26/09/2026. La lucha contra el cambio climático ha sido capturada por un régimen de “capitalismo verde” que convierte la crisis ecológica en oportunidad de mercado, mientras el Acuerdo de París funciona como mecanismo de integración de la crítica dentro del sistema, neutralizando su potencial transformador.
El Acuerdo de París, adoptado en 2015 en la COP21, se presenta como el marco global para limitar el calentamiento muy por debajo de 2 °C, preferiblemente a 1,5 °C. Sin embargo, su diseño institucional refleja una lógica de gobernanza climática compatible con la continuidad del modelo extractivista:
1. El Acuerdo carece de mecanismos coercitivos reales; se basa en transparencia, revisión por pares y presión política, lo que permite a los Estados y corporaciones eludir responsabilidades sin consecuencias materiales.
2. Las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional son autoimpuestas, revisables cada cinco años, pero sin obligación de cumplir metas vinculantes. Esto convierte el compromiso climático en una declaración de intenciones más que en un instrumento de transformación económica.
3. La arquitectura del Acuerdo permite que países y corporaciones definan sus propias rutas de “transición”, frecuentemente basadas en soluciones tecnológicas que no cuestionan el crecimiento económico ni la dependencia de combustibles fósiles.
Esta estructura facilita lo que la literatura crítica denomina “greenwashing institucional”: la apariencia de acción climática sin cambios estructurales en el modelo productivo.
El Acuerdo de París permite a gobiernos y corporaciones:
– Hablar de sostenibilidad mientras protegen a los grandes contaminadores: mediante compromisos vagos, plazos lejanos y mecanismos de compensación (mercados de carbono, créditos de reforestación) que no reducen emisiones en origen.
– Convertir la conciencia ecológica en experiencia de consumo: campañas de “neutralidad de carbono”, “productos verdes” y “inversiones sostenibles” transforman la responsabilidad climática en una elección individual de mercado, despolitizando la crisis.
– Neutralizar la crítica radical: al integrar el lenguaje de la justicia climática, la transición verde y los límites planetarios, el sistema absorbe las demandas transformadoras y las convierte en reformas gestionables dentro del paradigma del crecimiento.
A pesar de que 195 países han ratificado el Acuerdo, lasContribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) actuales son insuficientes para cumplir la meta de 1,5 °C, pero incluso si se implementaran plenamente todas las NDC, el mundo se encamina a un calentamiento de 2,3–2,6 °C para 2100, muy por encima del objetivo.
Para alinearse con el objetivo de 1,5 °C, las emisiones globales deberían reducirse aproximadamente un 55% para 2035 respecto a 2019; las NDC actuales apenas rozan reducciones marginales, pero larealidad es otra, 2024 fue el año más cálido registrado, y las emisiones continúan creciendo, evidenciando una brecha de implementación masiva.
Junto a ello existe una brecha de financiación, de promesas incumplidas, ya que la arquitectura financiera del Acuerdo depende de la voluntad de los países de altos ingresos, que han fallado sistemáticamente:
Objetivo de 100.000 millones de USD: alcanzado finalmente en 2022, dos años tarde, y con dudas sobre su sostenibilidad tras la retirada de EE. UU.
Brecha de adaptación: el Adaptation Gap Report 2025 del PNUMA proyecta una brecha de financiación para adaptación de 350.000 millones de USD anuales para 2030, afectando desproporcionadamente a países vulnerables.
Fondo de Pérdidas y Daños: operativamente débil, con contribuciones mínimas y la retirada de EE. UU. de su junta directiva, lo que evidencia la falta de compromiso real con la justicia climática.
Las cumbres climáticasse han convertido en espacios de influencia corporativa, donde los lobistas de combustibles fósiles superan en número a las delegaciones de países vulnerables:
La presencia masiva de los representantes de petróleo, gas y carbón industria en las últimas COP,en las que han tenido acceso privilegiado a negociaciones, les ha permitido diluir compromisos y promover soluciones falsas como la captura de carbono y los mercados de compensación. El objetivo de las COP es difundir un tecno-optimismo como narrativa dominante, mediante un discurso de “la innovación salvará el planeta” (hidrógeno verde, CAC, geoingeniería), que está logrando desplazar la discusión sobre la reducción de consumo, los límites al crecimiento y la justicia distributiva.
Pero esto es insuficiente para sectores del capitalismo fósil duro queencabezados por Trump en una ofensiva negacionista, han logrado la retirada de EE. UU. del Acuerdo de París y están liderando una ofensiva sistemática contra la gobernanza climática global.
El 27 de enero de 2026, EE. UU. se convirtió en el primer país en abandonar el Acuerdo por segunda vez, enviando un mensaje de impunidad a otros gobiernos rezagados, pero además del Acuerdo de París, EE. UU. abandonó la CMNUCC, el IPCC, el Fondo Verde para el Clima, el Fondo de Pérdidas y Daños, y 66 tratados y cuerpos internacionales relacionados con clima, energía y medio ambiente; a lo que se unió que por primera vez, EE. UU. no enviase representantes a una cumbre climática(COP30 -Brasil, noviembre 2025) , abandonando cualquier pretensión de liderazgo global.
Trump ha implementado una agenda explícitamente procombustibles fósiles:
Mediante una orden ejecutiva de “emergencia energética nacional”, en su primer día de mandato, reactivando perforaciones en tierras federales, costas y el Ártico.
Reapertura del Ártico y Alaska, revirtiendo las restricciones de la era Biden, y permitiendo la perforación en la Reserva Nacional de Petróleo de Alaska y el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico.
Reanudación de permisos de gas natural licuado y apertura de costas a nuevas perforaciones.
