Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y autor de libros sobre el auge de las extremas derechas y el descaecimiento de los sectores progresistas, el periodista e historiador argentino conversó con Brecha en Montevideo.
El fin de semana pasado tuvo lugar en Montevideo el tercer Congreso Panamericano, una instancia que desde 2024 reúne a legisladores de partidos del continente que se definen como de izquierda o progresistas. Llegaron a Uruguay dirigentes políticos de 15 países, incluidos dos expresidentes, el chileno Gabriel Boric y el colombiano Ernesto Samper. Yamandú Orsi lo inauguró el viernes. Pablo Stefanoni no estuvo en el congreso propiamente dicho, pero presentó aquí el nuevo número de la revista de la que es jefe de redacción, Nueva Sociedad. Publicada desde 1972 en forma bimestral, la revista acaba de renovar diseño en un número dedicado a intentar definir «dónde está la izquierda». En el transcurso de una charla, el jueves pasado en la Huella de Seregni, en la que compartió mesa con Boric y la senadora frenteamplista Constanza Moreira, el argentino lanzó una fórmula ingeniosa: si de auscultar a la izquierda se trata, dijo, en lo que puede haber consenso es en que «ni la izquierda revolucionaria está haciendo revoluciones ni la izquierda reformista está haciendo reforma alguna». A Brecha le agregó: «Y, mientras, las extremas derechas crecen».
(En el conversatorio montevideano del jueves hubo curiosidades: un Boric que había recuperado los aires casi juveniles y rebeldones de las movilizaciones estudiantiles chilenas de fines de la década pasada y dejado en un placar el empaque que lo distinguió durante su presidencia se sintió autorizado para convocar a las huestes progresistas a abandonar el «fanatismo por la moderación». «Al final, no lleva a ninguna parte», agregó, sin que presentara sus dichos como una autocrítica. Sonó raro, pero levantó ovaciones de una asistencia que, en buena parte, estaba constituida por participantes del congreso progre. Hubo también ovaciones para Constanza Moreira cuando convocó a no olvidarse del «pequeño Uruguay» que en este sur lejano «resiste». Cuesta hacerse una idea de esa resistencia. Era un público cautivo.)
Pero es en el reverso de las parálisis de las izquierdas que se ha especializado últimamente Stefanoni. Primero, con ¿La rebeldía se volvió de derecha?, un libro publicado en 2021 que ya ha agotado varias ediciones, y luego, en mayo pasado, con Un fantasma recorre el mundo: cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla),ambos editados por Siglo XXI, el historiador y periodista se ha adentrado en el estudio del auge de las derechas extremas en todo el mundo. Se trata de un fenómeno que, dice, «por supuesto, no se puede explicar sin ver qué hicieron o qué no hicieron las izquierdas para que ese crecimiento tuviera lugar». Esas fuerzas, en muchos casos, se instalaron en los territorios –tanto físicos como simbólicos o discursivos– dejados libres o abandonados por el progresismo.
AQUELLOS PAYASOS
Cuando Stefanoni comenzó a escribir ¿La rebeldía…?, en época de pandemia, varios de los personajes que luego encarnaron lo que algunos han llamado ola parda eran mayoritariamente considerados poco menos que unos burdos histriones que no tenían posibilidad alguna de consolidarse. Sus partidos, y otros de cuño similar, aunque estaban en franco crecimiento, distaban grandemente de su saludable estado actual. «Algunos se preguntaban si no estaba exagerando. Yo mismo lo hice. Javier Milei todavía no había despuntado en Argentina. Alguien como el oscuro pensador del reseteo de las democracias Curtis Yarvin no era más que un excéntrico marginal. Hoy los dos son exitosos. Este segundo libro puede ser leído, en ese sentido, como una continuación del primero, ahora con muchos de estos tipos, que tal vez no hayan dejado, en cierta manera, de ser payasos, instalados en el poder y confluyendo en los hechos a pesar de todas las diferencias que los separan.» Lo más significativo que ocurrió entre 2021 y 2026, dice Stefanoni a Brecha, es que en amplias zonas del mundo occidental estas fuerzas han desplazado a las de la derecha tradicional. Les han pasado por arriba y las han subordinado: «Ahora forman parte del escenario político institucional de una forma desconocida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ya no son una anomalía del sistema: lo integran. Verlas como una moda pasajera sería un error, porque aun cuando se las saque del poder o no lo hayan alcanzado tienen un peso considerable, como sucede en Brasil con el bolsonarismo o en Francia con Marine Le Pen. Han corrido los límites de la política de manera durable».
