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Un SOS por el trabajo… y por la vida

Un SOS por el trabajo… y por la vida

Los medios masivos de comunicación se complacen en afirmar en forma eufórica que la crisis ya terminó. Y señalan como prueba inequívoca de su aserto que los indicadores de las bolsas de valores se recuperan, aunque todavía se encuentren lejos de los valores alcanzados antes de la crisis. Que el comportamiento del Producto Interno Bruto siga aún en terreno negativo no parece importarles, y menos que el desempleo siga disparado. Sobre este último tema, los más optimistas consideran que no cabe esperar una recuperación (entendiendo por tal que se alcancen los niveles anteriores) en menos de cuatro años. Por lo que, si los analistas y los medios no fueran tan sesgados, matizarían sus afirmaciones y aclararían que los llamados “brotes verdes” están ocurriendo tan solo en el sector especulativo del mercado de títulos, que el llamado “sector real” de la economía (la industria, el comercio, el sector agropecuario y los servicios no financieros) sigue de capa caída y que el trabajo aún no encuentra el piso desde el cual pudiera rebotar.

Porque el trabajo, pese a que desde el comienzo de la moderna disciplina económica (entre los siglos XVII y XVIII) tuvo que ser reconocido como base fundamental que sustenta la sociedad capitalista, de manera paralela; en el mundo no teórico, el del imaginario colectivo, se ha buscado minimizarlo. De allí que para los ideólogos del capital el desempleo crónico sea un lastre social provocado por los mismos trabajadores, ya por su incompetencia, ya por su falta de previsión, ya por sus ambiciones desmedidas cuando se organizan en sindicatos, ya por su pereza. Se oculta que el desempleo es una estrategia y una consecuencia lógica de las relaciones sociales capitalistas que requieren un grupo de trabajadores sobrantes ( “ejército de reserva”, lo llamaba Marx) que permita, de un lado, ampliar la población trabajadora si las exigencias de una mayor producción así lo establecen, y, del otro, mostrarlos como amenaza constante para quienes están empleados, pues de hecho son sus potenciales reemplazos si no se someten a las exigencias de quienes los contratan.

En el siglo XVII corresponde al economista inglés Sir William Petty exponer, por primera vez, de un modo formal, que la cantidad de trabajo que puede movilizar una sociedad es el elemento fundamental que determina la dimensión de sus riquezas materiales, y, en consecuencia, la base del potencial para su defensa y su posición en el concierto internacional. Petty haría famosa esa premisa con la frase de que “el trabajo es el padre de la riqueza y la naturaleza la madre”. Adam Smith, al finalizar el siglo XVIII, daría el paso siguiente al formular la complejidad del trabajo y definir sus dos dimensiones fundamentales: a) la productividad (dimensión intensiva, y que, en términos generales, debe entenderse como la cantidad de producto que por unidad de tiempo genera un trabajador) y b) el volumen de trabajo (dimensión extensiva –horas trabajadas totales–). A la vez, la productividad la haría función de la división del trabajo (especialización) y de la tecnología.

Sin embargo, tan solo en la obra de Marx, en el siglo XIX, encontramos planteada la contradicción que entraña el desarrollo permanente de la productividad como efecto del aumento de la composición técnica, que, expresada en forma simple, no es otra cosa que el uso de mecanismos cada vez más sofisticados y que requieren menos trabajadores para producir mayores cantidades de producto. Pues ello implica un desplazamiento relativo del trabajo que sólo puede ser compensado si tenemos demandas crecientes del producto elaborado bajo las nuevas condiciones técnicas o con la creación de nuevas industrias que absorban el trabajo desplazado. Ahora bien, lo que no se ha querido entender es que, dado que detrás del aumento de la productividad se encuentra la sustitución de trabajo por capital, tal sustitución tiene un límite teórico, el de la total automatización que significaría, ni más ni menos, la expulsión de los trabajadores del circuito de la producción, y, en ese caso límite, como es obvio, sería inoficioso crear nuevas industrias como mecanismo para compensar el desempleo si estas, como es de esperarse, se crean con tecnologías de punta. Con ello, únicamente pretendemos remarcar la inevitable tendencia hacia un desempleo estructural creciente, sobre el que Marx ya había llamado la atención cuando afirmaba la intrínseca necesidad del capital por un aumento permanente de su composición técnica.