Ataques a las energías renovables, calificando a la energía eólica de “patética” y falsa, y eliminando los subsidios a vehículos eléctricos aprobados por el Congreso.
Desmantelamiento de la ciencia climática con la cancelación del Sexto Informe Nacional de Evaluación Climática, y la eliminación de páginas web sobre ciencia climática, además de la promoción de informes que minimizanlas proyecciones de calentamiento.
Para afianzar estas acciones la administración Trump ha lanzado campañas de desinformación climática en una ofensiva discursiva para desprestigiar la ciencia climática y el Acuerdo de París:
En declaraciones públicas Trumpdenomino al cambio climático como una “estafa” en la Asamblea General de la ONU (2025) y a las políticas de energía sostenible “el mayor engaño de la historia” en Davos (2026).
El Departamento de Energía publicó Informes oficiales negacionistas, con proyecciones que minimizan el calentamiento futuro, como justificación para revertir regulaciones climáticas.
Restricción al activismo, limitando el espacio cívico para protestas climáticas, criminalizando la disidencia y reduciendo la capacidad de movilización social.
El greenwashing como tecnología de gobernanza climática
El greenwashing no es solo marketing engañoso; es una estrategia sistémica para controlar la definición de ambientalismo y orientar la transición ecológica hacia soluciones compatibles con la acumulación de capital:
– empresas y gobiernos promueven imágenes “verdes” mientras mantienen o aumentan su huella ecológica.
– investigaciones recientes cuantifican el impacto económico del greenwashing en 2,2–2,5% del PIB anual, debido a la erosión de confianza, la distorsión de mercados y la paralización de tecnologías genuinamente sostenibles.
Muchas empresas tecnológicas han desarrollado narrativas de“la tecnología salvará el planeta” que funcionan como greenwashing sofisticado, así Amazon ClimatePledge, Apple Carbon Neutral o Microsoft AI for Good, realizan campañas que prometen neutralidad de carbono mediante compensaciones, eficiencias marginales y tecnologías no probadas a escala, sin reducir emisiones absolutas ni cuestionar sus modelos de negocio basados en consumo infinito. Su discurso corporativo presenta a la Tierra como un sistema gestionable mediante datos, algoritmos y soluciones tecnológicas, naturalizando la intervención digital y ocultando conflictos socioambientales.
Las iniciativas masivas de reforestación, frecuentemente promovidas por corporaciones y gobiernos, presentan problemas estructurales como:
Monocultivos y plantaciones industriales, ya que muchas “campañas de plantación” son en realidad monocultivos de especies de rápido crecimiento para madera, papel o biocombustibles, sin beneficios reales para biodiversidad ni comunidades locales.
Compensación de emisiones sin reducción real, realizados a través de los créditos de carbono basados en reforestación que permiten a las empresas continuar emitiendo mientras “compensan” mediante plantaciones, que pueden ser taladas en el futuro, convirtiendo la supuesta mejora ambiental en inversión productiva diferida.
La narrativa de “estamos plantando millones de árboles” genera una sensación de acción que desmoviliza la demanda de cambios estructurales, cumpliendo una función de legitimación política.
El capitalismo, por su lógica interna, requiere expansión continua de acumulación, consumo y extracción de recursos. Esto colisiona frontalmente con los límites biofísicos del planeta:
– la idea de “crecimiento sostenible” o “crecimiento verde” ignora que el desacople absoluto entre PIB y emisiones/uso de recursos no se ha demostrado a la escala y velocidad necesarias.
– el mercado de productos “verdes”, inversiones ESG y bonos de carbono genera una ilusión de progreso mientras las emisiones agregadas continúan aumentando.
Ante estos hechos debemos plantearnos que el Acuerdo de Paríscumple una función ideológica clave para el sistema:
Legitimación del orden existente: al integrar el lenguaje de la sostenibilidad, la justicia climática y los límites planetarios, el Acuerdo permite al sistema presentarse como “parte de la solución” mientras protege los intereses de los grandes contaminadores.
Conversión de la ruptura en gestión: lo que debería ser un cuestionamiento radical del modelo productivo se transforma en una serie de reformas técnicas, mercados de carbono y compromisos voluntarios que no alteran las relaciones de poder ni la distribución de la riqueza.
Neutralización de la crítica: al ofrecer un espacio de participación (COP, NDC, fondos climáticos), el sistema absorbe las demandas transformadoras y las convierte en procesos burocráticos que desactivan la movilización social.
Concluyendo, el Acuerdo de París, tal como está diseñado e implementado, no es una herramienta para salvar el planeta, sino un mecanismo de gestión de la crisis climática funcional a la continuidad del capitalismo fósil.
Sus incumplimientos sistemáticos (brechas de emisiones, financiación e implementación), su captura corporativa y su vulnerabilidad ante ofensivas negacionistas como la de Trump evidencian que el sistema no está dispuesto a reducir su dominación sobre la naturaleza ni a cuestionar los beneficios basados en la injusticia social.
Las campañas de plantación de árboles, los compromisos de “neutralidad de carbono” y las narrativas de “transición verde” funcionan como tecnologías de greenwashing que convierten la conciencia ecológica en experiencia de consumo, paralizan la protesta y legitiman un orden que debe crecer en su acumulación y depredación o morir.
Frente a esto, la pregunta crítica no es cómo “arreglar” el Acuerdo de París, sino cómo construir movimientos y alternativas que cuestionen radicalmente el modelo productivo, la lógica del crecimiento infinito y la mercantilización de la naturaleza, recuperando la dimensión política, ética y transformadora de la lucha climática
Por, J Luis Carpintero Avellaneda. Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.


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