Una vez más, Europa se encuentra en el límite: la austeridad –impuesta por el Banco Central Europeo– ha devenido en una economía política de la pauperización; una guerra cercana –en Ucrania– y otra lejana en Irán escalaron los precios de la energía a tal grado que postraron las expectativas industriales, y una crisis política de gobiernos de centro-derecha ha propiciado que, por su inmovilidad, pierdan día a día legitimidad. Cierto, hay una excepción: España, que cuenta con autonomía energética y un gobierno de centro-izquierda, crece económicamente.
Sin embargo, hoy las calles europeas no hacen ninguna excepción: lo que se extiende por Madrid, París, Bruselas, Lisboa y Tirana no es una suma agregada de protestas, es lo que se revela como insoportable para el poder: la multiplicidad de la rebelión. Decenas de miles de estudiantes que exigen el cuidado de sus escuelas. Médicos, abogados e ingenieros saturados por los recortes presupuestales. Y cada vez más trabajadores que demandan salarios que les permitan vivir y no tan sólo sobrevivir. Todos se preguntan por una paz negociada (en Ucrania).
Esta lista de exigencias resume algo más que demandas y ajustes de lo que hace poco tiempo equivalía a la norma de la normalidad: encierra en sí el principio significante de la actual crisis europea. Hoy la deuda pública ascendente (la de Francia ya alcanzó 125 por ciento del PIB) no es un dato neutro; es una noticia que define la falta de un porvenir: por ello el incendio en las calles. Ahí donde se prometía autonomía y espíritu empresarial, se produjo precariedad. Donde se preveía seguridad, impera el miedo. Donde se vislumbraba crecimiento, prevalece la pérdida de legitimidad. La inversión en educación y en los rubros básicos del Estado de bienestar se redujo drásticamente. Los más afectados han sido los hijos de los migrantes que habitan en los barrios de la banlieue: ahí se vive un régimen de completo abandono, o más cáusticamente, de abandono diferencial. En los últimos cuatro años, los salarios se desplomaron frente a la inflación. Y la innovación tecnológica se estancó desde hace una década y media (el Viejo Continente no cuenta con una sola plataforma digital global). En la otra Europa, la de los estudiantes marginados, los asalariados de estación y los egresados universitarios desempleados, la suma de lo que la retórica oficial explica como “ajustes necesarios y sacrificios para retomar el crecimiento” se lee como una lista inaceptable de agravios y agresiones.
La respuesta gubernamental frente a las protestas ha sido la brutalidad policiaca. El blanco de la gendarmerie son los ojos de los manifestantes (no es una metáfora, son las balas de goma endurecida que disparan a discreción). En Francia se reportan 2 mil 400 detenidos; en Tirana, más de 500; en Bélgica suman 200, y en Italia, 250.
Si en el país galo el Nuevo Frente Popular (la alianza entre Francia Insumisa, los ecologistas, el PC y el Partido Socialista) obtuvo el triunfo en la segunda vuelta de las elecciones de 2024, hoy Macron los combate con toda la enjundia que le queda en las manos. Deberían recordar el refrán latino: “Entrega el poder a un mediocre y obtendrás sangre”. Lo notable aquí es el corrimiento de los principales órganos de la prensa conservadora hacia la normalización de la extrema derecha. Marine Le Pen fue entrevistada recientemente por el Financial Times; ahí pasó de la página roja (eternamente acusada de “agente rusa”) a la primera plana. Y Alice Weidel (del AfD) mereció la misma cobertura en The Economist. ¿Realmente piensan las élites financieras europeas entregarles el poder ejecutivo? Quien creía que las cosas habían tocado fondo, aún queda por delante lo peor. Falta por ver la opinión de los votantes en las elecciones del próximo año. Aunque la pregunta es inevitable: ¿cómo es que la versión “neo” del fascismo alemán se encuentra en el umbral de la máxima palestra?
La teoría de Yanis Varoufakis recuerda una interpretación clásica: “El fascismo tiene su origen en el momento en que el capitalismo enfrenta una crisis existencial”. Pero en la Europa actual el capitalismo está muy lejos de una crisis de esas proporciones. Más bien se trata de un impasse o un estancamiento. Acaso la antigua versión de Gramsci abre más preguntas. El fascismo surge cuando existe una conjunción entre el colapso del poder soberano (en la época, la caída del régimen liberal provocada por la crisis de 1929) y una radical revolución en el mundo de la técnica (el fordismo). Hoy el colapso del poder soberano se centra en el peculiar arreglo de la Unión Europea que expropió a los estados locales la posibilidad de regular su política monetaria, así como en la ya insostenible sumisión a Estados Unidos. Y la revolución tecnológica corre por los caminos del ascenso del mundo digital. En suma, una pérdida de mundo de la condición que proviene de los años 80, que afecta a los de “arriba” y a los de “abajo” y remueve el antiguo “cemento social”.
El fascismo es el que apunta el dedo hacia el otro. En los años 30 eran los bolcheviques, los judíos, los gays y los gitanos. Hoy son los migrantes, los “terroristas” y el mundo “woke”. En el subsuelo del imaginario alemán existe un profundo resentimiento: un trauma que no se asume como duelo y responsabilidad de las generaciones venideras vuelve por la ventana menos esperada. La única franja de pensamiento que se atrevió a decirlo públicamente fueron los miembros de la primera generación de la escuela de Fráncfort. Basta leer Minima moralia, de Theodor Adorno, un filósofo tan celebrado como poco leído.
22 de octubre de 2026


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