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La revolución, necesaria y posible

La revolución, necesaria y posible

“¡Las revoluciones son la fiesta de los pobres!” (1). No hay duda de que así es. Esos momentos de gran ebullición social, de insurrección popular, de voces a todo cuello que exigen respeto por la dignidad de los siempre negados, momentos donde se pierde el temor que despierta el uniforme policial y militar, y el arma desfundada, cuando la autoestima calienta ánimos y dispone fuerzas, son el único momento en sus vidas en que los más pueden ver satisfechas sus más imperiosas necesidades, así como realizados parte de sus sueños.

Esa fiesta puede durar unos pocos meses, como ocurrió en 1871 en la Comuna de París, o prolongarse por varios años, dependiendo del control efectivo que logren los más del aparato estatal, su principal conquista inmediata, usurpada en todos los casos conocidos hasta hoy por la burocracia de profesión, la misma que termina actuando en provecho propio, y traicionando los intereses de quienes dice depender.

La fiesta puede tomar la forma de carnaval al prolongarse por meses y años, como ocurrió en la Revolución Rusa, en la cual durante sus primeros 10 años los siempre tomados como menos lograron igualdad de derechos entre hombres y mujeres, concreción de ese derecho aún en litigio por doquier de que, entre mujeres y hombres, “a igual trabajo igual salario”; derecho al aborto; licencia laboral paga para todas las mujeres, dos meses previos a dar a luz y dos meses posteriores a la gestación; reconocimiento y despenalización de la homosexualidad y la libertad sexual en general; realización del sueño –a partir de expropiar a sus propietarios– de millones de campesinos de acceder a la tierra y de los obreros de controlar las fábricas a través de los Consejos de obreros, campesinos y soldados (sóviets); control del Estado y todas sus instituciones, de manera directa, por el conjunto social; acceso a la educación de quienes estuvieron por siempre excluidos de esa bella conquista de la humanidad… (ver Halimi, página 40).

Conquistas hechas realidad porque en este alzamiento social millones de seres humanos se dispusieron a la movilización, con todos sus sentidos prestos para realizar sus sueños; millones desplegando imaginación y creatividad sin par, como clara expresión de su identidad con la superación del fardo histórico que sobrellevaban por supuesto ‘designio divino’. Millones dispuestos a dar lo mejor de sí por el beneficio de todos, concretando aquello de que “hay días que condensan años…”.

Revolución, ¿posible?, ¿pertinente?

Para muchos, tal gesta es imposible de repetición en los tiempos que corren; otros contradicen con pasión. En medio del debate, interminable, es evidente que pocos sueños despiertan tanta energía y opiniones dispares como el de revolución, sobre todo luego de cien años de esa inmensa gesta de obreros, campesinos y soldados que llevó a cabo la Revolución de Octubre y lo sucedido finalmente con la misma.

Para unos, para quienes consideran que el sistema capitalista tiene la capacidad de autorreformarse, es innecesaria; para quienes así piensan, es suficiente con las reformas que otorgan cada tanto las clases dominantes –siempre como respuesta y contención a inmensas protestas sociales–, concediéndoles un poco más a los marginados de siempre.

Para otros, es un imposible, pues a través de su fase neoliberal, el capitalismo controla y regula sin medida. El mundo es un todo sometido a los controles militares, redes de espionaje, acuerdos multilaterales con los cuales los Estados-nación han perdido márgenes de soberanía; leyes globales, etcétera, dictadas y supervisadas por el 1 por ciento, esa prepotente minoría que cada día acumula más en sus bancos y tensiona más sus hilos de control en los Estados sometidos al chantaje de sus corporaciones financieras y organismos similares. La caridad para unos, la intervención de ONG para otros, suplirán parte de las necesidades que agobian a los excluidos del sistema. Entonces, ¿para qué una revolución?

