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La protesta social como una fiesta

La protesta social como una fiesta

Las protestas sociales son ensayos para la gran fiesta. Incluso, eventualmente, aunque la gran fiesta se demore o nunca llegue. En la fiesta, por definición, importa el momento, y hay que aprovecharlo.

 

Los grandes medios presentan a la protesta social de manera amañada, ideológica. Y el lector medio se chupa acríticamente esa lectura. Pero una observación desprevenida, fenomenológica, arroja mejores luces sobre la protesta social; las protestas, en realidad.

 

Las marchas en las ciudades y pueblos, en las carreteras y en las plazas son verdaderas fiestas sociales. Gritos, música y cantos, arengas y carreras. Grupos de gente que se conocen por el trabajo o el estudio, del campo o de la ciudad, se mezclan y comparten —basta verlo— una misma alegría. Como una autentica orquesta improvisada. La improvisación, uno de los ápices del arte.

 

Ya lo decía, en otra época y en otro contexto Marx (El 18 Brumario y La lucha de clases en Francia): la revolución es la fiesta de los pobres, de los explotados.

 

Vemos una corriente de gente gritando y vociferando, arengando y cantando, tocando ritmos diferentes, y grupos de jóvenes tomados de las manos, cantando y corriendo como sólo los jóvenes felices lo saben hacer. Haciendo del tiempo el tiempo propio. Y mostrando que las calles les pertenecen. Hablando y gritando las esperanzas que tienen, los dolores que los aquejan. Denunciando los oprobios y anunciando en breves slogans —aforismos— los sueños que tienen. Todo al mismo tiempo. Como en una orquesta se combinan los vientos y las cuerdas, los metales y los tambores. Con bajo continuo incluido, con destrezas y direcciones del violín primero. Una coordinación adecuada de la batuta diligente del director de la orquesta. Para el deleite del público. Sólo que en las protestas sociales la orquesta es el público mismo.

 

La gente no viste vestidos elegantes, sino ropas cómodas, ligeras, zapatos cómodos y confortables. Como cuando se va a paseos de descanso. Justamente, como cuando se va a las fiestas casuales.

 

Cuenta la historia que cuando los revolucionarios de 1789 se dirigían a la Bastilla, ya en la toma definitiva de París, para liberar a los presos que allí se encontraban, comenzaron, espontáneamente, a disparar a los relojes de las torres de las iglesias. Para señalar que allí moría un tiempo, y otro tiempo nacía. (En la Bastilla había unos muy pocos prisioneros, uno de los cuales era el Marqués de Sade. Al cabo de un breve tiempo, la revolución volvería a encarcelar al Marqués, por anti-revolucionario).

 

La protesta social puede salirse de cauces, y se sale en ocasiones. Con o sin necesidad de filtraciones. Policíacas o guerrilleras. Como en las fiestas hay siempre alguien que en algún momento se sale de cauces, comienza con chistes de tono fuerte, o invitaciones salidas de tono. Conocidos, o ajenos.

 

Y sí, las protestas sociales son ensayos para la gran fiesta. Incluso, eventualmente, aunque la gran fiesta se demore o nunca llegue. En la fiesta, por definición, importa el momento, y hay que aprovecharlo. Cualquiera que sea el nombre de la fiesta, y la forma de la misma.

 

Fiesta contra el mundo laboral uniformemente siempre el mismo. Que esa es la primera forma de alienación contemporánea: no en el extrañamiento en el producto —¡también!—, cuanto en los tiempos anónimos del trabajo y la labor. Esa perversión que es vivir para trabajar. Fiesta contra los días anónimos y aburridos. Fiesta para sentir la vida misma.

 

Siempre hay en las fiestas quienes no saben manejar el licor y la algarabía y se desmiden. Asimismo la sociedad y el pueblo debe aprender a manejar la fiesta. Que es cosa que se olvida pronto, para organizar la siguiente. Porque toda buena fiesta siempre anuncia la siguiente.

 

¡Hay que ver los rostros de contento de quienes taponan las vías! Es una alegría, de veras. No lo hacen como trabajo y menos con angustia. Mientras cargan piedras grandes, o queman llantas, se ríen; hay alegría en los taponamientos. ¡Hay que ver los rostros de alegría de los jóvenes que se toman de la mano y de sorpresa se dirigen corriendo hacia la policía a quienes los abrazan! La policía no está preparada, no está hecha para las fiestas. Hay que enseñárselo y ganarlos así para las fiestas, para cuando llegue la verdadera primavera.

 

Como en las fiestas, hay también quienes confiesan sus dolores y desventuras en un momento dado. Y a nosotros, que a veces apenas sí los conocemos, nos confiesan sus cuitas. Esos son también los momentos de las protestas sociales. Actos humanos, ante todo, jalonados por historias de vida en tiempos y en contextos claros, marcados por turbulencias e inestabilidades. Son las protestas contra la ignominia.

 

Tomarse las calles y mostrar el caos que es el transporte público, y mostrar que las calles no son de esas máquinas que son los automóviles, sino de las gentes. El espacio público se convierte en espacio de encuentros casuales y organizados a la vez. Y la gente comparte sus historias, como se comparten momentos en las festividades.

 

Tomarse las calles y la plaza pública, tomarse las carreteras, las ciudades y los pueblos. Aunque sea un momento. Un largo momento que es el resultado de reuniones preparatorias para la fiesta, y que presagian reuniones posteriores que pueden organizar festividades nuevas.

 

El poder del Estado, el poder financiero y militar le teme a la alegría y a las fiestas populares. Porque en las fiestas populares, lo primero que salta a la vista —prima facie— no son las ideologías ni los poderes y las fuerzas, sino la alegría y las esperanzas, los horizontes y la fuerza misma de la vida.

 

La protesta social es una fiesta política.

 

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