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Ciencia básica en Colombia y América Latina

Ciencia básica en Colombia y América Latina

A propósito de la visita del Instituto Max Planck a la Universidad del Rosario, en Bogotá.

Peter Gruss, presidente de la Sociedad Max Planck, estuvo hace unos días, por primera vez, en Colombia, en un periplo, dijo, que cubre a varios países, e hizo una conferencia sobre La investigación básica en un país como Colombia. Estuvo acompañado por el embajador de Colombia en Berlín, lo que permite pensar que la visita fue concertada con el gobierno nacional.

Dos temas, estrechamente entrelazados, constituyen el núcleo de la exposición del biólogo molecular. De un lado, es el hecho de poner en el foco del desarrollo la importancia de la investigación en ciencia, un tema que es habitual entre la comunidad de científicos e investigadores, y que sin embargo, nunca ha sido entendido por los gobiernos nacionales a partir de la creación del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (SNCyT) en 1991, y tampoco por parte del Estado. Y de otra parte, el énfasis se puso en la importancia de la investigación básica.

Lo cual exige una aclaración puntual: se hace investigación básica cuando se introduce, por primera vez en el mundo, una novedad, dicho de manera genérica, en términos de un bien o un servicio. En consecuencia, la investigación básica no debe asimilarse sin más a las ciencias básicas, pues también las ciencias sociales y humanas pueden llevar a cabo, como en efecto acontece en ocasiones, investigación básica.
Pero lo que vale la pena situar aquí en el centro de la mirada es el reconocimiento explícito que hizo el Profesor Gruss: “Si Colombia quiere ser admitida en la OCDE debe invertir, por lo menos, el promedio de lo que los países de la OCDE invierten en investigación y desarrollo. Es decir, entre un 1,2 y 1,5% del PIB”. Una cifra que se encuentra lejos de la inversión que históricamente el Estado ha hecho en I&D.
Para un buen entendedor ello significa, además de una lista de otros requerimientos en otros planos y contextos, una de las condiciones que la comunidad de países de la OCDE demanda de un país como Colombia —que ha tocado con insistencia a las puertas de la OCDE solicitando ser admitido como miembro—, es que le otorgue a la I&D el papel —promedio, por lo menos— que tiene entre los países más desarrollados del mundo occidental.

Para no mencionar los requerimientos en el plano de los derechos humanos, en inversión, en infraestructura, en reducción de la inequidad, defensa del sindicalismo, y otros más.

El mensaje va directo al gobierno y a los entes estatales. Los cuales, adecir la verdad, no dan hasta la fecha ninguna señal clara de haber entendido el mensaje, presentado también en la gran prensa nacional.

En época pre–electoral, una de las condiciones que puede presentarle la comunidad educativa, académica y científica a los candidatos es que recojan y aporten propuestas sensibles e inteligentes de compromiso real con la ciencia y la investigación en el país. Que es apostarle a un proyecto a largo plazo, y no inmediatista como son, por lo general, las promesas y compromisos de los políticos de un lado y de otro. De lo contrario, la comunidad académica y científica puede expresar sus desengaños y escepticismo y castigar a los políticos, y en general, al sistema político con uno de los castigos que más temen: la abstención. Una abstención expresa y militante.

En un país con una tasa histórica de abstencionismo elevado, “la democracia más antigua de Sur América”, como le gusta denominarse a sí misma a la institucionalidad colombiana, puede recibir una vez más el veredicto de ser una democracia más que imperfecta: miope, hipertrofiada y fuertemente tartamuda. Para no hablar de la violencia sistémica y sistemática en la historia nacional.

Jamás, en la historia del país la I&D han sido tomados con la seriedad que corresponde a una verdadera democracia. Pues, entre otras cosas, lo que ha primado es una historia de “verdades oficiales”, pensamiento doctrinal, ausencia de crítica y deliberación argumentativas. Todo a favor de la sobrevaloración de la opinión pública, que por opinión es altamente manipulable y superficial.

