La Administración kurda del noreste de Siria quedó al borde de la extinción desde que el Ejército Sirio avanzara sobre gran parte del territorio que controlaban desde la guerra contra el ISIS. Arrinconados en Kobane y, separadamente, en Hasaka, al este, los kurdos soportaron un largo asedio mientras se desarrollaban negociaciones para evitar un baño de sangre. De una u otra manera, el proyecto autónomo que representó una alternativa política en la zona e ícono de resistencia a nivel mundial se está desintegrando.
Aunque el gobierno de transición encabezado por Ahmed al-Sharaa y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) kurdas acordaron varias veces un alto el fuego, las luchas internas y las tensiones en el terreno continúan. Las FDS llamaron a la movilización general de los kurdos para defender lo que queda de su autonomía en medio de las ofensivas militares del gobierno, mientras Damasco busca absorber bajo su órbita el territorio fragmentado durante la guerra.
La operación militar comenzó en Alepo tras el vencimiento del plazo del 31 de diciembre estipulado por los acuerdos de Damasco del 10 de marzo, donde las FDS y sus territorios comenzaron un proceso de integración política y militar al resto de Siria. La hoja de ruta firmada entre el presidente interino sirio Ahmed al-Sharaa y Mazloum Abdi, jefe de las FDS, con la mediación de Washington, naufragó durante todo 2025, a pesar de algunos avances iniciales.
En los primeros días de Enero, las conversaciones volvieron a fallar. Las fuerzas armadas gubernamentales rodearon los barrios de mayoría kurda de Sheikh Maqsoud y Ashrafiyeh, en Alepo antes de que se desatara un infierno. El fantasma de la guerra volvía a acosar a todos los sirios. Durante cinco días, los combates desplazaron a más de 150.000 civiles, hasta que se acordó un corredor para que cientos de combatientes de las FDS se retiraran hacia el este.
El escenario bélico se había desplazado hacia Deir Hafer, la última línea de posiciones en la gobernación de Alepo en manos de las FDS. Paralelamente, Ahmed al-Sharaa anunció un decreto que reconocía todos los derechos democráticos kurdos exigidos desde hace décadas, celebrado por muchos kurdos y que dejó políticamente desarmadas a las FDS. Tras mucha presión militar y movilización de tropas simultáneamente hacia Raqqa y Deir Ezzor, las FDS acordaron retirarse, empujados por una insurrección de tribus árabes en esas regiones. Entre el 17 y el 18 de enero, las FDS perdieron aproximadamente el 80 % de su territorio, tras la deserción del 70 % de su fuerza de combate, compuesta por combatientes árabes, para unirse al gobierno de Damasco.
Es evidente que, durante las negociaciones en curso, las autoridades sirias estaban desarrollando un plan para lanzar primero una operación militar en Alepo y luego extenderla a otras zonas controladas por las FDS, coordinada con Estados Unidos y Turquía. Pero esto no habría podido lograrse sin el rol de varias tribus árabes, que llevan tiempo en contacto con al-Sharaa, en Deir Ezzor y Raqqa, que representan alrededor del 80 % de la población de esa región.
El sueño de Rojava
Cuando el régimen de Bashar al-Assad colapsó a fines de 2024, Siria quedó gobernada por Hayat Tahrir al-Sham, uno de los grupos armados islámicos de oposición más importantes que combatió al régimen durante la última década. Sin embargo, el gobierno de transición que se formó en Damasco nunca logró controlar el paisaje fragmentado de Siria. Por el contrario, aunque utilizó el famoso eslogan del proceso revolucionario de 2011, “el pueblo sirio es uno”, los reacomodamientos políticos provocaron nuevas rupturas geográficas y etnorreligiosas tras las ampliamente documentadas masacres en las provincias costeras de Latakia y Tartus, de mayoría alauita, y al sur, en Suweida, de mayoría drusa.
Pero el noreste tiene una complejidad distinta. La retirada de las fuerzas de Assad en 2012 generó un vacío estatal y de seguridad que obligó a los distintos partidos kurdos a formar las Unidades de Protección Popular (YPG), con vínculos con el PKK turco y el PYD iraquí. Al año siguiente fundaron la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES), conocida como Rojava, en Afrin, Kobane y Al-Jazira (los alrededores del Éufrates), otorgándole autodeterminación relativa al pueblo kurdo en Siria.
