El himno de Pereira inicia con un verso del poeta Julio Cano que dice: “Al recio empuje de los titanes”. Esos titanes que se abrieron camino entre tupidos breñales, esas mujeres y hombres que en la segunda mitad del siglo XIX iniciaron el poblamiento de un suelo que a futuro se convertiría en una de las ciudades más prometedoras del siglo XX y de mayor reconocimiento por su progreso durante el siglo XXI.
Lo que tal vez desconocían esos hombres y mujeres, originarios de los estados del Cauca, Antioquia, Tolima y otras partes, era que ese lugar resultaba proclive a los sismos, fruto de un mundo tectónico que se movía en el interior de la tierra. Por eso el terremoto de la mañana del 10 de agosto de 2026 fracturó de manera profunda la existencia de miles de seres de los más distintos grupos sociales. En cuestión de segundos, la “ciudad histórica”, con sus referentes de memoria —edificaciones, calles, casas, fachadas, murales, comercios—, se derrumbó, sepultando y deteniendo la existencia de cientos de seres humanos que crecimos, vivimos y trabajamos allí.
La naturaleza se expresó: el agua, el fuego; en nuestro caso, en el terremoto, quien se manifestó fue la tierra. Algo dice ella desde sus magmas más recónditos. Una expresión devastadora que removió los proyectos de progreso que albergamos los seres humanos. Desde el quinto piso de mi apartamento escuché esa voz: un bramido grave que se prolonga unos segundos eternos, mientras me escondo con mi familia bajo una mesa. Ese sonido arcano proviene de tiempos anteriores a la historia, cuando no existían lenguajes articulados.
Luego de la intensidad, pasé de ser un observador de las tragedias de los otros a convertirme en participante, golpeado en pocos segundos por un movimiento sobrecogedor, demoledor, impactante, que partió la vida de miles de personas. Esos segundos permitieron experimentar la adrenalina de la desesperación, la proximidad del apocalipsis, mientras los pisos y las paredes crujían y los cuadros colgados eran disparados contra el suelo, como en una película de terror.
Unos segundos de duración del acontecimiento sísmico resultaron suficientes para que la conciencia del final se expresara en nuestros rostros. Tuve suficiente conciencia para reconocer que el fin de nuestras vidas llegaba en las alas de un terremoto. Imagino mi rostro de aquel momento: la desolación ante el indeseado final de la existencia. Se parece al rostro del condenado que se aproxima al cadalso.
La única diferencia fue que los cimbronazos infernales no alcanzaron a vencer la estructura del edificio; que el animal se fue calmando y que tuvimos un margen para descender, apretados, cerca de los vecinos, por las escaleras, hasta que el edificio nos precipitó por su boca para que renaciera la esperanza al verificar que la edificación había resistido el embate atómico. Fuera del edificio, en el guadual, donde nos reconocíamos, empezaron las ceremonias del saludar y abrazar. Allí, entre el miedo y el desconcierto, volvimos a encontrarnos.
Al final, cuando regreso apresuradamente al apartamento, me pregunto: ¿qué es lo primero que debo echar antes de que pase un segundo remezón? Pienso en mis libros, en la biblioteca que fui reuniendo durante tantos años. Los volúmenes que compré con cuidado, bajo distintas circunstancias, y que no se pueden llevar en ese momento.
Evoco la escena de El nombre de la rosa, cuando Guillermo de Baskerville busca salvar del fuego, en la biblioteca, unos cuantos ejemplares. La vida se pierde en segundos; los libros perduran más, en el suelo. Cada volumen quedó congelado, cubierto por las capas de polvo. El escritorio, los libros, los objetos están intactos, pero, con cada día que pasa, el polvo va envolviéndolos. Nadie los abre ni los usa. El abandono es el silencio de las cosas.
*Escritor. Profesor UTP


Leave a Reply