Para no pocos, las lecciones negativas dejadas por una burocracia que expropió a su sociedad del poder alcanzado en 1917, con todo el legado de libertades y derechos abrazados, es prueba irrefutable de que el capitalismo es invencible.

Para otros, en cambio, en tanto que la revolución es el más bello de los procesos que puede asumir una sociedad, la misma se constituye en un imperativo ético, moral, político, único camino para construir entre toda la humanidad el sueño de justicia, igualdad, libertad, en que debe vivir y recrearse como especie. Se trata de un imperativo mucho más motivante a partir de rememorar lo alcanzado en pocos años (1917-1928) por esa inmensa gesta de los pobres que, multiplicados por millones, habitaban el país más extenso de la tierra. Derechos conquistados y extendidos a la diversidad de naciones integrantes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y que, de igual manera, terminaron abriéndose paso en los años 30 en muchas de las sociedades capitalistas –Europa y Estados Unidos– como aceptación defensiva de sus clases dominantes para contener las demandas de sus pueblos y no permitir que avanzara el “mal ejemplo ruso”.

Los retos del 17, actual

En los cien años transcurridos desde el asalto al Palacio de Invierno por un pueblo que reivindicaba “pan, paz y tierra”, muchos son los cambios ocurridos en las sociedades capitalistas, algunos de los cuales transmiten la sensación de que cada vez es más difícil revolucionar una sociedad, cualquiera que sea. La verdad es que cada generación humana se enfrenta a retos, dilemas y circunstancias que hacen de cada proceso revolucionario un suceso irrepetible.

En estos cien años (1917-2017) el capitalismo desplegó, hasta en sociedades y pueblos habitantes de tierras recónditas, las lógicas y las formas mercantiles, transformando al mundo entero en una aldea y un gran supermercado. En ese despliegue, acelerado por su lógica antropocéntrica, impuso la flecha de un supuesto desarrollo siempre creciente, sin límites, sustentado en una visión única y depredadora de todo lo que habita, una visión única sobre la vida, para hacer posible la cual toda la Tierra quedó sumida y asumida como un objeto/cosa explotable y por consumir. El más voraz individualismo se constituye en una de sus expresiones más manifiestas.

La cabeza de esta visión del mundo, los Estados Unidos, en su carrera por imponer el american dream, concentró en la ciencia y la tecnología, aplicadas a las cosas más sencillas de la vida diaria, una buena parte de sus esfuerzos. El resultado de ‘superioridad’ sobre el socialismo lo materializó en los años 50 en los hogares gringos, al dotarlos de un conjunto de instrumentos (estufa, licuadora, brilladora, nevera, etcétera) que liberan el tiempo de la “ama de casa”, haciendo su vida más llevadera y abriendo por esta senda las condiciones para su incorporación al mundo del trabajo.

A la par, impuso un modelo urbano que atomiza a los pobladores de las ciudades modernas, subsumiéndolos en la rutina casa-trabajo-casa, viviendo “la felicidad” del automóvil, así haya que pasar el resto de la vida cancelando las cuotas de esa ‘felicidad’, como las de la vivienda hipotecada o las del estudio universitario, pues eso es el capitalismo: el reino de los derechos… si tiene con qué pagarlos.

El individualismo más acendrado, y por esta vía la atomización social, son el resultado que cosecha este modelo, haciendo de la revolución una quimera ‘imposible’ de materializar. La imposición de un efectivo control social completa este logro, sin nunca desechar el espionaje y la criminalización de los sectores inconformes, como lo concretó el macarthismo en los años 50, ofensiva violenta llevada a un campo más abierto en los años 60 con el asesinato de los disidentes del sistema.