La Constitución interina de Rojava establecía un estado confederal de convivencia pacífica entre los distintos grupos étnicos y religiosos, como circasianos, árabes, armenios, asirios y turcomanos. Además, otorgaba un 50 % de representación a las mujeres en los espacios de poder, lo que constituía un cambio profundo teniendo en cuenta las estructuras tribales y patriarcales de la región. Fue un movimiento leído como separatista por otras fuerzas durante la guerra, lo que le trajo varios enemigos, a pesar de que reiteradas veces declararon que no buscaban un Estado aparte.
La proliferación de grupos yihadistas en la cuenca del Éufrates fortaleció la presencia del ISIS. Para Estados Unidos era prioritario que el ISIS deje de controlar los pozos de petróleo de la región. Sin embargo, el avance de la organización llegó a asediar a Kobane hasta 2015. Las YPG recuperan la ciudad gracias al invaluable apoyo de otras facciones y de la aviación norteamericana. Ese año, las YPG cambiaron de nombre a Fuerzas Democráticas Sirias (FDS, por sus siglas en inglés) para adaptarse a las exigencias de Estados Unidos, que intentaba disuadir la presión de Turquía, que las consideraba una organización terrorista.
La determinación del pueblo kurdo, el apoyo en inteligencia, armas y asistencia humanitaria de Estados Unidos, permitieron a las FDS conquistar la icónica ciudad de Raqqa en 2017, considerada la capital del califato. Pero no solo aportaron a la derrota militar y territorial del ISIS: también funcionaron como un paraguas protector frente a enfrentamientos con otras facciones de la oposición armada a Assad y, en menor medida, frente a las intenciones de Turquía.
Por otro lado, la guerra contra el ISIS dejó decenas de miles de desplazados presuntamente vinculados a la organización, distribuidos en campos en todo el noreste bajo custodia kurdo-estadounidense. La mayoría, mujeres y niños, viven desde 2019 en los campos de Al-Hawl y Al-Roj, dependiendo de la ayuda humanitaria, con crecientes recortes presupuestarios que recayeron sobre los kurdos. Mientras tanto, unos 14.000 prisioneros de ISIS permanecen en cárceles de máxima seguridad en Sinaa, Shadadi y Aqtan, donde esperan, en algún momento, reconstruir el Estado Islámico.
La lucha contra el ISIS llegó a cubrir toda la ribera oriental del Éufrates, alcanzando Deir Ezzor, una porción de territorio que acumula importantes reservas de petróleo, agua y tierras fértiles, vitales para la producción de trigo y algodón. Desde allí construyeron su propio proyecto político y de gobernanza, basado en el cooperativismo, desde donde plantearon un Estado confederal a Damasco.
Islas sin puentes
El escenario internacional dejó al proyecto kurdo aislado, pero fue la inconsistencia en ganar apoyo popular entre los árabes lo que sentenció su futuro. La rivalidad tiene raíces desde que Hafez al-Assad tomara el poder. En 1974, el padre de Bashar buscó destruir la identidad kurda cambiando la composición demográfica de las zonas kurdas mediante el proyecto del Cinturón Árabe. Este consistía en confiscar tierras agrícolas kurdas a lo largo de la frontera sirio-turca en Hasaka para entregarlas a campesinos árabes que habían jurado lealtad a Hafez, empujados desde las provincias de Raqqa y Alepo, luego de inundar esa región con agua del lago de la presa del Éufrates.
El objetivo era evitar la existencia de una clase de pequeños terratenientes kurdos. La discriminación y marginación se reflejó en la falta de empleo y el desplazamiento étnico para evitar cualquier intención de autodeterminación nacional kurda. Este conflicto de clase es la base de la rivalidad entre árabes y kurdos a lo largo de la cuenca del Éufrates.
Bajo el régimen de Bashar al-Assad, el liderazgo de las tribus se debilitó para permitir que el régimen Baaz dominara la región, mientras que en varias oportunidades colaboraron con el Ejército en la represión a los kurdos. Aunque el rol de los jefes tribales se limitaba a resolver problemas de la vida cotidiana (arreglar bodas o problemas personales), demostraron tener un peso decisivo para volcar la balanza. Durante la guerra en Siria, el desmembramiento del Estado permitió que se fortalecieran los liderazgos locales, al convertirse en una estructura eficaz para movilizar combatientes bajo diferentes banderas.
El margen de poder de las confederaciones de tribus recae en que forman parte de grandes redes de clanes que pueden abarcar toda la península arábiga. Esto permite que se financien con dinero proveniente del Golfo, el contrabando de armas y oro, por lo que manejan grandes cantidades de capital y tienen ejércitos personales.
