El escándalo del llamado “Plan Júpiter”, revelado por Revista Raya, ha sido leído como otro episodio de la desgastada novela política colombiana.
Como siempre, en un país que amanece con escándalos todas las semanas, ha provocado la reacción habitual: indignación, debates en redes y la cómoda ilusión de que estamos frente a una anomalía. Como si Colombia hubiera descubierto, de repente que la política puede manipular emociones.
Pero reducirlo a un caso aislado sería un error cómodo. Lo incómodo —y más cercano a la verdad— es admitir que Colombia hace rato dejó de votar con la cabeza.
De hecho, en un país tramposo como el nuestro, si alguien quisiera escribir un manual básico para ganar elecciones, no necesitaría mucha creatividad: Primero, identifique un miedo latente. Hay, varios, miedo al cambio, al otro, al pasado, al futuro, a perder lo poco que se tiene, luego amplifíquelo exagérelo, Repítalo hasta que parezca una amenaza inminente. Después, ofrézcase como única barrera de contención. Y finalmente acuse al adversario de hacer exactamente lo mismo, ¡y ya está!
Aquí no gana quien tenga mejores ideas. Gana quien logra producir más miedo, quien asusta más en el momento decisivo, porque la gente no solo vive de comer el pan, sino también de consumir fantasmas.
Como bien decía Darío Botero Uribe, ”uno de los aspectos mas repugnantes y perversos de la crisis nacional es el envilecimiento de la palabra. La palabra es hoy en Colombia una moneda falsa”.
La verdad es más incómoda, el electorado colombiano está acostumbrado a vivir la política con intensidad, con miedo, les parece gris, aburrido los debates, insoportables, carentes de dramatismo, por eso no es casual que los discursos más efectivos no sean los más rigurosos, sino los más viscerales. No gana quien argumente y explique mejor, sino quien logra que el otro parezca una amenaza existencial.
En ese punto, la democracia se parece menos a un espacio de deliberación y más a un escenario de pulsiones. Sigmund Freud lo habría dicho sin rodeos: el yo no gobierna, administra tensiones. La política, no persuade ciudadanos, organiza angustias.
Durante años se ha sostenido la idea de una democracia deliberativa. La Constitución de 1991 consagró el voto programático, pero la Constitución es un texto; la sociedad, no. El ideal de ciudadanos informados, capaces de escuchar debates de altura y tomar decisiones racionales, pertenece más al terreno de las aspiraciones que a la realidad política. Basta observar cualquier campaña electoral reciente para desmontar esa ficción.
La política colombiana no compite por argumentos, compite por emociones. Y no por cualquiera, sino por las más básicas y eficaces: el miedo al cambio, el miedo al otro, el miedo a perder lo poco que se tiene.
Un país atravesado por décadas de violencia, desigualdad y promesas incumplidas no produce electores, sino sujetos a la defensiva. La gente ha aprendido a desconfiar de los discursos, a mirar más allá, a tratar de descubrir quién es el que habla por su pasado, por sus modales, por su conducta, por su expresión corporal.
Por eso el escándalo del Plan Júpiter tiene algo de hipocresía colectiva. Se denuncia la manipulación como si fuera un desvió ético cuando en realidad es el lenguaje de todos los días de la política contemporánea. Exigir pureza, sin trampas y con reglas claras en los debates presidenciales cuando lo que esta en juego es la eficacia se asemeja a aquella fabulita criolla del tuerto López:
”¡Viva la paz, viva la paz” …Así trinaba alegremente un colibrí sentimental, sencillo flor en flor …Y el pobre pajarillo trinaba tan feliz sobre el anillo feroz de una culebra mapaná. Mientras en lo alto de un papayo reía gravemente un guacamayo bisojo y medio cínico: Cuá, cua” …
En este contexto, el “Plan Júpiter”, no constituye una desviación del sistema. Es, más bien, una expresión descarnada de su funcionamiento. Lo que escandaliza no es la estrategia, sino que haya quedado expuesta.
Al respecto, el filosofo Johan Huizinga, advertía que se tolera al tramposo con tal que no se deje coger, pero no al que arruine la dinámica, porque ese es tildado de aguafiestas o como se dice en la costa “el arrebata juego”.
De acuerdo con lo publicado por Revista Raya junto a Señal Investigativa, el llamado “Plan Júpiter” no corresponde a un programa científico ni educativo, sino a una supuesta estrategia política orientada a influir en las elecciones en Colombia. Según la investigación, tendría dos frentes: trabajo en empresas privadas mediante talleres con empleados y producción de contenidos en redes sociales para incidir en la opinión pública. Los documentos y audios citados señalan que su objetivo sería generar miedo, indignación e incertidumbre para influir en el voto y favorecer determinados intereses políticos. La investigación menciona como figura central a Jaime Bermúdez Merizalde, exministro de Relaciones Exteriores y exembajador durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.
Pero la pregunta de fondo, ni siquiera esta ¿en quién diseño el plan, sino porque funciona en la cultura colombiana?
Y funcionan porque encuentran un país donde el miedo no es una excepción,
sino el lenguaje mismo de la política. Porque si algo revela este episodio es que Colombia no necesita arquitectos del miedo. El miedo ya está encarnado, sedimentado, listo para ser disparado por el gatillo de la ambición con disparos de comunicaciones en las redes sociales.



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