27/09/2026. La visita del presidente chino, Xi Jinping, a Estados Unidos ha quedado ensombrecida por la amenaza de Donald Trump de reanudar a gran escala su ofensiva contra Irán y empeorar así la debacle del suministro energético global desde el Golfo Pérsico. El desprecio de Trump a la última hoja de ruta presentada por Irán para reabrir el estrecho de Ormuz en siete días deja abierta la posibilidad de esa escalada, agravada por las amenazas del presidente de EEUU ante la ONU, y oscurece los tibios logros de la cumbre sino-estadounidense celebrada en Washington. La errática estrategia de Trump en Irán enreda así la relación con China, donde crece el temor de que la crisis energética se alargue a 2027 con consecuencias catastróficas para la economía mundial.
El cierre de las rutas de suministro de petróleo y gas a través del estrecho de Ormuz, aunque por el momento no ha dañado gravemente la economía de China gracias a sus grandes reservas de combustible, sí que está descolocando la estrategia energética y el ritmo de crecimiento chinos. La caótica política de Trump en Irán, caiga quien caiga, deja claro a la superpotencia asiática que EEUU no es un socio fiable.
La negativa del presidente estadounidense a discutir el plan de paz presentado por Teherán en el marco de la Asamblea General de la ONU enrareció las últimas horas del viaje de Xi a Washington y puso de manifiesto la brecha que separa a EEUU y China. Con la oferta que hizo en Nueva York el ministro de Exteriores iraní, Abás Araqchi, para retomar la negociación, Trump tuvo en su mano acelerar el fin de la guerra que EEUU e Israel desataron contra Irán hace casi siete meses y alcanzar un alto el fuego antes de los comicios legislativos estadounidenses del próximo 3 de noviembre. Y no aprovechó la oportunidad.
Una hoja de ruta iraní viable
La propuesta de Irán incluía la reapertura del estrecho de Ormuz, donde el peligro de las minas, misiles y drones ha reducido drásticamente el tráfico naval en una zona por donde antes de la guerra circulaba una quinta parte de crudo y el gas mundiales. Los iraníes también planteaban reanudar las conversaciones sobre el programa nuclear iraní en esos siete días de plazo. A cambio Teherán reclamaba el fin de las sanciones de EEUU sobre la exportación de su petróleo, el desbloqueo de sus puertos del Golfo Pérsico y un armisticio que incluyera el Líbano, donde Israel extendió la guerra el 2 de marzo.
“Hicieron una propuesta, pero la rechacé”, afirmó el sábado Trump desde la Casa Blanca. Argumentó que EEUU ya dispone del “control total” del estrecho de Ormuz y que cada día pasan por el mismo “cantidades masivas” de petróleo. La realidad desmiente estas afirmaciones, como muchas otras que está realizando Trump desde que comenzó la guerra y que oscilan entre la contradicción y la mentira abierta. Falsedades destinadas a confundir a los mercados energéticos y calmar el descontento dentro de EEUU ante la subida de los precios de los combustibles y de los bienes básicos por la guerra.
Al repudio de la propuesta iraní, el presidente estadounidense añadió una imagen en su red Truth Social del estrecho de Ormuz renombrado como “estrecho de Trump”. En una muestra más de inconsistencia, pocas horas antes de rechazar el plan iraní la Casa Blanca había señalado que veía como “positivas y constructivas” las conversaciones con los intermediarios de Irán en los pasillos de la Asamblea General de Naciones Unidas, a la que asistió también el presidente iraní, Masud Pezeshkian.
Retomar el camino abierto en junio
Hasta este encuentro en Nueva York, las negociaciones entre Irán y EEUU habían permanecido estancadas desde julio. Un mes antes se firmó el llamado memorando de entendimiento, que parecía que encauzaba las conversaciones de paz, pero la escalada de hostilidades entre iraníes y estadounidenses, con ataques mutuos a buques y petroleros, instalaciones civiles y bases navales de ambos contendientes y de los países árabes del Golfo Pérsico, reanudaron el bloqueo de EEUU a los puertos de Irán y reforzaron el cierre por Teherán del estrecho de Ormuz.
