Jueves 16 de julio de 2026,. “Cuando se habla de terremotos en América Latina se piensa en México, Chile o Perú, pero pocas veces en el Caribe, pese a que esa región concentra una compleja interacción entre placas tectónicas y algunas de las fallas geológicas más activas del continente”, afirmó Jesús Manuel Ávila García, posdoctorante del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En entrevista con La Jornada, el especialista explicó que el doblete sísmico registrado el 24 de junio en Venezuela tuvo su origen en la interacción entre las placas del Caribe y Sudamericana, cuyo comportamiento es objeto de investigación.
“No es que el Caribe no sea sísmico, es que los mecanismos tectónicos son distintos”, señaló.
A diferencia de la costa del Pacífico, donde una placa oceánica se hunde por debajo de la otra –como ocurre en México con la placa de Coco y la Norteamericana–, en el Caribe, ambas placas tienen densidades y características geológicas que favorecen un desplazamiento lateral, en lugar de un proceso de subducción. Además, mientras la placa del Pacífico avanza alrededor de 20 centímetros por año, la del Caribe se mueve a unos dos centímetros anuales, lo que modifica la forma en que se acumula y libera la energía sísmica.
Ávila García describe a Venezuela como un “rompecabezas tectónico”. Ahí convergen las placas del Caribe, Sudamericana y Nazca, con cuatro fallas activas: Oca-Ancón, Boconó, San Sebastián y El Pilar, que delimitan el contacto entre las placas tectónicas de la región.
“Esta combinación hace a la zona, tectónicamente hablando, tenga una complejidad mayor”, resaltó.
El día del doblete sísmico, detalló Ávila García, el primer evento de 7.2 fue generado por la falla de Boconó en el noroeste de Venezuela. La transferencia de esfuerzos generada por ese primer evento activó la falla de San Sebastián, en el extremo oeste, que generó el segundo sismo, de 7.5, con apenas 40 segundos de separación.
“Las fallas funcionan como un resorte que acumula energía y en algún momento tiene que liberarse”, apuntó.
Los dobletes sísmicos son poco comunes, pero existen. Uno de los casos más recientes ocurrió en Turquía en 2023, mientras en Venezuela existe un antecedente histórico de un triplete sísmico registrado en 1812.
Otro registro importante, destacó Ávila García, es el sismo de 1967, conocido como El terremoto de Caracas. “Sucedió en la falla de San Sebastián, que tiene un periodo de retorno de 60 o 70 años. Esto es, si ocurrió en 1967, quiere decir que esperábamos actividad en este año”.
Una semana antes del doblete sísmico, el geólogo venezolano Franck Audemard advirtió sobre un comportamiento sísmico inusual registrado entre el 29 de mayo y el 4 de junio, y llamó a la población a mantenerse alerta.
Ávila García mencionó que el trabajo de su experimentado colega no cae en la intención de predecir un evento de este tipo, sino en la observación de un patrón. “No hace una predicción, sino que observa un patrón y hace un alertamiento. Dos semanas después ocurrió el doblete sísmico en una de las fallas donde se esperaba actividad”.
Tras el doblete sísmico ocurrido el 24 de junio, las réplicas en Venezuela suman más de 480, con intensidades de 4.6 y 5.5.
Sin embargo, el conocimiento científico sobre esas fallas contrasta con el deterioro de la infraestructura de monitoreo en Venezuela. Aunque hubo un tiempo en que el país contaba con 36 estaciones sismológicas, en la actualidad quedan apenas 10 activas. La red de monitoreo por GPS también fue desmantelada. “No hubo mantenimiento ni atención, y eso hizo que el primer boletín sobre lo ocurrido hace un mes, se emitiera siete horas después del temblor”.
Para el investigador de la UNAM, la mayor lección para Venezuela, México y los países del Caribe tiene que ver con la necesidad de contar con un sistema robusto de alertamiento temprano. “El sismo inició a 200 kilómetros de distancia de los puntos donde tuvo un mayor impacto. Por eso un sistema de alertamiento es fundamental, nos da entre 30 o 40 segundos, que son de mucha ayuda”.
Pero también, consideró, es relevante invertir en investigación, tejer redes de colaboración y, sobre todo, lograr que el conocimiento generado sea considerado en la toma de decisiones. “Nosotros hacemos investigación para ofrecer soluciones que reduzcan el riesgo para la población; si ese conocimiento no se traduce en normas de construcción y sistemas de prevención, pierde buena parte de su utilidad”, concluyó.


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