En los últimos años hemos asistido a una mutación radical en la forma de hacer política. Ya no se trata de posicionar programas de gobierno complejos, figuras tecnocráticas o liderazgos tradicionales, sino de fabricar showmen. Desde el fenómeno de Donald Trump en Estados Unidos hasta figuras como Javier Milei en Argentina o Abelardo de la Espriella en nuestro contexto, la extrema derecha ha perfeccionado una receta donde la política se reduce por completo al espectáculo, la provocación y el artificio digital. Este giro representa una transformación estructural de la esfera pública que se asocia directamente con lo que Edwin Cruz Rodríguez conceptualiza como pornopolítica: un régimen escópico donde los asuntos sustanciales de la vida en común son devorados por una economía de la atención hiperacelerada. Al convertir la contienda en un reality show permanente, estos personajes instrumentalizan el descontento social frente a las crisis institucionales, pero desvían sistemáticamente el foco de sus causas estructurales.
Lo grave de esta dinámica es que operan bajo el principio de una impugnación ficticia. Logran canalizar la legítima rabia ciudadana frente a los abusos del establecimiento y la precariedad cotidiana, pero en lugar de cuestionar las bases del despojo económico y la desigualdad material, desvían el enojo hacia chivos expiatorios, odios sectarios o batallas culturales superficiales. De este modo, la confrontación deja de darse entre proyectos de sociedad antagónicos para convertirse en una disputa de marcas de entretenimiento digital. La farsa consiste en presentarse como “antisistema” mientras, en el fondo, se preservan intactos los privilegios de las élites económicas que sostienen el orden de la dominación.


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