La nueva propuesta iraní tenía como intención retomar los protocolos establecidos por el memorando de entendimiento. Sin embargo, los volubles planes del líder republicano son ahora otros. Ante la posibilidad de que el proceso de paz se prolongue y las cesiones que habrá de hacer Washington puedan incidir en la carrera electoral, Trump opta por posponer el fin de la guerra hasta después de la celebración de esas elecciones de noviembre, cuando se renueva toda la Cámara de Representantes y parte del Senado estadounidenses.
En realidad, el presidente de EEUU ya había dado otra vuelta de tuerca cuando en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas volvió a amenazar con el “aniquilamiento” de Irán, pese a las conversaciones en marcha en esas mismas instalaciones de la ONU con los iraníes y sus mediadores de Pakistán y Egipto. Pezeshkian respondió a esas amenazas de Trump con una llamada a la diplomacia para resolver el conflicto que cumple ahora siete meses, aunque el propio líder estadounidense afirmó, al desencadenarlo, que resolvería en cinco semanas.
Las migajas de Trump para contentar a China
Este alargamiento de la guerra que Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lanzaron contra Irán el 28 de febrero preocupa mucho a China. La cumbre de Trump y Xi en Washington, toda pompa y boato, y con algunos acuerdos de segunda categoría, fue incapaz de calmar esa preocupación.
La visita de tres días de Xi a EEUU fue la primera del líder chino a la Casa Blanca desde la que efectuó en 2015, con el presidente Barack Obama como anfitrión. También fue la tercera reunión mantenida por Xi y Trump desde que en enero de 2025 el líder republicano asumió el poder en este segundo mandato (antes ocupó el Despacho Oval entre 2017 y 2021). Los anteriores encuentros con Xi en este segundo término de Trump tuvieron lugar en octubre pasado en Busán, Corea del Sur, y en mayo de este año en Pekín.
Pese a la importancia de esta cumbre de Washington, los resultados han sido muy exiguos y el encuentro apenas ha servido para asegurar una moderada sintonía entre las dos superpotencias. Entre las medidas de segundo orden acordadas figuran la puesta en marcha del Consejo de Comercio China-EEUU y del Consejo de Inversión bilateral, constituidos en la visita de mayo de Trump a Pekín.
Como acción concreta se anunció que China importará diez millones de toneladas de carbón estadounidense en 2027 y una cantidad similar en 2028. China era uno de los cinco mayores importadores de carbón de EEUU hasta que la guerra arancelaria que lanzó Trump en 2025 redujo drásticamente esas transacciones.
También, como resultado de esta cumbre, se planteó una reducción de las tasas arancelarias entre los dos países por un monto de 30.000 millones de dólares. Tales rebajas se refieren a la compra por China de algunos productos agrícolas y madereros, alimentos marinos, cosméticos y material sanitario de EEUU. En la bajada de aranceles a productos chinos se incluyen juguetes, pequeñas aplicaciones de electrodomésticos, elementos de decoración para fiestas y asientos de niños para automóviles. Para el resto de sectores comerciales, de momento la actual tregua arancelaria se amplía hasta enero de 2027.
Sobre las “tierras raras”, codiciadas por EEUU e indispensables para la fabricación de componentes electrónicos de última generación, se indicó que “se seguirá trabajando” bilateralmente. Es decir, habrá juguetes chinos en EEUU, pero no esos minerales críticos de altísimo valor añadido.
Más importante podría parecer el diálogo abierto entre los dos países sobre Inteligencia Artificial (IA), pero solo es el principio de unos contactos que deberían mantener en el futuro Washington y Pekín. Ninguno de los dos gobiernos es partidario de la regulación y control internacional de la IA para paliar los riesgos que este tipo de tecnología supone. En realidad, es palpable el temor de EEUU a que China pueda adelantarlo en este sector que definirá la riqueza y la hegemonía globales de los próximos años.
