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Irak: empresa británica vende. La “reconstrucción”, una nueva invasión

NAOMI KLEIN*

BUENAS NOTICIAS salen de Irak: la Oficina de Administración de Programas (PMO, por sus siglas en inglés), que supervisa el uso de los 18 mil 400 millones de dólares destinados a fondos de reconstrucción, finalmente se puso un objetivo que sí puede lograr. Seguro: el servicio de electricidad está en los niveles más bajos que antes de la guerra, las calles son ríos de drenaje y se despide a más iraquíes de los que se contrata.
Ahora la PMO firmó un contrato con la empresa mercenaria británica Aegis para proteger a sus empleados de “asesinato, secuestro, lesiones y –escuchen– vergüenza”. No sé si Aegis tendrá éxito en proteger a los empleados de la PMO de un ataque violento, ¿pero de la vergüenza? Yo diría que ya cumplieron con la misión. La gente que está a cargo de la reconstrucción de Irak no puede sentirse avergonzada porque no tiene vergüenza.
En los días anteriores al underhand del 30 de junio (perdón, pero no puedo llamarlo handover**), los poderes de ocupación estadunidense fueron descarados en sus esfuerzos por robar dinero que, se supone, sería destinado a ayudar a la gente asolada por la guerra.
El Departamento del Estado tomó 184 millones etiquetados para proyectos de agua potable y los trasladó al presupuesto de la nueva y suntuosa embajada estadunidense en el antiguo palacio de Hussein. Como le faltaban mil millones, el subsecretario de Estado adjunto, Richard Armitage, dijo que quizá tuviera que “robarle a Pedro para pagarle a Pablo***”. Pero le está robando al pueblo iraquí, que enfrenta “masivos brotes de cólera, diarrea, nausea y piedras en los riñones” por tomar agua contaminada, según un estudio de Public Citizen.
Si el jefe de la ocupación Paul Bremer y su personal fuesen capaces de avergonzarse les daría un poco de pena gastar sólo 3 mil 200 millones de dólares de los 18 mil 400 millones que el Congreso asignó a esta tarea –esta es la razón por la que la reconstrucción va tan desastrosamente atrasada.
Bremer dijo que el dinero sería gastado cuando Irak fuera soberano, pero al parecer alguien tuvo una mejor idea: distribuirlo en los próximos cinco años para que el embajador John Negroponte pueda usarlo e influir en el futuro. Con 15 mil millones pendientes por utilizar, ¿es probable que los políticos iraquíes digan no a las demandas estadunidenses para establecer bases militares e impulsar “reformas” económicas?
Además de que no han querido desprenderse de su propio dinero, los desvergonzados no han tenido escrúpulos para echar mano de los fondos que pertenecen a los iraquíes. Tras perder la batalla por el control del dinero del petróleo iraquí después del underhand, las autoridades de ocupación tomaron 2 mil 500 millones de dólares de estos ingresos y gastan el dinero en proyectos que supuestamente están cubiertos con dólares de los contribuyentes estadunidenses.
Pero si los escándalos financieros le hicieran ruborizar, la reconstrucción de Irak sería mortificante. Desde el comienzo, sus arquitectos rechazaron que los iraquíes recuperaran su país con un proyecto de obras públicas al estilo New Deal. En vez de esto, se tomó como un experimento ideológico de privatización. El sueño era que las empresas multinacionales, la mayoría de Estados Unidos, entraran y apantallaran a los iraquíes con su rapidez y eficiencia.
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Los iraquíes vieron otra cosa: los empleos que necesitaban eran tomados por estadunidenses, europeos y sudasiáticos; las carreteras se llenaron de camiones que traían suministros de plantas extranjeras, mientras que a las plantas iraquíes no se les proveía ni de generadores de emergencia.
Como resultado, la reconstrucción no se vio como una recuperación de la guerra, sino como una extensión de la ocupación, una invasión extranjera de otro tipo. Y así, conforme crecía la resistencia, la reconstrucción en sí se volvió uno de los principales blancos.
Los contratistas se han comportado como ejército invasor, construyendo fortalezas en la Zona Verde y rodeándose de mercenarios. Ser odiado es caro. Los costos de seguridad se están comiendo 25% de los contratos de reconstrucción –dinero que no se invierte en hospitales, plantas de tratamiento de agua o redes telefónicas.
Mientras tanto, los agentes de seguros que venden pólizas por muerte repentina a los contratistas, que han duplicado sus primas, y los costos de seguros representan hasta 30% de la nómina. Eso significa que muchas compañías gastan la mitad de sus presupuestos en asegurarse y armarse contra la gente a la que supuestamente van a ayudar.
Según Charles Adwan de Transparencia Internacional, citado en el programa Marketplace de Radio Pública Nacional, “al menos 20% del gasto estadunidense en Irak se pierde en corrupción”. ¿Cuánto queda para la reconstrucción? Ni saque cuentas.
En lugar de ser modelos de rapidez y eficiencia, los contratistas parecen bestias pesadas que cobran más de la cuenta y tienen un desempeño tan deficiente que casi no pueden moverse por miedo al odio que han ayudado a generar. El problema rebasa los informes de choferes de Halliburton, que abandonaron camiones de 85 mil dólares en la carretera porque no traían llanta de refacción.
A los contratistas se les acusa también de jugar un papel importante en la tortura de prisioneros en Abu Ghraib. Una histórica demanda colectiva, interpuesta por el Centro por Derechos Constitucionales, asegura que Titan Corporation y CACI Internacional conspiraron para “humillar, torturar y abusar de personas” para incrementar la demanda de sus servicios en los interrogatorios.
Y luego tenemos a Aegis, compañía a la cual se le pagan 293 millones de dólares por salvar a la PMO de la “vergüenza”. Resulta que el director ejecutivo Tim Spicer tiene un pasado un poco vergonzoso. En los noventa ayudó a reprimir a los rebeldes chiítas, colaboró con el golpe militar en Papua Nueva Guinea e ideó un plan para romper un embargo de armas en Sierra Leona.
Si los ocupantes de Irak fuesen capaces de sentir pena habrían creado regulaciones duras. En vez de esto, en el Senado, los republicanos derrotaron un intento por impedir que los contratistas privados interroguen a prisioneros y votaron en contra de imponerles penas mayores si cobraban más de la cuenta. Mientras tanto, la Casa Blanca intenta obtener inmunidad judicial para los mismos contratistas y pide lo mismo para el nuevo primer ministro Iyad Allawi.
Es probable que Allawi esté de acuerdo. Después de todo él es una especie de contratista estadunidense: un ex espía de la CIA que amenaza con imponer una ley marcial, mientras su ministro de Defensa amenaza a la resistencia: “Les rebanaremos las manos y los decapitaremos”.
En una última hazaña, han subarrendado la gobernabilidad iraquí a personajes más brutales. ¿Es esto vergonzoso después de una invasión para derrocar a un dictador? De ninguna manera. Esto es a lo que los ocupantes llaman “soberanía”. Los funcionarios de Aegis se pueden relajar: la vergüenza no va a ser un asunto a tratar.
*Autora de No Logo y Vallas y ventanas.
**Juego de palabras: Handover: entrega de poder. Underhand: en secreto, clandestino.
***Dicho que significa “sacar de un lado para usar en otro”.
(Traducción: Tania Molina Ramírez. Copyright Naomi Klein 2004. Una versión de esta columna fue publicada en The Nation)

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