25 de junio de 2026. Hace apenas cuatro años la inteligencia artificial (IA) irrumpió en la vida cotidiana de las sociedades; todo parece indicar que llegó para quedarse como una variable con enorme poder de incidencia en la configuración de nuestro modo de vida y, sin duda, como una expresión eminente de la revolución tecnológica que se ha producido en nuestro mundo desde finales del siglo pasado y especialmente en el siglo XXI. La novedad que ha provocado su llegada ha estado acompañada de admiración por las capacidades de esta herramienta, pero también de preocupaciones por sus alcances y por las previsibles consecuencias que traerá su uso en ámbitos como el económico, social, cultural, laboral y educativo, entre muchos otros.
En este contexto, en mayo pasado el papa León XIV publicó su primera encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a la “custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Dicha publicación representa un muy importante avance en el reconocimiento de la inteligencia artificial como un fenómeno que ya está transformando los tejidos sociales y que interpela a muchas de las estructuras e instituciones sobre las cuales ha reposado la vida diaria de la humanidad.
La encíclica ofrece un balance muy valioso sobre las oportunidades y desafíos que supone la IA, y puede constituirse como un punto de partida pertinente para el discernimiento ético que hace falta impulsar a nivel social e institucional en todo el mundo, en la que es indispensable el involucramiento de la sociedad civil y la ciudadanía de a pie, pues se trata de un nuevo factor de carácter transversal que afecta todos los derechos en los ámbitos de la educación, el trabajo, la libertad de expresión y acceso a la información, por sólo mencionar los más relevantes. León XIV es claro en su valoración: la IA es una herramienta que puede integrarse a la misión humana de construcción de un mundo digno, pero que merece atención y cuidado, especialmente al advertir los primeros usos y efectos registrados, que evidencian la reproducción de ideologías excluyentes y estructuras de explotación y opresión.
En este sentido, la IA no es moralmente neutra, sino que ha sido instrumentalizada para acrecentar el poder de quien ya concentra la mayor parte de los recursos. Así, en lugar de atestiguar la capacidad de la tecnología para liberar al ser humano y potenciar su capacidad creativa y de transformación virtuosa de la realidad, parece estar mermando su posibilidad de realizarse a partir del trabajo digno, sometiéndolo a un clima de vigilancia y opresión mayor, mediante la recopilación y el control de datos.
De esta manera, la prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA es la lucha contra las nuevas formas de esclavitud. Se trata no de renunciar a la tecnología o negarnos a las bondades de su desarrollo, sino de impedir que sea convertida en un arma en favor de las múltiples estructuras de opresión que persisten en nuestra sociedad.
Uno de los campos más atravesados por estas tensiones éticas es el de la educación, en donde los procesos de enseñanza y aprendizaje, para su afianzamiento y maduración, requieren de ritmos y ambientes muy distintos a la aceleración y sobrestimulación que ha caracterizado el diseño y el uso de las nuevas tecnologías. La educación, en todas sus modalidades y niveles, necesita impulsar una revisión crítica de sus metodologías, pedagogías y contenidos para adecuarse a la necesidad de educar humanizadamente, dando un uso de la IA como una herramienta útil para la dignificación humana, de tal suerte que no se formen personas ávidas de datos y conocimiento, pero sin sentido de vida y sin capacidad de agencia propia y autónoma para incidir en la realidad.
En la mayoría de los debates éticos registrados en los últimos años alrededor del mundo, y ahora las orientaciones fundamentales que propone la encíclica Magnifica Humanitas, el rasgo común que destaca es el imperativo de hacer un uso adecuado de la inteligencia artificial en cualquiera que sea su ámbito de aplicación, la centralidad de una supervisión humana y una evaluación crítica y continua, así como la necesidad de un uso transparente de la información orientado a facilitar su acceso y manejo, pero no para sustituir al ser humano en la toma de decisiones. En el ámbito educativo dichas prevenciones se traducen en la tarea de utilizar la IA para potenciar aprendizajes, no para simplificarlos o sustituirlos.
Tal como afirma el papa León XIV, “si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad”. La responsabilidad es compartida; instituciones, empresas, organismos, escuelas, universidades y sociedad civil debemos asumir la tarea urgente de poner los límites y directrices indispensables para que la IA no se consolide como instrumento de dominación, sino como uno de liberación y dignificación del ser humano.



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