Más vagas fueron las menciones a la necesidad expuesta por Trump de iniciar negociaciones trilaterales con Rusia sobre el control de armamento. Los tres países no van a renunciar a sus respectivas carreras armamentísticas, dados los conflictos bélicos vigentes y con una Unión Europea inmersa en una nueva era de fabricación de armas e impulso de sus ejércitos nacionales.
Tampoco parece EEUU dispuesto a reducir drásticamente sus ventas de armas a Taiwán. Para Pekín el destino de esta isla levantisca que se opone al dominio de la China continental es un asunto de trascendencia prioritaria hasta el extremo de no descartar su eventual conquista armada. EEUU no reconoce la independencia de la isla, pero sí está comprometido con su defensa y su uso geopolítico en la pugna con China por la hegemonía del este de Asia y el Pacífico. El propio Trump dijo que apenas mencionó a Taiwán en la conversación con Xi.
En cambio, Trump insistió a Pekín que ponga en el mercado más productos derivados del petróleo. La escasez causada por la guerra de Irán lleva a la paradoja de que uno de los países responsables del conflicto y del correspondiente desastre energético, EEUU, pide a uno de los perjudicados por esta debacle, China, que consiga crudo más allá de Oriente Medio y que lo refine y elabore para paliar la crisis global.
Preocupación china de que el conflicto se alargue a 2027
Unos días antes de la visita de Xi a EEUU para verse con Trump, Pekín recibía al ministro de Exteriores iraní, una pequeña advertencia a la Casa Blanca de cuáles son los intereses chinos y de la importancia que el gigante asiático da a una pronta solución de la guerra, con la apertura de Ormuz como paso previo. El rechazo de Trump a la hoja de ruta de siete días de Irán para reabrir el estrecho ha sido, pues, un jarro de agua fría para las negociaciones entre bambalinas que China está impulsando con Teherán.
China dispone de ingentes reservas de petróleo y una férrea política de diversificación energética. Además, el consumo de crudo supone solamente la quinta parte del consumo total chino de energía. Pero, aunque el torpedo de la guerra de Irán no ha sido mortal para su economía, esto podría cambiar si el conflicto se prolonga en 2027, con un efecto negativo generalizado en el crecimiento chino.
El problema para la economía china es que más del 70% de su petróleo es importado. El crudo que compraba a Irán antes de la guerra suponía apenas el 12% de las importaciones chinas de este producto. Sin embargo, del resto de exportadores del Golfo Pérsico Pekín obtenía el 42%. Es decir, la expansión de la guerra en la región sí es una amenaza considerable para China, al igual que la reducción de sus compras de gas. China ha aguantado el tirón con sus descomunales reservas de petróleo, estimadas el año pasado en casi 1.400 millones de barriles. Las perspectivas se ensombrecen si la guerra se alarga siquiera dos meses más.
Y más preocupante aún es la posibilidad de que la escalada bélica en Yemen, donde los rebeldes hutíes son aliados de Irán, lleve al cierre del estrecho de Bab al Mandeb, la salida del petróleo saudí hacia el océano Índico y hacia China. Por eso, en la actual situación y pese a las presiones estadounidenses, China no puede dejar de comprar el petróleo que Irán exporte por rutas terrestres, con el inestimable apoyo de Rusia. De lo contrario, las empresas y bancos chinos quedarían supeditados al dictamen de EEUU.
Si China apostara por desafiar el bloqueo estadounidense a Irán, la confrontación estaría servida. Por eso, el rechazo de Trump a la vía propuesta por Teherán ha aumentado la frustración de Pekín, desde un principio favorable a una salida negociada al conflicto. Pekín no quiere agravar las tiranteces con EEUU, pero tampoco está dispuesta a que la economía mundial y su propio crecimiento avancen más hacia el abismo por la ineptitud de la Casa Blanca.
Está previsto que Xi Jinping y Donald Trump se reúnan de nuevo en noviembre, en Shenzen, China, por la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y después, en diciembre, en la reunión de líderes del G20 que se celebrará en Miami. Para entonces, ya debería estar encauzada la crisis provocada por la guerra de Irán. De lo contrario, Xi y Trump estarán sentados frente a frente con mucha menos cordialidad que la percibida estos días en Washington.


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