En Colombia el arribismo, el nepotismo y el clasismo son cultura nacional. Las elecciones se ganaron por el miedo a perder lo poco, sobre los muchos. Por ese sentir traqueto con el que nos criaron las novelas y el cine tradicional, un fanatismo religioso por el dinero mal habido que impregnó la sociedad en su conjunto, poniendo las balas y los rosarios por encima de las artes y los libros.
Contrario a lo que otros connacionales piensan, al interior de la inmensa colombianidad migrante y en una porción no pequeña, hay quienes le apostamos a la vida. Quiénes somos conscientes de la mentira detrás de la riqueza, de las profundas miserias que esconden las sociedades perfectas, donde el crimen está supuesto a ser inexistente y la buena empresa es próspera por la bondad de unos supuestos pocos y genuinos patriotas.
Pero, seamos serios, no necesitamos un doctorado en decolonialidad para salir del Instagram y preguntarnos, ¿Qué sería de estas tierras sin los migrantes, sin el pueblo negro, sin el despojo del SUR, sin los bloqueos y las criminales sanciones económicas? ¿Qué sería del patriotismo gringo sin el miedo que imponen los portaaviones o las bombas atómicas? ¿Qué sería de estos simples hombres y mujeres, iguales a nosotrxs, sin su legítima y globalizada brutalidad policial, sin su moral transaccional, sin la pleitesía cobarde de medio mundo?
Más allá de todo ello, fantoches neoliberales del siglo XXI lograron avanzar sobre la dicotomía de una política pensada por izquierdas y derechas. Ascienden desde hace varios años en Latinoamérica bajo las banderas de la neutralidad, con rostros nuevos que aplauden las maravillas del mercado y dicen condenar la autocracia del comunismo.
Me refiero a estos personajes que hoy hablan de capitalismo responsable y de mercado sostenible, asumiendo como propias las luchas LGBTIQ+, feministas, ambientalistas y estudiantiles mientras privatizan derechos básicos. Aquellxs que pusieron de moda conceptos como: el estado de bienestar, la tercera vía, el “centro”. No comulgan con la lucha de clases, ni con la regulación del mercado, por el contrario, nos venden la idea de un capitalismo que está “mal administrado”.
Ellxs, dueños de la moral y el tecnicismo, insisten en que si saben muy bien cómo gobernar. Los sensatos, los racionales, los aterrizados, los transparentes; los de la gobernanza, los de las relaciones público-privadas, los tecnócratas contemporáneos. Lo cierto es que ya van 20 años de verlos gobernar y poco o nada nuevo nos ofrecen. Con una mano privatizan derechos mientras con la otra hablan de género y participación social.
Hábiles para saltar de partido en partido, de izquierda a derecha a tiempo y conveniencia, han venido mostrándose como imparciales mientras en todo el pasado gobierno, no hicieron más que hablar mal del uno para favorecer los intereses del otro. Claro está Gustavo Petro cuando afirma que entre la vida y la muerte no hay espacios para la neutralidad. No es un asunto de polarizar, ni de crear negros y blancos en lo amplio y diverso que es el pensamiento político humano; esto es más sobre lo ético y de clase, en síntesis, sobre verdadera justicia social.
Los verdes, los tibios o como sea que se les tilde al final no han sido centro. No son neutrales, favorecen los intereses del gran capital e interrumpen las conquistas colectivas. En su trono de moralidad y buen actuar, hacen más daño que el enemigo mismo. Nos desarticulan creando dudas a través de un miedo innecesario al cambio, rompiendo la organización social y en consecuencia imposibilitando la elección popular.
No niego los problemas internos, la traición de unos cuantos o el urgente, constante y preciso ejercicio de autocrítica sobre lo que nos pasó y nos ha pasado como primer gobierno de izquierda toda la historia país; que nuestras falencias requieran correcciones serias, no justifica tal nivel de favorabilidad hacia el regreso del Narcoparamilitarismo colombiano.
Este 2026 vimos un “centro” fracturado y descarado que, desde la burla y la fanfarronería sobre el gobierno del cambio, juzgaron con autoridad de buenos administradores (que no son), las promesas incumplidas, la corrupción y el más mínimo paso en falso que se pudo dar. Posteriormente, para sorpresa de pocos, evadieron tomar posición ante el ascenso de la derecha, prefirieron unirse a ella o pintarse de aliades.
Finalmente, ya cuando los defensores de la mafia habían dilapidado cualquier posible continuidad de una transformación social, aparecieron para dejar abierta una idea de “alianza”. Oportunismo político para futuras contiendas electorales donde el voto de izquierda, desafortunadamente, es el que realmente los posiciona y les ha permitido gobernar a nombre de las clases populares.
Nos quedará nuevamente la lección no en términos de profundizar los sectarismos, sino de de superar la ingenuidad política y de evaluar realmente los contextos y las consecuencias a asumir sobre la construcción de una Colombia Nueva.
Octubre de 2026 – Orlando, FL.


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