
Un Premio Nobel no se improvisa; se prepara y diseña en un proyecto a largo plazo, de orden social, cultural y político. No solamente educativo.
En la segunda semana de octubre tiene lugar, de manera regular, el anuncio de los ganadores de los premios Nobel, que luego son oficialmente otorgados el 10 de diciembre de cada año. Se trata de un serio motivo de orgullo social, cultural, nacional y político para los países galardonados. No únicamente para las universidades o centros de investigación donde trabajan los ganadores.
A nivel de las universidades, en el mundo, estas se catalogan entre sí entre las que tienen cuáles y cuántos premios y nobel, y todas las demás. En contraste marcado con lo que sucede en el país cuyo máximo motivo de contraste es el número de profesores de planta, o a lo sumo el número de profesores con doctorado. Con una diferencia cultural fundamental. Mientras que, grosso modo, en el país los doctorados son punto de llegada, en el mundo los doctorados (Ph.D.) son apenas el punto de partida para una vida de investigación.
La obtención de un premio Nobel es un auténtico motivo de orgullo nacional en los países que usual o intermitentemente son ganadores. Lo cual significa claramente que el conocimiento en esos países tiene un alto resorte social y es el motivo de la más seria de las preocupaciones políticas. En toda la línea de la palabra.
En contraste, el subdesarrollo no es gratuito. En un país en el que lo que prima a grandes rasgos es (¡perdón!), de un lado improvisación y cortoplacismo, y de otro, una mentalidad narcotraficante: poder e influencias, acomodamiento y exclusión, eliminación y antagonismo, confrontación y descalificación abierta con los vocabularios más soeces. Más el facilismo, el efectismo y el inmediatismo. Todos rasgos claramente distintivos de lo que cultural y mentalmente caracteriza al narcotráfico. Dicho en términos generales, con muy destacadas excepciones. En política como en economía, en educación como en varias otras dimensiones.
Los premios Nobel implican ante todo el reconocimiento del valor del conocimiento. Y por derivación, el trabajo, el esfuerzo, la perseverancia, y una cierta capacidad de sacrificio a largo por la educación y la investigación.
Un premio Nobel —o sus equivalentes en varios otros campos del conocimiento— implican fenómenos que involucran a la biografía, al resorte familiar y social del ganador, y también los procesos, estructuras y dinámicas de orden cultural y político. Y es la buena articulación y confluencia, aprovechamiento e incluso buena fortuna de todos ellos los que conducen, al cabo, a un reconocimiento como un premio de éstos.
El conocimiento, que no se mide a corto plazo ni en términos inmediatistas. Y que, por el contrario, está directamente vinculado a los más altos valores intelectuales y morales. De un individuo, de un grupo y de una sociedad.
¿Cómo cabe, entonces, leer la entrega de los premios Nobel desde una cultura social y política como la nuestra? He aquí algunas claves:
La entrega de Colciencias a los políticos (algo que jamás había sucedido antes).
Sólidos y críticos cuestionamientos a las regalías al manejo de las mismas y direccionamiento hacia la cultura, la educación y la ciencia.
La nunca alcanzada meta de financiamiento desde el Estado a la ciencia y la tecnología equivalente a 1% del PIB.
Los méritos, que los hay, son en cada caso cuestión de méritos personales de académicos e investigadores y de eventuales políticas particulares siempre de algunas universidades.
Un país con un presupuesto militar muchas veces superior al de educación y muchísimas veces superior al de ciencia y tecnología.
La segmentación y el fraccionamiento social del país y el abandono estratégico de la educación y la ciencia.
En Colombia existen, desde luego, motivos de orgullo nacional sin que sean manipulables políticamente o en un sentido partidista. El primer campo que salta inmediatamente a la vista son muchos de nuestros deportistas. Notablemente en deportes individuales (no de equipo). Con la recurrente queja de la mayoría de ellos sobre incumplimientos de las promesas hechas por políticos y gobiernos; y el nunca suficiente apoyo oficial a los deportistas.
También es un motivo de orgullo parte de las artes y la cultura. Escritores y poetas, pintores y artistas, notablemente, se encuentran en la primera línea de buenos motivos de sano orgullo nacional. Si desconocer los silencios, acaso institucionales, que se echan sobre varios autores independientes o críticos. Y ello, además, dejando aquí deliberadamente de lado esos productos de la industria cultural que son los que más suenan (literalmente). Pues eso es cuestión de dinero y mercadeo.
Pero en el país el conocimiento en general, y la ciencia y la tecnología, en particular, se encuentran aún muy lejos de ser un motivo de explícito, abierto y directo orgullo nacional. Desde abajo, porque la gente tiene básicamente la preocupación por sobrevivir y mantener el puesto de trabajo o lograr uno. Y desde arriba, porque no son sinceras, en manera alguna, las declaraciones de apoyo a la investigación. Declaraciones que salen a la palestra de cuando en cuando en períodos de elecciones.
Y al margen queda, muy al margen, el tema de la marca país. Lo cual es un asunto de muy otra índole.



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