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El huevo y la gallina. Israel y los palestinos

El huevo y la gallina. Israel y los palestinos

¿Por dónde empezar? ¿Acaso con las manchas de sangre derramada en el piso del salón, el sofá y las escaleras, la sangre de los miembros de la familia Salomón que fueron asesinados el viernes 21 por Omar el Abed, un joven palestino al que la abuela Tovah Salomón le abrió la puerta sonriendo pensando que era otro invitado que se sumaba al festejo por el nacimiento del nuevo nieto?

O quizás debamos empezar unas horas antes. Cuando el joven del poblado palestino de Kobar en Cisjordania y simpatizante de Hamas escribió en su página de Facebook: “Mamá, papá, hermanos, perdónenme. Estoy camino a beber de las aguas del manantial del paraíso. Estoy camino a realizar un atentado por lo que ocurre en la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén”.

Omar, que había sido detenido en varias oportunidades por los servicios de seguridad palestinos por manifestarse en contra de la Autoridad Palestina y su presidente Majmud Abas, acusándolos de colaborar con Israel, escribía en su página de Facebook: “Aún no tengo 20 años, amo a la vida y amo alegrar a la gente. Pero qué vida hay después de ver lo que ellos hacen en Al Aktza (la Explanada de las Mezquitas) y la matanza de mujeres y jóvenes palestinos”, preguntaba Omar a sus lectores. “Yo tengo sólo un cuchillo (…) si no abren las puertas de Al Aktza, muchos son los que me seguirán”, concluyó.

Luego de escribir estas líneas salió a pie de Kobar rumbo a Jalamish, una colonia israelí instalada en 1977 en Cisjordania ocupada. En minutos atravesó el alambrado electrónico que rodea el poblado sin ser detenido y 14 minutos después Omar ya había llegado a la casa de la familia Salomón y comenzado su anunciada venganza, matando a Iosef (de 70 años), a su hija Aya (de 46) y su hijo Elad (35), y dejando malherida a Tovah, antes de que un vecino, sargento en servicio, le disparara desde la ventana.

Pero quizás debamos comenzar por los acontecimientos del domingo 16 de julio. Hasta ese día, detectores de metal –como los que existen en los aeropuertos y entradas a lugares públicos en miles de lugares del mundo– nunca habían sido instalados en la entrada de Al Aktza, en Jerusalén, el tercer lugar en santidad para el mundo musulmán. Seis días antes de la matanza en Jalamish el gobierno de Biniamin Netaniahu había decidido romper el delicado statu quo en el llamado “triángulo sacro” para los musulmanes, judíos y cristianos, colocando estos detectores de metal de paso obligatorio para todo quien quisiera entrar a rezar en la Explanada de las Mezquitas, lo que provocó un rechazo generalizado que se extendió de Jerusalén a todo el mundo musulmán.

Las autoridades religiosas musulmanas –apoyadas por la Autoridad Palestina– se negaron a pasar por los detectores de metal camino a las mezquitas y prohibieron a sus feligreses hacerlo. Protestaron civilmente oficiando las ceremonias religiosas frente a los polémicos detectores, a los policías israelíes y a las cámaras de tevé del mundo entero. La protesta civil desencadenó también protestas violentas reprimidas por policías y soldados israelíes, con un saldo de varios muertos palestinos en Jerusalén y varias localidades en Cisjordania.

Desde el primer momento se filtró a los medios israelíes que la decisión de colocar los detectores de metal se produjo en contra de las recomendaciones de los servicios de inteligencia y seguridad, e incluso de las fuerzas armadas israelíes, que preveían la reacción que generaría a nivel local y en el mundo árabe y musulmán.

Cabe entonces la pregunta ¿por qué el gobierno israelí ignoró estas recomendaciones y decidió actuar en nombre de la seguridad? La respuesta está en aquella famosa expresión de Henry Ki¬ssinger, ex secretario de Estado estadounidense:“Israel no tiene política exterior sino sólo interior”. Los gobiernos israelíes impulsan políticas de seguridad interior –tal como otros gobiernos se vuelcan a la política exterior cuando se encuentran en aprietos a nivel nacional– muchas veces para saciar las ansias de venganza circunstancial por muertos en un atentado o por temores atávicos sembrados en las almas de los israelíes durante 2 mil años de persecuciones, y no por el interés del Estado.
Y en este caso –y quizá ahí debiera empezar el relato de esta última escalada de violencia– lo que llevó a Netaniahu a aceptar las presiones del ala más dura de su gobierno fue la muerte de dos policías que hacían guardia en la entrada de la Explanada de las Mezquitas, el viernes 14. Ambos fueron sorprendidos y matados por la espalda por tres ciudadanos árabes israelíes que habían llegado armados desde dentro de la zona sacra y luego intentaron escapar hacia las mezquitas, pero fueron abatidos por los disparos de otros policías israelíes.

¿Pero, realmente podemos empezar el relato con la muerte de los dos policías israelíes?, ¿o con la instalación dos días más tarde de los detectores de metal bajo la protesta palestina y el fastidio de los servicios de seguridad israelíes que alertaron sobre la potencial explosión de violencia que dejaría muertos y heridos palestinos e israelíes?
¿O acaso debemos retornar miles de años atrás, a los relatos bíblicos de los ancestros, en los que Abraham –el primer judío– echa al desierto a su concubina reconocida, Hagar, y al hijo de su relación, Ismael, que se convertiría en patriarca del mundo musulmán?

De ninguna manera. Ni lo tan reciente como las muertes de israelíes y palestinos en las últimas semanas ni la cruel y milenaria conducta de Abraham frente a Hagar e Ismael nos explica la esencia del conflicto árabe-israelí, y menos aun el conflicto israelo-palestino. Ni la esencia, ni la salida posible del conflicto que extremistas de ambos bandos buscan mostrar como imposible de solucionar sino es por la de¬saparición del enemigo.

