
El utilitarismo constituye tan solo uno de los rostros de una familia cuyos rasgos distintivos y comunes son el positivismo, el neopositivismo, el empirismo lógico, el racionalismo crítico, el pragmatismo.
En 1981 se crea la revista semestral MAUSS, que es el acrónimo del Movimiento Anti–utilitarista en las Ciencias Sociales. Es una revista interdisciplinaria con un claro enfoque crítico al utilitarismo en todas sus expresiones. De manera significativa, la página web de MAUSS incluye links en inglés, italiano y portugués. Los campos de trabajo y discusión son los de las ciencias sociales, con estudios verdaderamente críticos y alternativos, alejados de la corriente principal de las ciencias sociales. Este constituye al mismo tiempo el rasgo más característico y la principal fortaleza de MAUSS.
El movimiento se inspira en el sociólogo francés Marcel Mauss, cuya obra central, el Essai sur le don —traducido al español como Ensayo sobre el don. Forma e intercambio en las sociedades arcaicas—, toma distancia de la sociología y método de Durkheim, funda la etnografía y plantea una nueva aproximación de la sociología y la antropología hacia la realidad y la sociedad. Pues bien, una característica especial del movimiento es no solamente el diálogo entre profesores, investigadores y académicos de las ciencias sociales, sino, además y muy principalmente, con la sociedad en general; la sociedad civil, digamos militantes, activistas, público no universitario, obreros, campesinos y, en general, todos aquellos que se encuentran por fuera de las jergas académica y universitaria. He aquí un claro rasgo político que no cabe obliterar.
El movimiento fue fundado en 1981 por el sociólogo Alain Caillé, cuyo libro Critique de la raison utilitaire (1989), constituye un ícono y la piedra fundacional del movimiento MAUSS. Dicho en sus propios términos, el movimiento busca una interpretación holista, destaca la importancia del individualismo metodológico y es o bien una alternativa o un remplazo al utilitarismo en el seno de la ciencias sociales. Políticamente hablando, el movimiento se plantea como parte del movimiento humanista, alternativo al neoliberalismo tanto como al marxismo —de cualquier especie y, sobre todo, el ortodoxo (lo que quiera que ello pueda significar)— y abiertamente crítico del productivismo económico y la idea de crecimiento económico.
Existen varios vasos comunicantes entre la obra de Caillé y los modelos de decrecimiento —notablemente de Latouche—, aunque la verdad es que en la obra de Caillé resalta mejor la idea de acrecimiento —antes que la de decrecimiento (cfr. Caillé, 2005)—. La propuesta de Caillé desemboca finalmente en el “Manifiesto convivialista”, que es el resultado político de un trabajo suyo del 2011: Du convivialisme, dialogues Sur la société conviviale à venir. Desde cualquier punto de vista, es evidente la preocupación por el economicismo en todas sus expresiones y el llamado a una acción social y política.
Como se aprecia, de manera notable, el movimiento MAUSS constituye una voz clara y firme en contra del espíritu utilitarista en las ciencias sociales. Un fenómeno que se encuentra lejos de ser evidente, pues la verdad es que el positivismo, en sus diferentes variantes, sigue siendo el paradigma dominante en las ciencias sociales y humanas. Los ejemplos saltan a la vista y no cabe ocultar el sol con una mano, a pesar de las expresiones, neologismos y eufemismos que adopta el positivismo. Así, por ejemplo, se trata del enfoque cognitivo conductual, el realismo crítico y el neorrealismo, el institucionalismo y el neoinstitucionalismo en todas sus expresiones —neoinstitucionalismo sociológico, el económico, el político y demás—; el neoestructuralismo, el neofuncionalismo, para mencionar los ejemplos más conspicuos. Cada ciencia y disciplina social y humana sabrá identificar lo suyo, en cada caso (psicología, relaciones internacionales, estudios y ciencia política, etc.).
Así pues, la verdad es que el utilitarismo impera y permea ampliamente a las ciencias sociales y humanas, y una muy buena parte de las humanidades. Como es sabido, el utilitarismo constituye tan solo uno de los rostros de una familia cuyos rasgos distintivos y comunes son el positivismo, el neopositivismo, el empirismo lógico, el racionalismo crítico, el pragmatismo. Culturalmente hablando, se trata de la hegemonía del modelo anglosajón de hacer ciencias sociales y humanas.
Hagamos un par de consideraciones puntuales.
De un lado, en verdad, los científicos, académicos e investigadores de las ciencias sociales se ven abocados, no sin pocos argumentos, a la afirmación de que lo suyo debe ser investigación aplicada y con un fuerte reconocimiento del trabajo de campo. Un fuerte espíritu empirista y pragmático permea la atmósfera general de la corriente principal de las ciencias sociales.