En el marco de la sociedad de la información y de cara a la sociedad del conocimiento, la defensa de la opinión pública no es, en absoluto, suficiente. Resulta incluso mentirosa y antojadiza. Históricamente hablando, la opinión pública es anterior a la emergencia de la sociedad de la información, moderna únicamente, perteneciente a esa clasificación que con M. McLuhan se conoce como la distinción entre “medios fríos” y “medios calientes”. La sociedad postindustrial, en suma.

La sociedad basada en la opinión pública: un pensador del más rancio conservadurismo como K. Popper la definió como la “sociedad abierta”, justamente porque permitía espacios para el debate y la opinión. Popper, uno de los fundadores del neoliberalismo.
Por el contrario, de lo que se trata es de nutrir y transformar a la opinión hasta convertirla en conceptos; en razonamiento argumentado, y demostraciones. Todo lo contrario a los mass media y sus indicadores de opinión.

Colombia ha sido recientemente apreciada por su crecimiento económico y pujanza social. Miembro del grupo de países CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turkía y Suráfrica), los verdaderos países emergentes detrás del nuevo bloque de los países del grupo BRIC. En medio de la profunda crisis económica, social y política de Europa, y de EE. UU.

Colombia, en el foco de numerosas miradas gracias al proceso en marcha de las conversaciones sobre la paz y la finalización del conflicto armado y social en La Habana.

Si el gobierno de Santos quiere diferenciarse de los anteriores —como es su pretensión— puede lograrlo con una dúplice condición mínima: lograr la paz y el buen resultado de las conversaciones de La Habana —dependiendo de los desenlaces políticos a mediano plazo—, tanto como lograr que Colombia sea admitida en el seno de la OCDE. Con todo lo que ello implica.

Un país que hace algunas cosas en materia de comercio e industria; un país que tiene algunos aciertos en materia social pero con serias deficiencias aún de orden estructural; un país que es cada vez más apreciado por la calidad de su sistema educativo, distando aún mucho de estándares de calidad de orden mundial; un país así no puede seguir considerando a la ciencia y la investigación como un asunto episódico y remanente. Debe, en fin, entender que la I&D no son simplemente políticas de gobierno, sino políticas de Estado. Que es lo que jamás ha habido en nuestra historia.

En el marco de la economía basada en la información y el conocimiento, el conocimiento es, manifiestamente, la mejor condición de bienestar, calidad de vida y dignidad humana. Que es de lo que, finalmente, se trata todo en política tanto como en economía.
Al fin y al cabo la infinita mayoría de logros que Colombia puede exhibir en materia de ciencia y tecnología no obedece al apoyo del gobierno central. Por el contrario, son logros a pesar del gobierno y el Estado.

Hasta la fecha, la ciencia que principalmente ha sido promovida en Colombia es de tipo aplicado. Lo cual, en blanco y negro significa: el conocimiento básico es producido en otras latitudes y simplemente aplicado en las regiones de la geografía nacional. Lo cual es una forma refinada de dependencia y atraso.

Si un país quiere efectivamente ser autónomo y mirado con dignidad en el panorama internacional, debe poder desarrollar y favorecer en toda la línea de la palabra la investigación básica. Lo cual de consuno, implica reconocer la importancia de ciencias como la física, la química, la biología, las matemáticas y las ciencias de la computación. Todas las cuales demandan la capacidad de pensar en términos abstractos. Que es lo que no han tenido, para nada, los gobernantes en la historia nacional, que siempre se han caracterizado, absolutamente, por un pensamiento concreto. (¡Si ellos lograran entender lo que significa esto!).

Pues bien, en su acepción más elemental, pensar en términos abstractos significa exactamente pensar en posibilidades, y no ya única y principalmente en necesidades y urgencias. En otras palabras, equivale a anticiparse a futuros, o bien, lo que es equivalente a proyectar el presente. Abandonar la política de corte inmediatista, efectista, cortoplacista.

Con un colofón final: la lingua franca de todas las matemáticas contemporáneas es la teoría de conjuntos. Un tema que se debería enseñar, en todas sus implicaciones, en las Escuelas y Facultades de donde usualmente son egresados nuestros políticos: administración, economía, ingeniería y medicina; por decir lo menos.

 

Domingo, 10 Noviembre 2013

Información adicional

Autor/a: Carlos Eduardo Maldonado
País: Colombia
Región: Sur América
Fuente: Palmiguía

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