Pese a todo esto, llegarían el alzamiento obrero, negro, juvenil, femenino, de 1968, que conmocionaría a Europa (Francia, Alemania, Checoslovaquia), Estados Unidos, México; todo un grito de ruptura con ese capitalismo depredador, y toda una demanda de justicia y verdadera democracia. Sus rupturas y enseñanzas para la izquierda serían nodales, al cuestionar el liderazgo hasta ese momento indiscutible de la vanguardia obrera industrial y del partido único, y al denunciar de manera abierta el rampante autoritarismo dominante en la URSS. Desde entonces será reconocida la existencia de diversidad de movimientos y reivindicaciones sociales, otras formas de encarar la cotidianidad y el porvenir, con sujetos novedosos como las mujeres, los jóvenes, viviendistas y pobladores urbanos en general, y de su mano reivindicaciones múltiples, mucho más allá del mundo del trabajo, entre las cuales se destacan la defensa y la protección de la Tierra.

Desde entonces, ganaron espacio preguntas como “¿Es posible lograr un significativo cambio político sin tomar el poder? ¿Existen formas del poder social cuya conquista es más valiosa que el poder ‘político’?”, las cuales tienen respuesta, años después –es claro– en la lucha hoy liderada por el zapatismo, por ejemplo. Y una más: “¿Existe una vía significativa por la cual podamos llegar a la abundancia (o, al menos, a tener lo suficiente) sin el productivismo?” (2), con eco en diversidad de respuestas brindadas por movimientos como los ambientalistas, los animalistas y otros similares, pero también por los pueblos indígenas y otras minorías nacionales ligadas a la tierra.

Una vez silenciado el alzamiento social del 68, en unos casos vía policial y/o militar, encarcelamiento de líderes o similares medidas, y en otros vía cooptación, la pugna entre socialismo realmente existente y capitalismo prosigue por otras rutas; también la necesidad de revolucionar la sociedad. Es una lucha silenciosa que, tras otras dos décadas, tiene como resultado el desplome de la URSS, el repliegue de las ideas socialistas y la imposición a todo galope del neoliberalismo, nueva etapa del capitalismo avasallante.

Como ave fénix, solamente cinco años después, en 1994, el alzamiento zapatista contra el Tratado de Libre Comercio (Tlcan) firmado entre su país, Estados Unidos y Canadá, recuerda que el sueño de una revolución, siempre necesaria, permanece intacto. La reivindicación de la tierra, de la cosmogonía indígena que recuerda que el centro de nuestras vidas descansa en la tierra, así como una visión integradora que armoniza lo material y lo inmaterial, lo físico y lo espiritual, lleva a la reivindicación del derecho a ser y existir de los pueblos más diversos sin someterse al ya mencionado antropocentrismo imperante, el mismo que los Estados Unidos pretenden llevar al extremo en su afán acumulador sin límite, así como homogeneizador de usos y consumos, en que los distintos pueblos que habitan el planeta quedan sometidos a la máquina del capital.

Tras otros pocos años de resistencias y reconstrucción de imaginarios e idearios políticos, en disputa contra un capitalismo que se bate en una crisis sistémica de profundas consecuencias –con expresiones económicas, ambientales, financieras, éticas, políticas, sistema que al mismo tiempo acerca a la humanidad de manera acelerada hacia su autodestrucción, de lo cual dan cuenta el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad–, el renacer del ideal revolucionario toma forma de la mano de todos aquellos sectores sociales minoritarios y marginados hasta el alzamiento social de 1968, con lo cual gana espacio una visión plural de la vida.

A la par de estas transformaciones, ahonda sus impactos globales la revolución tecnocientífica en marcha, afectando las más tradicionales formas hasta ahora conocidas en los relacionamientos humanos. Con ella, la producción material, como factor fundamental del mundo del trabajo, da paso al imperio de la especulación y la acumulación financiera, con lo cual la concentración de la riqueza se cierra sobre cada vez menos bolsillos. Asimismo, el crecimiento de las desigualdades sociales, la pérdida de derechos hasta ahora bien valorados, como el de la privacidad, el fortalecimiento del militarismo como último recurso de los millonarios para defender sus privilegios, dan al traste con la democracia liberal, sumiendo a diversidad de Estados en dinámicas cada vez más autoritarias. ¿Contra todo ello, para evitar que se consuma nuestra autodestrucción como especie, existirá un camino diferente del de la revolución?