La brutalidad de ISIS mató a miles de miembros de las tribus, que son también musulmanes sunitas, lo que generó gran presión sobre los jeques para tomar medidas desde 2014. Los comandantes kurdos fueron muy hábiles al utilizar las reivindicaciones tribales contra ISIS. Por ejemplo, la tribu Shaitat sufrió más de mil ejecuciones a manos del Estado Islámico en 2014, ya que ellos también se apoyaban en estructuras tribales rivales, como la sección Amr Rafdan de la tribu Bukayr en la cuenca del Éufrates.
Los sheiks árabes de tribus como Shammar, Tayy o Bagara, probablemente las tribus más poderosas, aportaron grandes contingentes de soldados durante la guerra contra ISIS, como la milicia Sanadid, que cuenta con más de 6.000 soldados. La alianza con las FDS fue fundamental para derrotar a ISIS, pero también pragmática. Vieron en las FDS un canal para acceder a privilegios y un reparto de tierras que ofrecía el YPG como base de las reivindicaciones kurdas. Desde entonces, la continuidad de Rojava se sostuvo también gracias a acuerdos verticales con los jefes, que preferían a las FDS antes que al ISIS o a Assad.
Pero desde que Assad llegó a Moscú en diciembre de 2024, algunos jefes respetaron la alianza con la AANES, aunque presionaron para que se inicie el proceso de reunificación de una sola Siria. Sin embargo, otros, como los Ogaidat, desertaron sin pensarlo debido a años de represión a protestas por mejoras económicas, reclutamiento forzado o encarcelaciones sumarias en años anteriores.
Esto llevó a las FDS a formar apresuradamente unidades de seguridad menos tribales, mixtas kurdas y árabes, eludiendo así a los consejos militares locales, que dependen de las estructuras tribales. En Raqqa, por ejemplo, las brigadas locales fueron completamente reemplazadas por unidades de Afrín, compuestas por kurdos que habían sido desplazados por el avance del Ejército Nacional Sirio, respaldado por Turquía, en las zonas de Shahba y Manbij, al norte de Alepo. Mientras tanto, se impuso un toque de queda en Raqqa, la misma ciudad que ISIS había proclamado como su capital. También se reprimieron las celebraciones por la caída de Assad.
La AANES, aunque se ganó legitimidad durante la guerra e impulsó un mayor involucramiento entre kurdos y árabes, priorizó los acuerdos en los hechos con los jefes, quienes se han quejado de no tener representación política y de no tener acceso al control del petróleo, algo que también le exigen al nuevo gobierno. Esto agregó otro tipo de choque, sumado a que la situación económica era desastrosa, sin empleos y con una opresión creciente desde la caída de Assad. Las protestas de las tribus contra la administración por las condiciones de vida se extendían desde hace años, pero fueron reprimidas y perseguidas. Hay miles de encarcelados acusados de ser miembros de ISIS, incluidos niños, sin ningún tipo de prueba.
El cambio internacional
En otra escala la AANES se estrelló contra un fuerte deterioro de sus alianzas internacionales desde que Donald Trump buscara retirar las tropas de Estados Unidos de la región desde su primer mandato en 2019. Pero ahora encontró en al-Sharaa un nuevo interlocutor aceptado por sus aliados del Golfo y Turquía, que antagoniza con Irán y Hezbollah, al tiempo que plantea la no confrontación con Israel. La protección estadounidense a la Administración se fue desmembrando una vez que Trump cerró acuerdos de seguridad relacionados al ISIS, concretando la nueva amistad, dejando una insólita postal al recibir a al-Sharaa, un ex miembro de al-Qaeda, en la oficina oval en noviembre. Mientras tanto, durante todo el año, Estados Unidos y Europa liberaron las sanciones económicas que pesaban sobre el país, aún durante las masacres contra alauitas y drusos.
Estados Unidos venía presionando desde la llegada de Trump por un acuerdo de integración. A pesar de ello, durante los últimos días, cuando las prisiones de ISIS estuvieron al borde de ser tomadas por la fuerza por el nuevo gobierno, se acordó un alto el fuego para garantizar la transferencia de los prisioneros hacia instalaciones en Irak. Una vez más, Estados Unidos priorizó sus propios intereses, ni siquiera utilizó la influencia ganada en Damasco para detener el avance del Ejército.
El discurso de al-Sharaa en la Asamblea General de la ONU, los acuerdos de seguridad con Turquía, las alianzas comerciales con Arabia Saudita y Qatar, y las conversaciones con Israel, aunque siguen sin un rumbo fijo, consolidaron la legitimidad internacional que necesitaba el gobierno de Damasco. Estas condiciones respaldaron ampliamente las decisiones de Damasco de avanzar sobre los kurdos, que, contrariamente, no advirtieron que sus alianzas se estaban desintegrando.
