La primera vuelta presidencial dejó una imagen que probablemente será recordada durante años. Mientras Iván Cepeda recorría plazas, universidades, barrios y auditorios a lo largo del país, Abelardo de la Espriella parecía estar en todas partes al mismo tiempo. Aparecía en TikTok convertido en una especie de héroe de acción. Aparecía en Instagram como empresario exitoso. En ciertos espacios digitales hablaba como defensor de la familia cristiana. En otros, como un admirador de Donald Trump dispuesto a convertir a Colombia en el aliado más fiel de la nueva derecha norteamericana. Para algunos era el abogado implacable. Para otros, el hombre del común que decía lo que nadie se atrevía a decir.
Lo interesante es que ninguna de las imágenes abelardianas parecía ser falsa. Pero tampoco parecía ser la verdadera. Política de la simulación. Simulacros sin original, diría Baudrillard.
Quizás allí se encuentra una de las claves para comprender lo que acaba de ocurrir en Colombia.
Durante semanas se ha discutido sobre noticias falsas, desinformación, manipulación y propaganda. Todos esos fenómenos existen. Sin embargo, concentrarse exclusivamente en ellos equivale a observar la superficie de una transformación mucho más profunda. El problema no consiste únicamente en que algunas campañas difundan información engañosa. El problema es que estamos entrando en una época en la que la política se organiza crecientemente alrededor de sistemas capaces de producir y administrar flujos de información, imágenes, afectos y deseos a una escala sin precedentes.
La investigación realizada por Cuestión Pública1 sobre la base de datos asociada a la campaña de De la Espriella ofrece una pequeña ventana a ese nuevo escenario. Más de un millón de registros, mecanismos de referidos inspirados en esquemas multinivel y una red de grupos de WhatsApp permitieron construir una red que no dependía únicamente de los medios tradicionales ni de la militancia política convencional. Cada nuevo usuario aportaba información, invitaba a otros usuarios y contribuía a expandir dicha red. El sistema crecía alimentándose de la actividad de quienes participaban en él. Cada persona era empleada, cual batería, para la Matrix criolla.
Resulta tentador describir todo esto como una operación de manipulación. La palabra tranquiliza porque identifica culpables y víctimas con relativa facilidad. No obstante, deja escapar lo más importante.
Cuando una persona recibe durante semanas contenidos sobre inseguridad, corrupción, anticomunismo, migración o decadencia moral, no está siendo simplemente engañada. Tampoco está siendo obligada a pensar de determinada manera. Lo que ocurre es algo más sutil. Poco a poco se configura una atmósfera afectiva. Algunas preocupaciones adquieren una presencia constante. Otras desaparecen. Determinadas respuestas comienzan a parecer razonables incluso antes de que las preguntas hayan sido formuladas con rigor.
La política deja entonces de consistir exclusivamente en convencer a ciudadanos mediante argumentos o en movilizar las emociones de las masas en plaza pública. Empieza a intervenir en las condiciones mismas mediante las cuales esos ciudadanos perciben el mundo. En sentido estricto, diseña mundos. Mundos como modelos experimentales para poner en marcha simulaciones. Simulacros como efectos completamente reales de las simulaciones.
La campaña de De la Espriella parece haber comprendido esta mutación mejor que cualquier otra en Colombia. No porque utilizara redes sociales. Todos los candidatos las utilizan. Tampoco porque recurriera a la inteligencia artificial. Esa tecnología ya se encuentra en todas partes. Lo novedoso radica en que el propio candidato fue producido en el marco del gobierno de los flujos de información.
El De la Espriella que consumía un joven atraído por la “manósfera” digital no era exactamente el mismo que aparecía ante empresarios preocupados por la economía. Tampoco coincidía plenamente con el que circulaba entre comunidades religiosas o con el que se presentaba como aliado de Trump y de las nuevas élites tecnológicas estadounidenses. Cada versión se encontraba adaptada a sensibilidades específicas. Cada una respondía a expectativas particulares. Todas coexistían simultáneamente.
La cuestión no es que existiera una máscara detrás de otra. El tigre no es un mero lagarto. La cuestión es que la circulación permanente de esas imágenes terminó convirtiéndose en la propia sustancia de la candidatura.