Crisis, productividad y desempleo

El proceso de extensión del capital a todo el globo y su penetración en todos los ámbitos de la vida humana ha sido una carrera larga pero cada vez más acelerada. Ese proceso de extensión le permitió, en sus comienzos y en su etapa intermedia, que fueran posibles aumentos simultáneos en la productividad y el empleo, con excepción de los períodos de crisis; sin embargo, esas circunstancias han cambiado en las últimas décadas, en las cuales el capital ha permeado, después de los 90, al planeta entero. De allí que las relaciones contradictorias entre productividad y empleo se hagan manifiestas. En 1998 había 170 millones de desempleados en el mundo, y a fines de 2008 ese número se había elevado a 189 millones, los que, por efecto de la crisis, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), al terminar 2009 bien pueden sumar entre 219 y 241 millones. Por eso, cuando los expertos hablan de un plazo de cuatro años para la recuperación del empleo, debemos ser cuidadosos y preguntarnos por el significado de sus palabras, pues si esa recuperación apenas debe entenderse como el regreso a las tasas ‘normales’ de desempleo, que en los últimos 10 años han estado en promedio alrededor del 6,2 por ciento en el mundo, se termina aceptando que hay un número cada vez mayor de parados, teniendo en cuenta que la población en edad de trabajar seguirá creciendo en el futuro inmediato.

De otro lado, el aumento de la intensidad del trabajo tiene aspectos negativos sobre el bienestar de los trabajadores, aspecto que se quieren soslayar. El desarrollo de los “Sistemas de Trabajo de Alto Rendimiento”, que tienen como pilares fundamentales unos elevados niveles de concentración exigidos al trabajador; la multifuncionalidad (desempeño de diversas labores) y las múltiples competencias terminan absorbiendo parte importante del tiempo libre de las personas. La llamada capacitación continua y las periódicas y engañosas jornadas ‘lúdicas’ de integración, que no son más que ejercicios de sincronización de los movimientos y los pensamientos de los trabajadores al servicio del mero resultado laboral, imposibilitan la adquisición de un conocimiento no instrumental y el establecimiento de relaciones personales ajenas a las metas y las lógicas productivas.

A finales de septiembre de este año, la prensa reseñaba marginalmente que en apenas año y medio se habían suicidado en France Télécom 24 trabajadores por motivos laborales. Las razones saltan a la vista: la empresa sufrió un proceso de reestructuración en el que fueron despedidos 20 mil trabajadores de una plantilla de 100 mil, lo que se tradujo en un proceso de intensificación del trabajo para quienes continuaron en nómina y un enrarecimiento del “clima laboral”, como lo hizo explícito uno de los suicidas en su carta de despedida. Xavier Darcos, ministro de Trabajo francés, se vio obligado entonces a exigirles a las empresas de más de 1.000 empleados la suscripción de acuerdos con los sindicatos antes del 1º de febrero de 2010, con el fin de prevenir el estrés de los trabajadores (las patologías psicosociales como la depresión o la ansiedad se convirtieron en las principales “‘enfermedades profesionales” de los franceses desde 2007) y para que, además, en esa forma se ajusten al acuerdo nacional sobre el tema, firmado en octubre de 2008. Es ésta apenas una pequeña muestra trágica en la relación crisis-desempleo-intensificación del trabajo (aumento de la productividad) y deterioro del bienestar de los trabajadores. Y eso que en este caso nos queda oculto el drama de los 20 mil despedidos.

Si por allá llueve….

