La semana pasada, la Asamblea General de la ONU, que por definición debería ser el foro por excelencia de la diplomacia y la convivencia entre Estados regulada por acuerdos y el derecho internacional consuetudinario, se convirtió en otro escenario de la guerra cognitiva y la necropolítica, encarnada en Donald Trump, el jactancioso magnicida confeso del ayatollah Alí Jamenei y otros delitos de lesa humanidad, y Benjamin Netanyahu, el carnicero de Gaza, prófugo de la Corte Penal Internacional, quien utilizó la tribuna para blanquear sus crímenes y realizar un acto de campaña de su partido, Likud, de cara a las elecciones parlamentarias del 27 de octubre en Israel.
De manera grosera, autoimbuidos del poder de dar vida o muerte a poblaciones enteras, con sus típicas bravuconerías gangsteriles y amparados en la impunidad que les brinda una organización virtualmente secuestrada por Estados Unidos, Trump y Netanyahu –corresponsables intelectuales de las operaciones Martillo de Medianoche y Furia Épica contra Irán– subieron al podio a proferir mentiras, falsificaciones históricas y amenazas sin límites. No obstante, quedaron exhibidos como criminales fracasados, que, incapaces de reconocer la derrota en sus guerras de agresión militar y económica ante la estrategia de disuasión híbrida de desgaste de Irán y el Eje de la Resistencia, ensayaban una fuga hacia adelante en sus intentos por ganar tiempo para cometer nuevas fechorías.
Recargado en su perfil megalómano, sus delirios de grandeza y una subjetividad marcada por su vanidad, Trump – como el producto más acabado y grotesco de la plutocracia estadunidense y el Estado profundo– exhibió la imagen de un magnate decadente que quiso mostrarse todopoderoso ante una audiencia mundial garantizada. Pero más allá de su afán de protagonismo y su narrativa e histrionismo gastados, sigue teniendo tras de sí un poderío militar nuclear sin igual, y en su repliegue hacia la Fortress America (fortaleza América), usó a la ONU como tribuna imperial para amenazar a cualquier país que se rebele contra la maquinaria bélica del Pentágono en América Latina, y en un hecho inédito en ese foro, expresó su intención de “aniquilar” a Irán –un país de más de 90 millones de personas– y enviarlo al “infierno”.
Al aludir a Venezuela, Trump utilizó la frase favorita de los conquistadores: “Al vencedor le corresponde el botín”, y se refirió al secuestrado y encarcelado presidente legítimo Nicolás Maduro, como “dictador forajido”. La actual mandataria encargada, Delcy Rodríguez, y su comitiva escucharon esas palabras sin abandonar el lugar. Y en relación a Cuba, con su habitual matonismo volvió a machacar la categoría imperial sobre el “Estado fallido” y aseguró que pronto “caerá”, pero eludió mencionar que el Pentágono lleva a cabo un progresivo cerco naval petrolero genocida contra la isla.
En un gesto político-diplomático, la delegación cubana abandonó la sala negándose a legitimar con su presencia los infamantes señalamientos del inquilino de la Casa Blanca. No fue una huida ni un arrebato; Cuba trasladó el debate al terreno simbólico, donde una silla vacía puede ser más elocuente que cualquier discurso. Quedarse a escuchar en silencio habría sido legitimar y blanquear al orador. En cambio, las sillas vacías hablaron por sí mismas y se convirtieron en la noticia; fue una forma de comunicación no verbal, un mensaje que no necesita micrófono y una negativa a ser cómplice público. Como señaló Orestes Hernández en Cubadebate, Cuba no huyó del conflicto: recogiendo el ejemplo del “canciller de la dignidad”, Raúl Roa, ante la reunión ministerial de la OEA de 1960 en Costa Rica, lo trasladó a un terreno simbólico más potente. Entonces y ahora, debido a que la delegación cubana no estaba en condiciones de igualdad en ese recinto, dada la asimetría de poder real con Washington, el gesto asumió la forma de una desobediencia simbólica: decir “no te escucho como legítimo”, “no acepto tu relato”, “mi ausencia es mi voz”.
Benjamin Netanyahu también estuvo ahí para completar la escena, pero fue abucheado y repudiado por 77 delegaciones que se retiraron de la Asamblea cuando se disponía a hablar, y según señaló la cadena de televisión israelí Canal 12, tuvo que pronunciar sus diatribas “ante una sala casi vacía”. Sin embargo, durante su intervención, otra imagen también llamó la atención: la delegación iraní había dejado una fotografía del teniente general Qasem Soleimani, en su asiento vacío. Artífice del Eje de la Resistencia, el excomandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán, fue asesinado en Bagdad, capital iraquí, en 2020, en un ataque aéreo terrorista, ordenado por el presidente Trump durante su primer mandato. Medios de comunicación en hebreo también publicaron la imagen.
La paradoja no pudo se más brutal: al responsable del castigo colectivo, la limpieza étnica y el uso del hambre como método de guerra y genocidio, así como del lanzamiento de más de 200 mil toneladas de explosivos sobre la población palestina en Gaza –una cantidad equivalente a 13 bombas atómicas como la utilizada en Hiroshima, que costaron la vida de 75 mil civiles bajo el pretexto de que eran potenciales terroristas–, se le permitió usar la tribuna de la organización que después de los juicios de Nüremberg contra los criminales de guerra de la Alemania nazi, fue creada para proteger a las generaciones futuras del azote de otra conflagración mundial, mientras al representante de la Autoridad Palestina se le negó la visa, en clara violación de las obligaciones del estado huésped. Otro fracaso de la diplomacia en un mundo fracturado ambiguamente en dos.
28 de septiembre de 2026


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