sus reivindicaciones, y por ello con espacios sociales cada vez más reconocidos, y aún con variedad de propósitos por materializarse. Esa fecha, en la cual por años y en muchas ciudades del país sus calles se han visto desbordadas por miles de mujeres que izan sus banderas y agitan sus reivindicaciones, en esta ocasión no fueron epicentro del agitar de sus consignas.
Se dirá que así sucedió porque ese día se realizaron las elecciones al Congreso, además de la selección de candidatos presidenciales por parte de los partidos, y eso es cierto. Pero hay una pregunta a la cual aquello no da respuesta: ¿Por qué el movimiento feminista no se opuso a que tan importante fecha fuera seleccionada para ese hecho electoral? ¿No se podía celebrar tal elección una semana antes o una semana después? Además, de aceptarse que esa fecha fuera ocupada por el evento electoral, ¿por qué a lo largo de la semana previa no sucedieron movilizaciones y otros eventos masivos que pusieran en el epicentro nacional la agenda de los movimientos feministas? Se trata de expresiones callejeras aún más necesarias en los días que corren, en medio de la “batalla cultural” declarada por el extremismo regresivo de los movimientos de la “nueva derecha”, que plantean el retorno de las mujeres a su función ejercida por siglos, con sumisión, de amas de casa y reproductoras de fuerza de trabajo. Es esa una defensa activa con exigencias al Ministerio de la Igualdad de ejercer sus funciones con mensajes contradiscursivos que marquen y estimulen en todo el país la unidad necesaria para defender y ampliar los derechos conquistados por las llamadas minorías sociales. ¡Sería un accionar digno del gobierno que se autodefine como del cambio!
Expresarán algunos que no podía ser de otro modo, pues lo central era lo electoral, y lo social y político en general tenía que concentrar sus energías en la consecución de votos. Las luchas sociales, opacadas por la pérdida de autonomía y, además, por quedar circunscritas al tema electoral, es decir, los movimientos sociales como soporte del Estado, algo que no necesariamente les corresponde, toda vez que es el mismo Estado el epicentro de la violación de sus derechos y la muralla que contiene las necesarias transformaciones que alientan la existencia de los movimientos sociales, en este caso de las luchas del feminismo. No sobra recordar que la realización plena de los seres humanos trasciende el Estado, fundando sus sueños en prácticas autogestionarias, de ayuda mutua y libertad total, todo de imposible concreción por la vía del aparato estatal, controlador y negador por esencia, realidad en proceso de ahondamiento en tiempos de virtualidad, robótica y todo tipo de vigilancias y controles mediados por tecnología de última generación. El Estado es cada vez más una especie de pesadilla, ojo que todo lo ve y todo lo controla y, por tanto, con el cual el presente y el futuro de la humanidad no alimentan esperanzas.
La segunda de las fechas referidas, el 9 de abril, es una efeméride por años retomada para impedir el olvido del genocidio padecido por el gaitanismo, además de la inmolación de su líder, con la sucesiva cadencia de masacres que conmovieron al país durante los años finales de la década de los 40 del siglo XX y las sucedidas en la década siguiente. Como es conocido, hace algunos años se tomó la errada decisión de transformar esta fecha en el Día de la Memoria, que opaca lo antes referido por un conjunto de violencias, dolores y resistencias de más reciente ocurrencia en el país. Pues, bien, sea para recordar lo acaecido en los años 40 y 50 del siglo XX, o lo sucedido en décadas más recientes, durante el jueves del noveno día de abril no se vieron las calles colmadas de banderas y pancartas denunciando a la oligarquía asesina ni reclamando verdad sobre lo acontecido, que bien podían haber sido movilizaciones para retomar mensajes gaitanistas totalmente vigentes, como aquel que denunciaba la plutocracia, hoy más evidente que hace ocho décadas, gobierno de los ricos que ya no delegan el ejercicio de la política sino que la ejercen de manera directa. Como también su llamado a la “restauración moral de la república”, importante grito de combate vigente ante un gobierno que no logró marcar distancia con esa sempiterna práctica de apropiar lo público por parte de los particulares para provecho individual. Algo que no debió suceder; mancha que impide que las mayorías vean en el progresismo un proyecto totalmente diferente de aquellos que caracterizan a los partidos de la tradición.
