Hace cuatro años, cuando Rusia atacó a Ucrania, Europa respondió anunciando el fin de la compra de gas ruso. No fue automático ni absoluto, pero sí enormemente drástico. Tanto que Europa preparó planes de contención que incluían un importante descenso del consumo de energía.
Decrecimiento puro y duro, si bien nadie en Bruselas quiso llamarlo así. Pero Europa corrió también a buscar Gas Natural Licuado (GNL). Productores –como Estados Unidos– y proveedores se frotaron las manos, mientras la inflación se disparaba y países más pobres se echaban a temblar. Países vulnerables como Pakistán tenían motivos para ello.
Varios cargamentos de GNL con destino al país asiático giraron 180 grados en plena mar para poner rumbo hacia unos países europeos capaces de pagar mucho más por el mismo producto. Mientras los europeos nos mirábamos el ombligo, en Pakistán hubo prolongados cortes de suministro energético, muchos hogares quedaron sin luz y numerosas industrias tuvieron que apagar las máquinas.
No está claro que el gobierno paquistaní haya asimilado del todo la lección, pero los paquistaníes la han aprendido a una velocidad de vértigo: para quedarme sin luz, necesito generar mi propia electricidad. O lo que es lo mismo, la seguridad del suministro energético pasa por la soberanía energética, y ésta, en los países sin recursos fósiles, pasa irremediablemente por las energías renovables.
Esto genera otros problemas que hay que afrontar, claro, pero la ecuación es, al día de hoy y en palabras de Mariano Rajoy, prepolítica. La curva de la generación eléctrica mediante paneles fotovoltaicos se ha disparado en los últimos cuatro años en Pakistán, gracias en buena medida a la caída del precio de los paneles chinos, cuyo coste ha caído en menos de una década desde los 0.35 dólares el vatio, a menos de 0.1 dólares. Los datos globales impresionan.
En 2024, Pakistán fue el país que más paneles solares importó en todo el mundo, alcanzando los 17 GW de capacidad, el doble que el año anterior. En apenas tres años se instalaron 27 GW de solar fotovoltaica, cubriendo el total del crecimiento de la demanda eléctrica. Entre 2023 y 2025, la generación de electricidad mediante paneles se triplicó ampliamente, pasando de 15 TWh a 51 TWh. Unos números que han situado a la solar fotovoltaica como la responsable de 28 por ciento de la generación eléctrica del país, cuando hace cuatro años apenas producía 10 por ciento.
España es ahora mismo la referencia europea en cuanto a despliegue de fotovoltaica, pero lo cierto es que sus cifras son bastante más discretas que las paquistaníes. En tres años, el despliegue de la generación de electricidad mediante paneles solares en España ha crecido 35 por ciento, pero es que en Pakistán, que partía de un desarrollo mucho menor y ha superado ya a Madrid, se ha disparado 240 por ciento. Lo sorprendente de esta evolución es que no es fruto de una planificación y un impulso centralizado desde el gobierno. Se trata, en su amplísima mayoría, de puntos de captación de energía distribuida a pequeña escala.
Es decir, de paneles que la gente ha puesto en sus casas. De hecho, ni el gobierno sabe a ciencia cierta cuántas instalaciones hay. Un estudio mediante satélites en Lahore mostró que, mientras la potencia instalada oficialmente registrada era de 95 MW, la real llegaba prácticamente a 177 MW. El resultado es que Pakistán está teniendo que renegociar contratos a largo plazo de GNL con Qatar y Eni, pero no porque sufra escasez, ¡sino porque le sobra! Ha contratado de más y ahora calcula que tiene un excedente de 177 cargamentos de GNL de aquí a 2031.
No quiere decir que no hayan sufrido el shock del cierre de Ormuz, pero su impacto ha sido mucho menor y no ha afectado tanto los suministros básicos ni las facturas de quienes durante estos años han instalado paneles solares y, en muchos casos, se han desconectado de la red general. Lo de Pakistán no es ninguna utopía.
Tiene muchas aristas para considerarlo un modelo ideal a fijar en el horizonte. En cierta manera está ahondando en la desigualdad social, porque los más pobres no consiguen el dinero suficiente para instalar paneles en su casa y se ven obligados a seguir pagando las facturas fósiles, mucho más caras.
En algunas zonas se están detectando ya problemas con el agua, porque como a los agricultores les sale mucho más barato activar el riego en sus arrozales, están caminando a toda prisa hacia modelos de agricultura intensiva. Y de fondo, el balance energético paquistaní sigue siendo eminentemente fósil. Una cosa es descarbonizar la vida doméstica y otra descarbonizar toda una economía.
Lejos de la utopía, Pakistán muestra un presente posible en una disputa energética global que es eminentemente política. Y muestra que las renovables, además de los evidentes beneficios climáticos que aportan en cualquier lugar, son también un vehículo para reducir dependencias, garantizar suministros, descentralizar la generación y abaratar facturas en los países sin recursos fósiles propios. Una herramienta, en resumen, para la soberanía energética.
25 de julio de 2026


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