Jacques Maritain, en un famoso libro suyo dedicado a la Filosofía de la Historia, decía que el valor de un trabajo histórico es directamente proporcional a la riqueza humana del historiador que lo redacta1. Yo no sabría decir si esta consideración aplica para el cien por ciento de los escritos de esta disciplina, pero me atrevería a decir que seguramente esto es más cierto en el ámbito de las ciencias humanas que en el contexto de las ciencias duras, y seguramente esto era cierto en el caso de un gran historiador que acaba de fallecer, Carlo Ginzburg, que es conocido por muchos como uno de los impulsores de Microhistoria. A saber, una corriente de estudios que no se dedica a reconstruir e interpretar las vicisitudes de los grandes personajes del pasado, sino que se enfoca en los acontecimientos que involucraron a las clases subalternas y, en el caso de Ginzburg, se enfoca también en analizar qué tipo de ideas se difundían entre ellas, al tiempo que se resalta la diferencia de contenido entre las creencias populares y el conocimiento “institucional”, en el sentido de aprobado por los poderes hegemónicos políticos e intelectuales. En palabras del mismo Ginzburg, él profundiza en la “dicotomía entre cultura docta y cultura popular”2.
De hecho, recorriendo la amplia bibliografía de este autor –fácilmente consultable en internet–, el lector se queda vislumbrado tanto por la cantidad de títulos publicados, como por la calidad y variedad de temas de los mismos. En este texto no quiero conmemorar la trayectoria de este intelectual por medio de un resumen de sus hitos, pues ellos son tan conocidos que sería un ejercicio fútil si lo hiciese un aficionado como yo. Más bien, prefiero fijarme en un aspecto en particular de su obra: el papel que en ella asumen algunas temáticas y herramientas propias de la literatura3. Sin pretender hacer un estudio sistemático, quiero enfocarme solo en algunos ejemplos puntuales, considerados en orden aleatorio y tratando de recorrer unos senderos poco recorridos, dejando a un lado los ejemplos más evidentes, como lo es el libro que Ginzburg dedica a cuatro ejemplos extraídos de la literatura inglesa conectados entre sí por el tema de la “isla”, es decir, Ninguna isla es una isla4, para considerar fragmentos de ensayos quizá menos conocidos, pero ilustradores para este tema.


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