La rabia

Del futbol de antes extraño dos cosas: a los árbitros y a la selección alemana. Eran épocas, supongo, en las que entre miedo y respeto había apenas una sutil discrepancia. Ese futbol de antes tuvo su ahora y más tarde llegó otro después a remplazarlo. Ojo, que antes no es lo mismo que retro. El anacronismo, al menos, suponía dos tiempos y un desfase entre ellos. Lo retro no proviene de otro momento sino de ninguno. Es ucrónico de raíz, una manera de no estar. Pobres árbitros, con los pitos enmudecidos tras ruidos más feroces, hoy no son más que comparsa del sensor y de la cámara. Se están volviendo retro. Gary Lineker, bota de oro en México 86, popularizó una definición del futbol que tampoco envejeció con gracia: “un deporte que inventaron los ingleses, se juega 11 contra 11 y siempre ganan los alemanes”. Con el diario del lunes sabemos que los ingleses no inventaron nada –con suerte lo legislaron o, en el peor de los casos, lo saquearon–, que la selección alemana murió en Brasil y que, hasta hace no mucho, en el futbol se enfrentaban 22 jugadores contra el tiempo, que nunca dejaba de correr. Se parecía un poco más a la vida, digo yo.

Pobrecito futbol de antes: resistió hasta donde pudo la administración gringa del corte. El futbol nunca tuvo que pedir permiso para detenerse porque la pausa es una facultad que se ejerce con la pelota en los pies. Hoy el tiempo ya no es contrincante sino inventario. Se llama cooling break: lo impuso la FIFA en los 104 partidos del Mundial –llueva o truene, haga frío o calor– y consiste en parar el juego tres minutos, dos veces por tarde, bajo pretexto de que beban los jugadores y respiren los anunciantes. El contador no se detiene, cierto, pero el negocio tampoco.

Y fue en esa herida recién abierta donde se me apareció esa cosa que pretende parecerse al Diego. El del 86 en su esplendor inverosímil: el de la zurda que desobedecía a la física y masticaba truenos antes de soltar sentencias, moviéndose otra vez en la pantalla para vender una casa de apuestas. No fue un homenaje, ni un guiño de nostalgia. Fue un anuncio. Y sentí rabia antes de entender por qué. Así avisa la sangre cuando le palpan algo muy íntimo, adelantándose a la cabeza que todavía busca las palabras exactas para darle cuerpo a la ira.

Al Diego lo persiguieron las cámaras durante toda su vida. A esta cosa no la filmó nadie: no hubo cámara, ni cancha, ni botín embarrado de lodo. Es una imagen parida por un aparato, que no retrata nada porque jamás hubo algo frente a una lente. Y sin embargo el escándalo no está del todo ahí, porque al Diego del 86 también lo habíamos fabricado nosotros, mucho antes, a fuerza de mirarlo. La mano de Dios, los ingleses gambeteados de a uno como conos, el abrazo a Bilardo: no los vivimos, los repetimos. Lo veneramos más veces de las que existió. Y una imagen tan manoseada, tan sobada por la nostalgia, ya estaba a medio camino de volverse otra cosa: un molde, listo para que cualquiera lo rellene. La IA no profanó un cuerpo. Profanó una postal que de tanto besarla habíamos despintado. Lo insoportable no es que lo revivan; es que al revivirlo nos avisan que hacía rato lo teníamos embalsamado. Y que por eso fue tan fácil de copiar.

“Acá se juega con pelotas”, dice el muñeco, e interpela la hombría del que mira: el que no apuesta es un tibio, no pone huevo. Le enjaretaron la carrocería de los 25 para que recitara el padrenuestro de la timba online, esa que desfonda las cuentas de miles de familias, engañando a los niños que apuestan por el celular y tienen hoy la edad que teníamos nosotros cuando nos cambió la vida.

Y la rabia, acá, encuentra su motivo, que no es la nostalgia. El Diego de carne le dijo que no al poder cada vez que lo tuvo enfrente. Estados Unidos lo vetó dos veces de su territorio; la última, ya retirado, por haberle dicho “chirolita” a Trump: títere, marioneta, el que mueve la boca con la mano de otro adentrodel culo. Negarse a tratar con reverencia al criminal más poderoso del planeta fue una de sus últimas desobediencias. Japón también le cerró las puertas, y la selección argentina canceló una gira millonaria antes que viajar sin el astro. Al Diego el poder lo quiso siempre callado, manso, fuera de cuadro. Nunca pudo comprarlo.

Por eso lo de ahora no es anécdota tecnológica, sino una ironía que no tiene sostén: al hombre que llamó títere a un presidente lo convirtieron, ya muerto, en exactamente eso: un muñeco que repite el libreto de su dueño. No le duplicaron la cara, que es lo de menos. Le falsificaron la desobediencia: lo hicieron decir que sí en el único terreno donde siempre había dicho que no. Vivo era ingobernable –nadie sabía qué genialidad iba a escupir mañana–; muerto es, al fin, un activo manso. El capital no venció al rebelde mientras pateaba. Esperó a que desapareciera de este plano y lo recicló. Compró su aura de insumiso para vendernos sometimiento.

Siempre he pensado que Diego era verdadero porque no era de nadie, ni siquiera de él mismo. Me equivoqué. Al final, tenía dueños: los herederos que firmaron para que la máquina lo hiciera hablar. El mito que creíamos del pueblo tenía sucesión testamentaria. No me ensaño con ellos –cargar el nombre del padre muerto es condena suficiente–, pero el dato parte a la figura por el eje: el Diego que era de todos, en la caja fuerte, era de unos pocos.

Y la trampa se cierra también sobre nosotros. Llevamos décadas tratando al Diego como imagen a mano. Vino Maradona, pasta Maradona, alfajores Maradonita. La IA no inventó ese uso: lo puso en serie y le cobró entrada. Peor: el repudio que ahora sentimos es el que el anuncio necesita, porque la furia comparte, multiplica y viraliza. Enfurecerse frente a la pantalla es, también, hacerles el trabajo gratis. Si nos enternece, ganaron; si nos enfurece, también. Lo único que no les sirve es la indiferencia, y la indiferencia es algo ajeno a Maradona.

Queda, con todo, una cosa que el aparato no supo sintetizar. Nunca van a poderle clonar la desobediencia ni el desacato. No les da. Resucitaron el cuerpo y no la negativa. Por eso es rabia y no vergüenza: la pena sería conceder que ese de la pantalla es él. La rabia, todavía, nos distingue.

Información adicional

Autor/a: Rodrigo Márquez Tizano
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Fuente: La Jornada

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