Ellas, se dice genéricamente, “deben servir para algo” —y no en última instancia se hace referencia a algunas de las necesidades más básicas de la sociedad, de las comunidades y los individuos, en el día a día—. Es decir, las ciencias sociales se sostienen, prima facie, deben contribuir a la comprensión y acción de la sociedad y de las comunidades. En consecuencia, de manera implícita se deja de lado, acaso porque sencillamente se la considera como algo que simplemente va de suyo a la investigación básica. De manera atávica, la investigación en ciencias sociales es investigación referida a un territorio, a una comunidad, a una práctica determinada —por ejemplo, la archivística, en el caso de la historiografía—. Este es el estado normal de las cosas en ciencias sociales.
La dificultad estriba en que si las ciencias sociales y humanas sólo —o principalmente— se dedican a la investigación aplicada —y acaso también, de alguna manera—, a la experimental; la investigación básica queda por fuera de sus ámbitos, preocupaciones y actividades cotidianas. Se presenta aquí, inmediatamente, un serio peligro.
En efecto, la investigación básica, podemos decir aquí, es aquella que suministra las comprensiones más fundamentales acerca de la sociedad y la naturaleza. Es, manifiestamente, investigación teórica de largo alcance y gran calibre. Las ciencias naturales, exactas o físicas habitualmente no se hacen muchos líos con respecto a la importancia o la división o el énfasis en un tipo de investigación más que en otra. Y ciertamente no valorizan o descartan un tipo de investigación con respecto a otros. Esto es algo que, en el estado normal de la ciencia —de la ciencia y la gestión del conocimiento—, sí se hace con frecuencia, abierta o tácitamente, en los espacios y dimensiones de las ciencias sociales y humanas. Hay que decirlo, esta situación es bastante más fuerte en las ciencias sociales que en las humanas.
La investigación básica en ciencias sociales y humanas, o en humanidades, es perfectamente posible, tiene sentido y consiste en aspectos tales como la creación de métodos, la creación de conceptos, nuevos enfoques e interpretaciones, la generación de técnicas, incluso, en fin, el descubrimiento de aspectos que anteriormente no habían sido vistos, y/o acaso, subrayados suficientemente a plena luz del día. Con una característica puntual, aunque no la más definitiva, y es que los procesos argumentativos en estos grupos de ciencias y disciplinas implica una fuerte carga narrativa (story-telling). Algo que, por decir lo menos, pone nerviosos a los “científicos duros” (sic), olvidando así que, para decirlo de manera puntual, de la ciencia más dura que quepa imaginar, en la sociedad y en la cultura lo que queda es básicamente el relato de la misma (o de una teoría), y que es entonces cuando dicha ciencia o teoría adquiere realidad social y cultural. Los relatos constituyen uno de los pivotes fundamentales que hacen posible la existencia y sin ellos la vida misma es esencialmente imposible o fútil.
De otra parte, al mismo tiempo, el afán de aplicación y aplicabilidad de los trabajos e investigaciones en ciencias humanas tiene, desde luego, un espíritu, un aire y una voz que directa o indirectamente son abiertamente utilitaristas. Ahora bien, para decirlo de manera franca: el utilitarismo es una de las formas como la ciencia se normaliza, e incluso a lo largo de toda la historia ha habido, aunque no necesariamente con esa misma palabra, numerosos momentos y acontecimientos cuando en nombre del utilitarismo la ciencia ha sido normalizada. (En la Grecia del período helenístico, tanto como en la media Edad Media, en los comienzos de la Modernidad o en el giro del siglo XIX al siglo XX, y definitivamente, en la historia que del siglo XX conduce, en la corriente principal de la ciencia y del pensamiento, hasta nuestros días.
Mi argumento se dirige en este punto a un reconocimiento explícito de que no es inevitable la aceptación, y ciertamente no de manera acrítica, de una tradición a costa o despecho de otras. El utilitarismo conduce, más pronto que tarde, dicho en términos políticos, al institucionalismo y el neoinstitucionalismo, los cuales son los nombres teóricos y académicos del neoliberalismo, el cual, a su vez, no es sino una de las voces para designar a la propia civilización occidental en su historia oficial, o en su expresión más fuerte de defensa del statu quo, en cualquier acepción de la palabra. Estos son fenómenos y consecuencias que sencillamente no se pueden dar por dados y que se hace necesario señalar de manera abierta y directa. La ciencia, en cualquiera de sus manifestaciones, tiene consecuencias políticas que no cabe obliterar, en uno u otro sentido.
De manera que debemos poder dejar de “acostumbrarnos” a la idea de que las ciencias sociales y humanas sirvan para algo. Y de manera expresa, que estén abierta o tácitamente al servicio del neoinstitucionalismo, del modelo económico vigente y sus dos expresiones más agudas: el productivismo y el crecimiento económico, y el llamado —para volver a la expresión de Caillé— al convivio. Después de todo, saber vivir y aprender a vivir bien no es más difícil que saber convivir, y el con–vivio apunta a un cierto sentido de sabiduría, no de utilidad y pragmatismo.



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