El silencio reinante en esta ocasión parece estar también determinado por el factor electoral y la decisión sobre dónde y cómo concentrar las energías sociales. Se trata de una decisión que parte del alto gobierno y su cabeza, que en últimas quedó transformado en el determinador de gran parte de la agenda de los movimientos sociales. Si él convoca movilizaciones, diversidad de sectores organizados se pliegan al llamado; y si guarda silencio, lo propio sucede en las bases.
Si las cosas son como están planteadas, estamos ante la realidad de un giro sustancial en lo social, con lo cual se ven menguados sus aires de lucha y autonomía por otra sociedad posible. Tal transformación los lleva a quedar centrados y reducidos en la lucha por la defensa de un gobierno, que es el actual pero que puede ser el de Iván Cepeda, de ser elegido en las próximas elecciones, o de cualquier otro de igual o similar cuño.
Es aquel un giro crítico el que vemos, toda vez que los movimientos sociales representaron por años lo contrario del poder y referenciaron una agenda abierta con el claro propósito de ir más allá de la sociedad capitalista. Ahora resultan defendiendo, como extensión del gobierno, el capitalismo. Y así es porque, como es conocido, este gobierno nunca se declaró, ni lo hará ahora, anticapitalista. Como tampoco lo hará el de Cepeda si le toca el turno.
No nos cansaremos de repetir que una de las tareas centrales de un gobierno que busque un mundo mejor en todos los sentidos debe ser la de prohijar el fortalecimiento de las organizaciones sociales, lo que necesariamente pasa por fortalecer su independencia. El asunto no es clientelizar estas organizaciones sino hacerlas partícipes del poder como fuerzas independientes.
Claro que, ante ello, se escuchará decir desde las altas esferas, pero también desde las medias y bajas de la agenda oficial: “Es el realismo político, compañero”. Pero ese realismo tiene tristes consecuencias, muchas de ellas nefastas, como lo vemos en Venezuela, donde los movimientos sociales han quedado reducidos a correas de transmisión del gobierno, el mismo que implementó una política económica y social que arrasó con el salario mínimo hasta reducirlo a valer menos de un dólar al mes; es decir, el mismo gobierno que llevó a los trabajadores y los sectores populares en general a la pobreza y la miseria. Tales movimientos, cadenas de soporte de ese gobierno, que más que ello es el régimen, ¿“para no hacerle el juego al enemigo” tienen que guardar silencio ante semejante realidad? ¿O tienen que guardar silencio ante la destrucción inclemente que padece gran parte de su territorio, producto de la política minera allí vigente? ¿O tienen que tragar entero ante el sometimiento de la nueva “burguesía”, “roja rojita”, ante los Estados Unidos?
Tristes consecuencias pueden ser estos giros de los movimientos sociales, ahora pendientes de lo institucional. Precisamente el 9 de abril de este año, como si se tratara de recordar lo sucedido hace décadas en Colombia, se movilizaron en Venezuela, como no se veía desde hace mucho tiempo, miles de trabajadores en reclamo de sus derechos, entre ellos salario mínimo digno y vida decente. Y, para vergüenza de la llamada izquierda, toda, pues en general la gente no diferencia entre una tendencia y otra, en “defensa de la revolución” otros miles de ellos, los de los sindicatos afiliados a la línea gobiernista, fueron movilizados para interrumpir y provocar a los ‘contrarrevolucionarios’. ¡La injusticia defendida por expresiones de los movimientos sociales que se consideran “revolucionarios”!
¿Es ese el futuro que pudiera llegar a nuestro país como secuela de los silencios guardados por el “realismo político”? En Argentina y Bolivia también hay signos de ello, como también consecuencias. Es claro que estamos a tiempo para actuar e impedir que esa historia también tenga lugar entre nosotros.
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