En países como Colombia, de capitalismo tardío, la relación entre productividad y empleo ha sido muy distinta, ya que las altas tasas de desocupación han sido una constante histórica. El desarrollo tecnológico en el campo está acompañado de la destrucción sistemática y total de las formas tradicionales de producción y de la subsecuente expulsión violenta de campesinos, indígenas y afrodescendientes de sus tierras. Las ciudades del subdesarrollo, por ese efecto, más que depósitos de fuerza de trabajo han sido crónicamente depósitos de desempleados sin esperanza alguna, y de trabajadores informales que complementan el minoritario trabajo formal.

Según los datos del Dane, en el trimestre junio-agosto de 2009, el desempleo en las 13 principales áreas metropolitanas fue del 13 por ciento, por encima del promedio nacional, que, según estadísticas de la misma entidad, fue, para igual período, de 11,9. Sin embargo, en ciudades como Pereira la tasa alcanzó 21,3 por ciento, en Pasto 16,6 y en Medellín, la segunda concentración urbana del país, el 16. Pero lo peor es que estas cifras esconden que la mayoría de quienes se escapan de esta estadística (es decir, quienes no aparecen como desempleados) se encuentran ‘ocupados’ en labores informales o no remuneradas. En la tabla que acompaña el artículo se puede observar que los trabajadores por cuenta propia son la mayoría y que los trabajadores sin remuneración llegan a casi el 5 por ciento. Sin embargo, lo que más llama la atención es que estos últimos son los de mayor crecimiento, superados solamente por los jornaleros o peones.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que en el trimestre junio-agosto de 2008 la población ocupada era de 17.341.000 personas y en el mismo período de 2009 tal población ascendió a 18.267.000, tenemos una variación de 926 mil ‘nuevos’ empleos. De ellos, aplicando un sencillo ejercicio aritmético, consistente en calcular primero la tasa de participación y luego la variación en el período, cerca de 390 mil corresponden a “trabajadores por cuenta propia”, 128 mil a trabajadores sin remuneración, y alrededor de 200 mil a jornaleros o peones. Esto es muestra más que fehaciente de la creciente precarización de la ocupación en Colombia y asimismo de la incapacidad del sector privado para generar empleo, ya que en ese período los obreros o empleados particulares no aumentaron sino en poco menos de 100 mil, es decir, unos ocho mil por mes, cifra sin duda alarmante.

Pero aún es más alarmante que nuestros ‘expertos’ sigan repitiendo como soluciones mágicas la eliminación del salario mínimo y las contribuciones parafiscales, en contravía de las recomendaciones de la OIT, que en su Agenda por un Trabajo Decente (ATD) enfatiza en que la existencia de un mínimo para los salarios ha evitado un deterioro todavía mayor de los ingresos de los grupos más vulnerables; igualmente, a contrapelo de la lógica más elemental y la tozuda realidad que nos indican claramente que el problema es de dimensiones universales y de carácter estructural, derivado de la relación contradictoria entre los aumentos permanentes de la productividad y la incapacidad cada vez mayor en la generación de nuevos puestos de trabajo. Esta contradicción era pronosticada por la teoría crítica para unas relaciones capitalistas maduras y que ya comienza a evidenciarse con toda su fuerza.

Hoy más que nunca, la clase trabajadora debe recordar que el único doliente de su situación es ella misma y que está en mora de iniciar una campaña internacional para que los aumentos de productividad se traduzcan en reducciones de la jornada de trabajo, en grado tal que las tasas de participación laboral crezcan significativamente. Abogar por un crecimiento desbocado, bajo las condiciones actuales, no sólo es predatorio de la naturaleza e insostenible ambientalmente sino además seriamente amenazante para la existencia de las clases subordinadas que hoy ven cómo casi un tercio de la población mundial enfrenta condiciones de pauperización. El tiempo no da espera y la confrontación con las lógicas del capital es una tarea obligatoria para quienes de verdad creen que otro mundo es posible.

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