Nuevas reglas, viejos jugadores
El destrono de Al-Assad cambió el juego. Si bien rápidamente se hizo evidente la necesidad de integrar las FDS al Estado sirio, la cuestión de cómo convencer a dos antiguos adversarios con dos proyectos políticos distintos para que se unieran planteó un dilema importante.
Al-Sharaa es descrito como carismático, ambicioso y orientado a centralizar el poder como representante de la comunidad sunita, aunque con fuerzas desorganizadas y que, en última instancia, utiliza las distintas instituciones para mantener el control. Debido a que la coalición que lo llevó a Damasco es amplia y heterogénea, su objetivo estuvo unido por su hostilidad hacia el antiguo régimen y no por objetivos comunes sobre el futuro de Siria. Estas divisiones están muchas veces basadas en el sectarismo arraigado en muchos sectores de la sociedad tras una guerra marcada por esas bases. El sectarismo es utilizado también como un poderoso mecanismo de control social, moldeando el curso de la lucha de clases al consolidar la dependencia entre las clases populares y sus élites dirigentes. Como resultado, las clases populares se ven despojadas de su autonomía política y, en cambio, se definen o participan políticamente a través de su identidad sectaria, como se vio en los sucesos de Latakia y Suweida.
Abdi, en cambio, es reservado, disciplinado y un hijo de la tradición organizativa del PKK, y a pesar de controlar una fuerza militar mejor organizada, los errores de cálculo fueron devastadores. Para él, el Estado sirio es un adversario histórico con un largo historial de represión de la identidad y los derechos kurdos. Fortalecer dicho Estado mediante la aceptación del liderazgo indiscutible de al-Sharaa es visto como contraproducente. Pero la narrativa de una “autonomía permanente” encontró una fuerte deriva cuando al-Sharaa tácticamente firmó un decreto que brindaba a los kurdos los derechos que han reclamado durante años, dejando sin efecto muchas de las demandas que levanta el FDS.
¿El fin de Rojava?
Bajo un asedio que amenazaba con un baño de sangre en Kobane, se alcanzó un nuevo acuerdo de alto el fuego total el 30 de enero, que estipula la integración gradual de las estructuras militares y administrativas kurdas al gobierno central. Aunque muchos detalles siguen sin ser claros de cómo se implementarán, se refiere a los derechos fundamentales de educación y democráticos kurdos, mientras que se toma posesión de las instalaciones estratégicas de la región, como pozos petroleros y aeropuertos. También se formarán brigadas kurdas para las regiones de Kobane y Qamishlo, pero se integrarán bajo el Ministerio de Defensa.
Aunque el acuerdo fue ampliamente bienvenido, también persisten los temores. Desde la caída de Assad, Damasco busca centralizar el poder y sus élites gobernantes han rechazado un camino de inclusión para el futuro de Siria. Bajo el liderazgo de al-Sharaa se cometieron importantes violaciones de derechos humanos, en particular las masacres de las poblaciones alauita y drusa en la costa y en Suweida. Además de estos ataques, las autoridades gubernamentales también intentaron restringir los derechos y las libertades democráticas.
Además, se acusó al gobierno de mantener un discurso agresivo contra los kurdos y las FDS, con denuncias de racismo significativo y de violaciones de los derechos humanos cometidas por las fuerzas gubernamentales y grupos armados afiliados. A pesar de ello, los líderes internacionales sostuvieron su apoyo a Damasco, legitimando y fortaleciendo su poder.
Por el momento, si el acuerdo se cumple, frenaría la guerra civil y las FDS se integrarían al Estado sirio, pero muchas preguntas quedarán en el aire. ¿Qué pasará con el sueño de la autonomía kurda? ¿El gobierno sirio cumplirá sus promesas de respetar los derechos kurdos? Muchos combatientes kurdos, principalmente las divisiones de mujeres que se volvieron el terror de ISIS luego del genocidio Yazidi en Sinjar, siguen declarando que prefieren morir antes que abandonar sus posiciones ante quienes cometieron crímenes contra su comunidad durante las últimas semanas.
Hasta ahora, Damasco ha reducido al máximo el autogobierno kurdo. El escenario sigue abierto, con una Rojava exhausta y dividida frente a un nuevo régimen que no abandonó muchas de las prácticas autoritarias del anterior. El contexto del país sigue siendo un equilibrio frágil, plagado de tensiones que estallan cíclicamente.


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