Mientras las granjas de bots continúen desinformando a Colombia y nadie les ponga freno, hemos de insistir con nuestra opinión, en contar desde el ejercicio de ese derecho fundamental (sentencia T-1198 de 2004), el cual le garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y su punto de vista, en lo que consideramos que los lectores deben saber. Además de ser un buen complemento para impedir que la tal batalla cultural se preconice y permanezca, mientras las altas Cortes deciden sobre la constitucionalidad de tanta fanfarronada y delirio del actual gobierno.
Con la ironía y la burla que lo han caracterizado, el caricaturista Matador publicó otro de sus dibujos de sátira política y periodismo de opinión, relacionado con los manejos invisibles de los recursos económicos recaudados para los damnificados del terremoto del 10 de agosto y que reposan en las cuentas bancarias de la Fundación Colombia Luz y Sonrisas, una organización privada sin ánimo de lucro representada legalmente por la esposa del presidente de la Espriella. A Ana Lucía Pineda Aruachán, la denominó “ratita” y “patiraquítica”.
Parte de la opinión pública ha censurado al dibujante opinador y ya hay denuncias ante las autoridades competentes. Otros lo aplauden. Él considera su denominación como “desafortunada” y se defiende bajo el argumento de que “ratita” es una denominación burlesca de uso común en la zona del eje cafetero, sinónimo de “perrito”, “parce” o “panita” o “broder”. Sobre el calificativo “ patiraquítica” manifiesta que está describiendo la lentitud, la demora injustificada, la morosidad y la dilación en utilizar e informar el uso de los recursos que con urgencia requieren los damnificados.
Y ese es el punto central de su crítica. El gobierno tiene la obligación legal de informar a la opinión pública sobre el destino de esos recursos (política de gestión del riesgo de desastres, ley 1523 de 2012) en concordancia con el principio de transparencia del Estatuto Anticorrupción (Ley 1474 de 2011).
Desde la Grecia antigua, Aristófanes ridiculizaba públicamente a los notables de la fauna política y social. En Colombia la sátira política ha tenido muchos representantes, conocidos de la opinión pública. Alfonso Castillo Gómez cuyo humor costumbrista y tratamiento social suavizaba la sátira directa, de denuncia y agresiva de otro columnista picante, autodenominado Klim (como la leche en polvo). En cuanto a caricaturistas y otros periodistas, desde el gran Ricardo Rendón hasta Chapete, Osuna y otros que hacen eco a los atrevimientos y disparates que en buena parte seducen a la opinión pública, desarrollando sus consideraciones, sin generar los estrambóticos reclamos de la obtusa derecha política.
Pero dado que en estos momentos Colombia enfrenta una encrucijada, vitoreada desde la presidencia de la República, hemos de recordar que ese fanatismo puede generar casos lamentables. En 1943 fue asesinado el boxeador y periodista conservador Francisco Anastasio Pérez, alas Mamatoco, lo que generó en un escándalo mayúsculo y en el estuvo involucrado el hijo del presidente López Pumarejo. Las versiones de aquel entonces indicaban que Mamatoco pretendía informar en su periódico “La voz del pueblo”, un supuesto encuentro del joven López Michelsen con una mujer en un vehículo o extorsionarlo. El mismo asesinato de Garzón determinado por el proclive José Miguel Narváez, exsubdirector del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), convenció al jefe paramilitar Carlos Castaño de que Garzón era un blanco militar, acusándolo falsamente de tener nexos con la guerrilla debido a su papel como mediador en la liberación de secuestrados.
En retrospectiva, todas las naciones se han visto influenciadas por este fenómeno de opinión. Colombia no es la excepción.
Desde Tomás Cipriano de Mosquera, a quien un disparo le destrozó la mandíbula generándole un movimiento muy particular de su boca, le decían el Mascachochas. Por su apego al poder y a la literatura, a Rafael Núñez lo llamaba el Buitre Lírico. El hijo de la lavandera fue el apodo para Marco Fidel Suárez. Y la lista continúa con el Muelón López a Alfonso López Pumarejo, El Monstruo o el Basilisco a Laureano Gómez, Gurropín a Rojas Pinilla. De la más reciente camada recordemos a Ernesto Samper, el 8.000; El Pedófilo, a Andrés Pastrana; Matarife en referencia a Álvaro Uribe; El Títere o Porcino a Iván Duque; Gustavo Petro era el Jaguar o el Ojisaltón.
Un muy connotado acervo cultural nos ha traído las redes sociales, con su incontrolable poder de difusión cuando mencionan al presidente de la Espriella. Desde Filipichín hasta Corroncho, pasando por Delirante, Guapo, Fanfarrón, El Abogado del diablo, El Tigre, Don Albeiro y Aguevardo.
Hay una constante sintonía, muy generalizada, originada en su controversial y mediática forma de vida. Es esa mixtura de apariencia en el vestir afeminado con modales toscos y un comportamiento alevoso durante y después de la campaña electoral, amparado en las bodegas de bots. Añádanle a esto la falta de propuestas detalladas en un plan de gobierno, el constante desconocimiento de la libertad de prensa y sus permanentes contradicciones. Todo eso provoca una andanada de sátira política, mediante memes, caricaturas y columnas de opinión, tanto habladas como escritas.
El lema principal de “firmes por la patria”, a sabiendas de que declaró al recibir la ciudadanía estadounidense, bajo juramento, que renunció y abjuró absoluta y completamente toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, estado o soberanía extranjera, de quien o de los cuales hasta ahora haya sido súbdito o ciudadano”, lo que indica es que su patria no es Colombia; es Estados Unidos. Contradicción soslayable que no le conviene a nuestro país, ya que el artículo 192 de nuestra Constitución impone al presidente posesionarse bajo el juramento de cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia. Anteponiendo el orden legal sobre cualquier criterio de discrecionalidad personal.
A esa burla periodística se suma su pésima elocuencia dictatorial, tan pueril como sintomática, refleja una personalidad autoritaria, como, por ejemplo, al advertir amenazante: “Bienvenido a la Patria milagro”, a supuestos delincuentes esposados y proscritos, sin que exista un debido proceso. Asumir las labores de los jueces de la República, dice mucho de su inmadurez mental, de su ímpetu arbitrario y muy poco de un verdadero estadista.
Esa personalidad, propia de un saltimbanqui mental, hace de Abelardo alguien capaz de pasar de una idea a otra, sin sonrojarse. Un acróbata que no puede quedarse quieto en un solo propósito conceptual. Un inconstante que cambia de opinión, de proyectos o de creencias con demasiada facilidad, haciendo piruetas argumentativas erradas y contradictorias.


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