as manifestaciones rojas ya no expresan una mayoría abrumadora o en ascenso. “De no lograr 7,2 millones de votos por los candidatos del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), no podrá hablarse de una victoria contundente”, había dicho Alberto Müller Rojas, primer vicepresidente de este partido. Dijo, además, que el militante que no votara “sería excluido”. Aunque el presidente Chávez arengaba y se lo propuso, el resultado electoral del pasado 23 de noviembre no borró la sombra de la pérdida electoral del pasado referendo en 2007.

Impensable pero cierto. Además de perder en la capital el municipio Petare, similar a Ciudad Bolívar de Bogotá y el más poblado del continente, y de perder la Alcaldía Metropolitana; en el centro de Caracas, en el municipio Libertador, que tiene otra extensa zona de cerros en Catia, un estudiante opositor de Un Nuevo Tiempo (UNT) ascendió y obtuvo el 41,92 por ciento de la votación. Es más. Apenas al 40 por ciento llegó el candidato emblemático de Chávez y su ‘discurso del poder’ que pugnaba por la Gobernación de Carabobo y que rechazó el apoyo de los partidos de la Alianza Patriótica. Por muy escasa diferencia, el hermano del Presidente, con su empuje, estuvo a punto de fracasar en la Gobernación de Barinas, y en la de Bolívar no perdió el candidato chavista gracias a la división de la oposición. Tras 10 años y un nuevo escenario económico, difícil para cumplir sus promesas de campaña, la reelección del presidente Hugo Chávez, si bien cuenta con el ‘voto rojo amarrado’, no atrae; se debilita en el ‘voto de opinión’.
Sin realizar manifestaciones centrales y con actos públicos poco numerosos, la oposición jugó al aumento, y asimismo a no perder su porcentaje de apoyo y sumar tres gobernaciones como mínimo (Ver edición anterior, “Gobernaciones y alcaldías cambian de color en Venezuela”). Las gobernaciones de Zulia-Táchira, Carabobo, Miranda –desde las calles mismas y contigua a la capital– y la Alcaldía Metropolitana quedaron en manos de la oposición neoliberal. Además, la de Nueva Esparta (Isla de Margarita). El cinturón más poblado de Venezuela cambió de color, aun con el voto pleno de los inscritos al PSUV, que, sin sobrepasar esa cantidad, se presentó en alianza apenas parcial –y no protagónica– con otros partidos de la Revolución y sin destaque ni personificación de movimientos sociales.
La oposición enemiga de la Revolución, con su nuevo partido UNT, fracción de Acción Democrática AD (liberal-socialdemócrata), mantuvo Zulia y registró un crecimiento nacional; Copei (conservador-socialcristiano) obtuvo el estado Táchira, y su fracción Proyecto Venezuela ganó la Gobernación de Carabobo; el partido Primero Justicia (PJ), con epicentro en el denso, rico o acomodado suroriente de Caracas y su clase media, sostuvo alcaldes en los municipios metropolitanos Chacao y Baruta, y agrandó su influencia con la Gobernación del estado Miranda y el alcalde de un municipio más en Caracas: el de Petare; Alianza Bravo Pueblo (ABP), otra escisión de los adecos, ganó la Alcaldía Metropolitana de Caracas; el más tradicional partido, Acción Democrática, consiguió alcalde en el municipio metropolitano de El Hatillo y conservó la Gobernación de Margarita (Nueva Esparta).
Referendo y derrota.
Un antecedente no superado
Los llenos de plazas y las manifestaciones de Chávez crean el espejismo de una mayoría creciente o constante pero no en descenso. Sin embargo, y una vez cumplidas las elecciones para autoridades de los estados regionales y locales, en la contabilidad electoral la Revolución Bolivariana muestra como su máximo tope el respaldo de los siete millones que obtuvo la reelección del Presidente en diciembre de 2006. Como se sabe, un año después, sin acuerdo con los otros partidos revolucionarios ni con sectores sociales independientes y políticos regionales, la cantidad supuesta de cinco millones de militantes en el PSUV no votó el referendo constitucional, sin que hasta ahora haya autocrítica y evaluación a fondo sobre las razones de esa negativa, y sobre por qué un porcentaje de votantes ‘deliberó’ con su voto negativo.
Tampoco se toma en cuenta que un margen de la población venezolana, consciente de que en el primer período del presidente Chávez tuvo obstáculos –golpe, paro petrolero, intervención paramilitar, guarimba–, consideró conveniente darle otra oportunidad al Presidente para gobernar. “Ese porcentaje, que no ha sido determinado con precisión, al año siguiente, en el referendo, ya abandonó el voto”.
El ‘discurso del poder’ y el PSUV
Los resultados del 23 de noviembre pudieran significar con optimismo que, antes que un agotamiento o límite en la credibilidad del proceso, sólo hubo una abstención castigo de cerca de dos millones de venezolanos que hace dos años votaron por el proceso. Una abstención por inconformidad ante una revolución sin el ipso facto del pleno empleo general, para chavistas y escuálidos, que permita aislar con denuncia social y no con planes de persecución policiva la delincuencia inveterada que es factor de inseguridad creciente; ante una Revolución con inflación para arriba sin detenerse, y con ineficiencia estatal y con la función pública ‘clientelar’ restringida a ‘copartidarios de camiseta roja’, en muchos casos sólo de la tendencia del funcionario. Al respecto, el PSUV construye atenuantes que eluden la autocrítica.
Comprueban además esos resultados que la oposición, así no tenga liderazgo, conserva y amplía su electorado, y que ‘ninguno’ de sus votos se desplaza a favor de la Revolución. Y evidencian igualmente que la lista de inscritos en el PSUV marca el saco lleno de influencia social y aceptación del proceso y del liderazgo del presidente Chávez. Situación ésta que obliga a preguntar: ¿Cuántos son sus militantes? ¿Será que con su método de construcción resulta sólo un partido de votantes?
Si, como dice la propaganda, son cinco millones, ¿cómo explicar que en un escenario favorable, de aprobación social con el Gobierno, sin persecución, ni terror, como sucede en Colombia y otros países, cada militante no consiga al menos un voto? ¿O es un partido que en resumen, y tras 10 años de poder, llegó a cinco millones de votantes y tiene una barrera infranqueable con el resto de la sociedad? O es un discurso y un partido que, complacido con su condición de partido ‘más grande’, desecha, no consigue aliados para la acción política y social que la divide entre amigos y traidores.
Por el contrario, en el continente hay varios espejos para una saludable rectificación: Evo Morales no se despega de una unidad nacional que incluye, con respeto de su independencia y sus posiciones críticas, a la Central Obrera Boliviana (COB). Parecida conducta es observa en Daniel Ortega, que ahora saluda en público a Edén Pastora, otrora un enemigo armado. ¿El alimento de esa unidad nacional, que ponga sobre la mesa todo el poder popular y revolucionario, entraña iguales desafíos para México, Colombia, Ecuador, Perú, Paraguay, Uruguay y Argentina?
¿Y para Venezuela?


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