Pero sí existe un pecado original, y este cumple en estos días 50 años. No nos referimos a lo que se llamó en su momento la Guerra de los Seis Días, aquella de junio de 1967 cuando Israel derrotó a los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria ocupando territorios de estos tres países al término de la batalla. Nos referimos al séptimo día, aquel que el filósofo Ishayahu Leivobich definió como “la tragedia”.

Leivobich –con una visión que fue duramente combatida por el establishment israelí cuando este profesor lo acusó, pocos meses después de la guerra, de emborracharse con la victoria y emborrachar al pueblo con ella– explicaba que aunque se demostrase justa la salida de la Guerra de los Seis Días por la amenaza que se cernía sobre Israel, eso no le quitaba la tragedia del período inmediatamente posterior a la guerra. El gobierno israelí, que en un primer momento sostenía que los espacios ocupados –que en superficie superaban su propio territorio– le servirían como cartas a jugar en las tratativas por la paz, luego cedió a las presiones de ultranacionalistas religiosos y mesiánicos y aprobó las primeras colonizaciones civiles en Cisjordania, a la que llamó “la tierra de nuestros ancestros” o “la tierra de Israel completa”.

En aquellos tempranos días en que los israelíes aún recordaban el temor a la desaparición del Estado (en los meses de la preguerra, cuando la alianza Egipto-Jordania-Siria le hizo preparar al rabinato israelí parques para convertirlos en cementerios para civiles) Leivobich presagió que el doblegamiento por las armas de millones de palestinos deformaría a la sociedad israelí, destruiría su joven y aún frágil democracia, convirtiendo a los que fueron David en matones a lo Goliat, porque sólo así pueden ser los opresores.

Leivobich, en su profética visión, se refería a aspectos morales y no a aspectos legales de la ocupación civil de los territorios ocupados en los seis días de junio. El derecho internacional permite en situaciones de posguerra mantener temporalmente territorios en poder del país triunfante, pero sólo hasta que se llegue a un acuerdo por vías diplomáticas, y prohíbe toda expulsión o movilización de habitantes originarios de sus hogares, y más aun prohíbe la instalación de población civil del país ocupante en los territorios ocupados. Y ha sido exactamente esto lo que han sancionado –de una u otra manera– todos los gobiernos israelíes desde 1967 hasta el día de hoy.

La negación de la ilegalidad de su conducta por parte de los gobiernos israelíes, utilizando todo tipo de artimañas legales (que merecen una nota aparte), esa misma situación de darle la espalda al derecho internacional, minó con el tiempo la legalidad de su propia posición en la opinión pública mundial.

Paradójicamente, los gobiernos de Israel, y especialmente el gobierno de la derecha, ultraderecha y religiosos al mando de Biniamin Netaniahu (que fuera reelecto por tercera vez), minan su propia legalidad, al desconocer las leyes e instituciones internacionales que les permitieron existir.

Hace exactamente 50 años comenzó en Israel una guerra civil de baja intensidad. Una guerra entre un populismo nacionalista embriagado por la victoria y quienes desde el vamos vieron los peligros del embrutecimiento que llevó a la ocupación y doblegamiento de otro pueblo. En esa guerra, el populismo de la derecha ultranacionalista y patriotera lleva las de ganar. La definición de toda crítica contra la política del gobierno israelí, a nivel de la opinión pública, y todo atentado con cuchillo, destornillador o cinturón explosivo como una continuación de las persecuciones antisemitas y el Holocausto dan resultado en boca de Netania¬hu. Ese éxito le permite aprobar leyes cada vez más cercenadoras de la democracia israelí, del derecho a disentir, acusando de traidores a quienes acusan, testimonian y exponen la dura realidad.

Pero la guerra, la guerra que cumple hoy 50 años, aún no está perdida. Partidos políticos de izquierda y 120 Ong israelíes que trabajan por la paz y los derechos humanos continúan la lucha. Lo hacen en las urnas, pero también en el terreno, en manifestaciones en contra de las acciones del gobierno. Millones de judíos en el mundo, que generalmente tienden a apoyar visceralmente a Israel, ven enfrentada su moral judía humanista con la política del gobierno de Netaniahu, que dice representar no sólo a los israelíes sino a todos los judíos del mundo.

Y muchos son los que dicen: “Basta. Netaniahu y su gobierno no me representan”. Lo dicen judíos fuera de Israel y lo dice una buena parte de los israelíes, aquellos que siguen dando batalla dentro de Israel, buscando en el mundo a quienes los apoyen en la batalla y no a quienes llaman a destruir a Israel por la política de su gobierno. Estos últimos sólo ayudan a Netaniahu a mantenerse en el gobierno.

1. El jueves en la tarde los palestinos y el mundo musulmán festejaban el revés de Netaniahu, quien ordenó retirar los mismos detectores de metal de la entrada a la Explanada de las Mezquitas que un día antes había declarado como “imprescindibles medidas de seguridad”. Se vio obligado a hacerlo ante la magnitud de la protesta palestina, las presiones del mundo árabe y de Estados Unidos, y las recomendaciones de los servicios de seguridad israelíes, que desde el vamos señalaron que causarían protestas, heridos y muertos palestinos e israelíes, lo que efectivamente pasó.

Hay quienes dicen en Israel despectivamente, respecto de los árabes, que “sólo entienden a la fuerza”. Se podría decir lo mismo de Netaniahu.

Información adicional

Autor/a: Sergio (Shlomo) Slutzky
País:
Región: Medio Oriente
Fuente: Brecha

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