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El estigma como estrategia

Recientemente, la secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, retomó la rutina de tantos otros funcionarios estadounidenses al ocultar su ignorancia sobre un tema o un país, acudiendo a la estigmatización de casos que por sus características exigirían mayor rigor, prudencia y sofisticación.

Alude a que México se ha “colombianizado”, debido a que su monumental problema del narcotráfico –en gran medida generado por el insaciable apetito por las drogas de los estadounidenses y alimentado por la venta descontrolada de armas ligeras, que se expenden con facilidad en territorio de Estados Unidos– hace que hoy México sea, en sus palabras, “la Colombia de hace veinte años”.

De forma habitual, y para producir un efecto simbólico interno, los gobernantes en Washington recurren a calificativos sintéticos y simplistas que confunden en vez de aclarar. Cada cierto tiempo aparece un “Hitler” (Saddam Hussein, Hugo Chávez), se está ad portas de un “holocausto” (en Haití o Sierra Leona), profetizan que un país (latinoamericano, asiático o africano) va hacia la “libanización” (lo que sería su fragmentación y polarización). Con frecuencia anuncian también que se debe evitar el “apaciguamiento” (en Medio Oriente o el sudeste de Asia) que envalentona a los “tiranos” (que se expanden sólo por la periferia), que es urgente contener un nuevo “eje del mal” (como en su momento fue la URSS y sus aliados más cercanos), o que debe revertirse a cualquier costo el “efecto dominó” de un fenómeno (como si los países transmitieran por ósmosis sus problemas a un vecino y tuvieran como destinatario último afectar a Estados Unidos). Finalmente remarcan el peligro del “populismo radical” (que todo lo degrada a su paso).

Esa forma de manifestarse es parte de la diplomacia de la estigmatización, que menoscaba a un país recurriendo a términos antojadizos. Es la antesala de decir que el “otro” es un Estado fallido o canalla, que vive una situación que afecta un interés vital de Estados Unidos y que ante la ineptitud o la malicia de sus gobernantes debe ser sometido a algún tipo de cuarentena internacional: la eventual solución proviene de afuera y generalmente implica el uso de la mano dura.

En este caso particular, Clinton demuestra un alarmante desconocimiento. Los modos en que se ha gestado y expandido el narcotráfico en Colombia y en México son distintos: en el caso colombiano, los carteles surgieron y prosperaron en una sociedad fracturada y en el marco de un Estado débil; en el caso mexicano, los barones de las drogas emergieron, en buena parte, con el aval de un Estado presuntamente fuerte, pero erosionado por los niveles de corrupción e incompetencia. Además, Clinton no tiene en cuenta que el narcotráfico tiene una enorme capacidad adaptativa para forjar nuevas alianzas estratégicas y que mientras Estados Unidos se obsesionó con los capos colombianos, los narcos mexicanos tuvieron la oportunidad y la voluntad de incrementar su cuota de control del mercado de drogas. Tampoco extrae Clinton ninguna enseñanza de Colombia que pudiese servir para México: por ejemplo, el auge del crimen organizado en Colombia mostró que se trataba de un problema de gobernabilidad: si no se dedican más recursos a la institucionalidad democrática y al mejoramiento de las políticas públicas en el frente social, la criminalidad perdura, se degrada el sistema político y se exacerba una subcultura de la ilegalidad. La secretaria de Estado se confunde también con la solución al drama mexicano. En términos de la lucha antidrogas –no de su componente antiinsurgente—, el Plan Colombia ha sido un fracaso. Sugerir que el Plan Mérida para México –que es idéntico, en esencia, al Plan Colombia– es la alternativa viable y necesaria es un error mayúsculo.

En todo caso, hasta que no se altere el paradigma prohibicionista, los países, incluido Estados Unidos, seguirán sufriendo las consecuencias de una “guerra contra las drogas” que ha tornado adictos a civiles y militares en Estados Unidos: la economía política del narcotráfico sigue mostrando que en esta, como en otras cuestiones, hay muy pocos ganadores y muchos más perdedores.

 Por Juan Gabriel Tokatlian *
Profesor de la Univ. Di Tella. Miembro del Club Político Argentino.

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