Algo semejante ocurrió con los votantes.
El ciudadano ya no aparece únicamente como receptor de mensajes. Produce información constantemente. Cada clic, cada comentario, cada reacción, cada reenvío de un video o en una cadena de WhatsApp alimenta sistemas que aprenden a identificar comportamientos y afinidades. Los usuarios coproducen los flujos que alimentan los contenidos que reciben. El resultado es un gigantesco circuito de retroalimentación en el que información, afectos y conductas se ajustan mutuamente de manera continua y automatizada. Cibernética en su máxima expresión. La pornopolítica, como la ha denominado Edwin Cruz, es también ciberpolítica.
Por eso resulta insuficiente hablar de mera manipulación. Nadie parece dominar completamente el proceso. Los algoritmos aprenden de millones de interacciones. Los usuarios modifican sus comportamientos en respuesta a los contenidos que consumen. Los creadores de contenido persiguen las tendencias que producen mayor circulación. Los candidatos adaptan sus mensajes a las respuestas que reciben. Incluso las plataformas compiten entre sí por captar más tiempo de atención. Todos participan en un megasistema o enorme dispositivo que parece expandirse siguiendo su propia dinámica automatizada. Heidegger lo llamó Gestell en su momento.
Y, sin embargo, no todos se benefician de la misma manera.
Detrás de esa aparente espontaneidad existen actores capaces de acumular cantidades extraordinarias de información y convertirlas en poder económico y político. Empresas especializadas en análisis masivo de datos, corporaciones tecnológicas con capacidad para modelar los flujos globales de información y nuevas élites económicas, las cuales comprenden mejor que nadie el valor estratégico de la información, ocupan posiciones privilegiadas dentro del megasistema transnacional. No es casual que figuras como Donald Trump, Elon Musk, Peter Thiel, Javier Milei o Daniel Noboa aparezcan recurrentemente en este panorama. Tampoco es casual que empresas como Palantir hayan adquirido una importancia creciente para distintos gobiernos2.
La primera vuelta presidencial colombiana mostró hasta qué punto esa transformación ya forma parte de nuestra realidad. Rodolfo Hernández había sido una premonición, o mejor, la primera simulación experimental. Cuando se los intenté explicar a mis estudiantes pocos en ese momento lo entendieron. A decir verdad, a mí mismo también me faltaba vocabulario.
Ahora bien, la campaña de Iván Cepeda representó una apuesta diferente. No porque estuviera libre de mediaciones tecnológicas. Eso sería imposible. Las tecnologías atraviesan hoy cualquier experiencia política. La diferencia radicó en otro lugar. Mientras una candidatura parecía expandirse principalmente mediante circuitos digitales de alta velocidad, la otra continuó apoyándose en encuentros presenciales, organizaciones sociales, trayectorias compartidas y formas de solidaridad de largo aliento.
La distancia entre ambos proyectos no puede reducirse a una oposición simplista entre redes sociales y plazas públicas. Lo que está en juego son dos maneras distintas de comprender la producción de lo común. Una apuesta deposita su confianza en sistemas cada vez más sofisticados de circulación informacional. La otra insiste en que la política sigue necesitando cuerpos que se encuentren, memorias compartidas y vínculos que no pueden reducirse a datos reificados.
Aún no sabemos qué ocurrirá durante la segunda vuelta, pero la pregunta más importante probablemente sobrevivirá al resultado electoral.
La cuestión no consiste únicamente en quién gobernará Colombia durante los próximos cuatro años. La cuestión consiste en comprender cómo están siendo gobernados los flujos que atraviesan y componen nuestra vida cotidiana. Flujos de información, de imágenes, de deseos, de temores y de esperanzas.
Ese es el desafío que la primera vuelta ha puesto sobre la mesa. No el de resistirse a una manipulación pasajera, sino el de comprender una nueva forma de gobierno que emerge silenciosamente desde lo profundo de nuestras sociedades hiperconectadas.
Sea como fuere, tendremos que aprender a habitar en común el circuito integrado. Descubrir lo común de nuestros cuerpos cibernéticos.



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