Es por ello que, en la reivindicación de nuevas formas de producción y de relacionamiento social, asciende como eje articulador la defensa de la vida, constituyéndose a la vez en faro de la acción política, “[…] una política para la vida –y ya no simple y llanamente para el Estado, el gobierno, el poder, el cumplimiento de la ley o el interés de la economía […]” (3).

Ahora, en tal reto y en tal reivindicación, una concepción biocéntrica (centrada en la Tierra) da paso a imaginar que el universo no es un espacio inerte por ser ocupado sino un todo vivo donde habitar (4). De modo que “[…] la política ya no se definiría de cara a las preocupaciones y las especificidades de los seres humanos sino, mucho mejor, de la vida en general, esto es, de la vida conocida, tanto de la vida tal-y-como-podría-ser-posible”. Si así es, todo ello significa que la política está en el propio centro de una revolución, que está cambiando su sentido de manera radical, sobre todo cuando se la mira con los ojos del pasado (5).

Estamos, de esta manera, en un espacio en el cual se presenta la vida contra la muerte, la que sí garantizan los malos gobiernos al frente de la mayoría de los países, los cuales, por ello mismo, no merecen respeto ni tienen derecho de permanecer. De todo ello, para garantizar la vida, la de las presentes generaciones y la de las venideras, deberán dar cuenta los millones que habitan el planeta, en una concreción de alzamientos nacionales sin par, sin satisfacerse por el triunfo local de los mismos, en una dinámica internacionalista para concretar la idea de una magnífica revolución mundial que, luego de intensa disputa cultural, enterrará por siempre al capitalismo, comprobación plena de que “las revoluciones son la locomotora de la historia” (6). 

 

1. Lenin, V.I., Obras escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1969, p. 124.
2. Wallerstein, Emmanuel, “1968: revolución en el sistema-mundo. Tesis e interrogantes”. https://es.scribd.com/document/288620942/Wallerstein-1968-Revolucion-en-el-sistema-mundo.
3. Maldonado, Carlos Eduardo, Política + Tiempo = Biopolítica. Complejizar la política, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, (en impresión).
4. Escobar, Arturo, Otro posible es posible, Caminando hacia las transiciones desde Abya Yala/Afro/Latino-América, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, (en impresión).
5. Maldonado, Carlos Eduardo, op. cit.
6. Lenin, V.I., Obras escogidas, op. cit., p. 124.

 

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INFORME ESPECIAL LE MONDE DIPLOMATIQUE, EDICIÓN COLOMBIA, Nº171


A cien años de la Revolución de Octubre

Desde su estallido, la Revolución Rusa conmovió al mundo entero. Pese a sus derivas autoritarias, denunciadas por el propio Lenin, durante más de setenta años la URSS representó una alternativa a un sistema cuyo fracaso comienza a agitar viejos fantasmas.


La revolución, necesaria y posible

por Carlos Gutiérrez

“¡Las revoluciones son la fiesta de los pobres!” (1). No hay duda de que así es. Esos momentos de gran ebullición social, de insurrección popular, de voces a todo cuello que exigen respeto por la dignidad de los siempre negados, momentos donde se pierde el temor que despierta el uniforme policial y militar, y el arma desfundada.

Páginas 2-3.

Las clases pobres al asalto del poder

por Éric Aunoble

La revolución de febrero de 1917 condujo a la abdicación del zar Nicolás II y a la instauración de un gobierno provisional. Pero el cambio no aplacó el descontento. Por el contrario, alentados por los soviets revolucionarios, el pueblo radicalizaría cada vez más sus reclamos poniendo en cuestión a todas las figuras del poder.

