no pueden superarse sin el desmantelamiento concreto
de los centros en donde ese poder se hace efectivo,
… no es la superación del capitalismo lo que permitiría
la abolición del castigo penal sino más bien,
y en forma inversa, la abolición del castigo penal es una de las transformaciones
que abonarían el terreno para la superación del capitalismo.
Alejandro Gómez

Avanza el día. En la calle el tiempo apremia, el ruido de los carros fatiga, los trancones vehiculares impiden que circules con tranquilidad, y así poder llegar a tiempo a las citas; el consumo agobia. Todo es afán. Esto es en el “mundo libre”. Mientras tanto, en las cárceles (para varones) de Colombia, el tedio, la frustración, el desgano, la pereza y el ocio –improductivo– postran al hombre en su condición más indigna, la condición parasitaria, obligándolo a depender hasta en lo más mínimo de sus familiares y sus amigos, o, en su defecto, de un Estado igualmente parasitario que lo postra, lo oprime, lo encierra y convierte distintos derechos en privilegios, dando paso a una de las peores plagas que consumen al país: la corrupción.
Parasitismo y tedio que destruyen, que envilecen. La población carcelaria en Colombia –en un muy elevado porcentaje (para el caso de la penitenciaria La Picota, no menos del 50 por ciento)– pasa las horas, soporta los días, sufre las semanas, padece los meses, carga con el yunque de los años bajo el encierro, sin posibilidad de romper la gris monotonía con actividad productiva alguna, fabril o de estudio, lo que permite que algunos de sus funcionarios se aprovechen para ‘privilegiar’ a quienes les han recomendado. El más apetecido de los privilegios es el descuento de 15 días corridos, o sea, por cada mes de trabajo dan 15 días de descuento y además pagan un salario mínimo mensual, como ocurre con el trabajo en el rancho (restaurante de la cárcel). Por eso, el máximo privilegio entre los presos es ser ranchero: es tener la mejor comida, la mejor paga, la mejor dormida, productos para la reventa; es dejar de ser un parásito. Esto es un secreto a voces en las cárceles del país.
Realmente, de acuerdo con la Ley 65 del 93 o Nuevo Código Penitenciario y Carcelario, la redención debe garantizarse a los presos, sean sindicados o condenados, desde el día que entran al centro de reclusión; en igual forma, este Código indica que existen muchas posibilidades para alcanzar tal fin, entre otras: trabajo, estudio, deportes, reflexión espiritual, cultura, cada una de ellas enmarcadas en el proceso de “tratamiento y desarrollo” para generar una “verdadera resocialización”.
No hay que olvidar que la mayoría de las sociedades modernas considera a la familia, la iglesia y la escuela como las instituciones primarias y fundamentales del proceso de socialización de los individuos, y que, cuando esta tarea se lleva a cabo de manera incorrecta, los seres humanos se hacen propensos a romper los códigos que rigen tales sociedades. Tales individuos llegan a infringir las normas de convivencia social o también a cometer delitos, más aún cuando las condiciones socioeconómicas en que se vive no son de justicia. Estos sucesos traslucen un funcionamiento incorrecto de la sociedad y el Estado, para lo cual crean la cárcel, escenario para una segunda socialización, la resocialización, la otra ‘oportunidad’ para ser “ciudadanos de bien”.
Sin embargo –ya se ha dicho y demostrado por más de dos siglos–, esta institución –del horror– nunca fue, nunca ha sido y nunca será el medio idóneo gracias al cual los humanos corrijan su comportamiento y adopten –acepten– el respeto a las normas y la ley dominante en una sociedad dada. Esto será así, aunque en forma desesperada el sistema dominante busque encarcelar a más y más gente, como lo demuestra el boom carcelario en los Estados Unidos, donde uno de cada cien habitantes está sometido a cárcel; es decir, dos millones de personas* padecen el peso del encierro, la presión del garrote, el eco del silencio. Modelo de control y dominio que es ciegamente copiado por nuestros indignos gobernantes, que construyen en la actualidad más de 30 megacárceles en el país, proceso bajo la orientación y supervisión del Buró de Cárceles estadounidense.
Libertad vs. encierro
Una sociedad que decide construir más y más cárceles para aislar a los pobres –carne de barrotes–, para oprimir más y más a los humillados de siempre, para negar a los explotados, para silenciar a la oposición, es una sociedad enferma, consciente a pesar de ello de que su posibilidad de supervivencia descansa en la violencia, en la fuerza de la exclusión.
Sociedad sin anhelo de real convivencia ni vías para la libertad y la justicia. Por ello, el discurso educativo queda a un lado. Buscando una real inclusión de las mayorías, cada vez más arrinconados por los menos, ¿por qué esa sociedad no construye 20, 30, 50 o más universidades? ¿Por qué no abre las compuertas de la igualdad? Edificar centros de estudio en donde, en lugar de guardias con garrotes y fusiles, se cuente con docentes dotados de mucha didáctica y sapiencia; en lugar de cámaras de seguridad, rejas electrónicas, máquinas detectoras, que se ponga a la orden de todos una tecnología de punta para “J”ormar grandes científicos, creadores, inventores y descubridores, que desde nuestras propias raíces culturales y sociales puedan pensar y actuar libremente, redefiniendo y reconstruyendo nuestra nación a la medida de la periferia. Si una primera ilustración nos dio la oportunidad de liberarnos del yugo español, que una segunda nos permita la emancipaicón del yugo capitalista, pues el reto no es liberarnos sólo de una potencia imperialista; debemos hacerlo de todo el sistema.
Reto inmenso. El socialismo, como escenario de transición hacia la construcción del comunismo, ha de ser el espacio y el tiempo que diluyan además este sistema penitenciario y carcelario que retiene en sus mazmorras a quienes atentan contra el aberrante ‘sagrado’ derecho a la propiedad privada (más de un 50 por ciento de los presos). Otro 5 o 10 por ciento de esa misma población corresponde a los denominados detenidos por inasistencia alimentaria, que ante un Estado que hace de la alimentación un lujo, y privatiza la educación y la manutención de nuestros hijos, así como su futura explotación, sanciona con prisión a quienes por múltiples razones no responden económicamente por sus hijos, haciendo recaer en estos últimos el máximo peso de esta inadecuada sanción social.
Vale la pena preguntarnos, finalmente, ¿cuánta población carcelaria está representada por quienes rompen o subvierten políticamente el orden capitalista? Y, además, ¿cuántos, por ser víctimas del narcotráfico y todos sus delitos derivados? o ¿cuántos estamos por ser una oposición legítima, pensar y actuar por y en pro de otro mundo posible?
sustituir el Derecho penal por algo mejor será posible sólo cuando sustituyamos nuestra sociedad por una sociedad mejor.
Alessandro Baratta
*Gómez Jaramillo, Alejandro. Un mundo sin cárceles es posible. Ed. Coyoacán. México, 2008, p. 20..


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