Páginas 14-15

Priorizar la educación de las masas

por Nicolas Fornet

La escena de la biblioteca de Yuriatin, una ciudad que Boris Pasternak imaginó en Doctor Zhivago, novela publicada en 1958, traduce la impresión profunda que debió sentir cuarenta años antes: el protagonista entra en una sala de lectura en la que, al lado de los representantes de la antigua intelligentsia, se encuentra gente del pueblo, endomingada, “con aire tímido, como si fuera una iglesia”. El autor testimonia allí la formidable sed de cultura que se apoderó, en 1917, de las clases populares, que habían sido mantenidas al margen del saber, así como las huellas que esa revolución iba a dejar por mucho tiempo en la sociedad soviética.

Páginas 16-17

Dilemas y tragedias del gobierno revolucionario

por Hélène Richard

Apremiados por los acontecimientos, los dirigentes bolcheviques tomaron decisiones que fueron objeto de discusión dentro y fuera del Partido. La insurrección armada, la represión y la burocratización partidaria y estatal generaron fuertes cuestionamientos sobre la deriva autoritaria que emprendía la Revolución.

Páginas 18-19

¿En nombre del pueblo o con el pueblo?

por Korine Amacher

En vísperas de la Revolución de Octubre de 1917, Lenin estimaba que el fracaso del primer intento de derrocar el poder de los zares, en San Petersburgo, en [diciembre de] 1825, se debía principalmente a que los rebeldes estaban “demasiado alejados del pueblo”. Si bien consideraba a los pioneros en desafiar al zarismo con indulgencia, no dejaba de señalar la brecha que separaba a los bolcheviques de los insurrectos de 1825. Estos últimos, oficiales de origen noble, se oponían a toda idea de insurrección popular: las masacres de los terratenientes que habían acompañado las grandes revueltas de antaño habían grabado en la memoria de la nobleza rusa un profundo terror.

Páginas 20-21

Un arte al servicio de la revolución

por Evelyne Pieiller

La fuerza insurreccional que vino de Rusia alcanzó a toda Europa e impregnó a las vanguardias artísticas. Ya no se trataba sólo de romper con los códigos del arte burgués, sino de poner la estética al servicio del compromiso revolucionario.

Páginas 22-23

Cuando llegó, ya había cambiado

por Héctor-León Moncayo S.*

Las ideas proyectadas por la Revolución de Octubre llegaron a Colombia cuando en el país distintos actores sociales ya habían reivindicado justicia para trabajadores y campesinos, y cuando habían adelantado iniciativas para constituir un partido socialista. Desde entonces la izquierda conoce disputas internas de diferente intensidad y consecuencias negativas.

Páginas 25-26

La cadena infinita: Historia de un diario de 1917 recuperado

por Philip Potdevin

“Ahora… pienso que si lo escribo,
los otros lo leerán
como un cuento y, con los años,
lo será tal vez para mí”.
Borges, El otro

Imposible permanecer imperturbable con la persistente manía de nuestros analistas, cronistas e historiadores de la Revolución de Octubre de soslayar el nombre de Felipe Piñeros Otálora y su participación directa en los sucesos de 1917 en Petrogrado. Ni sus contemporáneos, entre ellos el respetado Ignacio Torres Giraldo, en la voluminosa obra en cinco tomos, Los inconformes, ni el profesor Renán Vega, en su enjundiosa Gente muy rebelde, en cuatro tomos, ni el académico (y amigo) Héctor-León Moncayo, en sus sesudos escritos sobre los hechos de Octubre se incomodan en mencionar ni una sola vez a Piñeros, nacido en noviembre de 1890 en Hatoviejo (hoy Villapinzón) y quien antes de cumplir los dieciséis años había probado su vocación anarquista.

Páginas 27-28

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Información adicional

Autor/a: Carlos Gutiérrez M.
País: Rusia
Región:
Fuente: Le Monde diplomatique, Nº171

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