Cuando enuncia que hay «un fantasma que recorre el mundo» para hablar de esta «neorreacción», el argentino dice hacerlo, en parte, para dar cuenta de la fuerza actual del fenómeno y, en parte, para traer a colación aquella famosa frase inicial del Manifiesto comunista. «La extrema derecha de la que hablamos, toda ella, de Donald Trump a Javier Milei, de Jair Bolsonaro a Abelardo de la Espriella, de Vox o Isabel Díaz Ayuso a José Antonio Kast, de Giorgia Meloni a Marine Le Pen, y también tecnooligarcas como Peter Thiel o Elon Musk o pensadores como Curtis Yarvin confrontan con un comunismo fantasmagórico, como si hoy estuviéramos en la época de la Guerra Fría.»
LA INUNDACIÓN
Stefanoni piensa que hay, en efecto, una «máquina de guerra» ideológica de estas extremas derechas. «Disponen de fundaciones, medios de comunicación, instituciones; influencers las propagan, tecnomagnates las financian, pero no es que haya un titiritero detrás manejando piolines o un malo apretando botones o una estructura central. Capaz que es hasta peor: hay en acción una especie de ecosistema que se reproduce un poco por todos lados, un ecosistema descentralizado», gracias, en gran parte, a internet y las redes sociales. Es en ese espacio virtual, en el que «las emociones priman», que se concreta aquello a lo que se refirió Steve Bannon, el operador político de Trump: «Inundar la zona de mierda», generalizando la xenofobia, el racismo, las fake news, el antifeminismo («no ya tanto el odio al gay o la lesbiana, pues hay gays y lesbianas en las dirigencias de estos grupos», dice Stefanoni). «No es que tengan un proyecto político demasiado articulado. Son muy distintos entre sí. Basta constatar, por ejemplo, que en el Parlamento Europeo no hay un solo grupo de extrema derecha, sino tres. Unos son más estatistas; otros, más puramente neoliberales; algunos quieren codearse con la derecha tradicional; otros la rechazan. Pero han logrado transmitir esa sensación de que funcionan como una aplanadora coordinada.»
Estados Unidos –la administración de Trump, muy especialmente– actúa, sin embargo, en los hechos como la encarnación imperial de la maquinaria de guerra ideológica de esta galaxia para gran parte de sus actores –los latinoamericanos sin excepción, algunos de los europeos–, pero es Israel quien realmente los unifica. A todos, inclusive a aquellos grupos que, apenas unos años atrás, destacaban por un antisemitismo sin fisuras y que hoy aparecen como los campeones de la defensa de un estado «blanquizado», al que ven como «la verdadera retaguardia de Occidente» frente a musulmanes y migrantes. «Sin mirar a Israel no se puede entender a las nuevas extremas derechas», apunta Stefanoni.
ISRAEL COMO PARADIGMA
El capítulo dedicado a Israel («Israel über alles: ¿qué significa el hipersionismo de las derechas?») ocupa alrededor de un tercio de Un fantasma recorre el mundo. Es de los más largos del libro. «Sin embargo, en la mayoría de las entrevistas que me han hecho en estas semanas, es sobre el que menos me han preguntado», dice Stefanoni a Brecha. ¿A qué obedece? «Y, bueno, es un tema que la derecha evita y que divide profundamente al progresismo. Hay un problema en muchos de los sectores progresistas a la hora de definir como genocidio lo que está sucediendo en Palestina.
En Alemania se llega a extremos: la enorme mayoría de los partidos, incluidos la socialdemocracia y los verdes, están completamente alineados con Israel, y en el país se han ido construyendo dispositivos para cancelar, censurar, reprimir y marginar a las disidencias, aunque provengan de movimientos judíos antisionistas que rechazan que Israel los represente. Es sorprendente ver a funcionarios del Estado alemán –nada menos que el Estado alemán– castigar por antisemitas a judíos que protestan por atrocidades que se cometen en su nombre.» Alternativa por Alemania, el gran partido ascendente de la ultraderecha, aislado –aunque cada vez menos: la realpolitik obliga a alianzas– por el resto del sistema político por tener en su interior a sectores francamente neonazis, participa, sin embargo, del consenso construido en torno a la defensa de Israel.
Stefanoni está al tanto de los devaneos del gobierno uruguayo respecto a Israel, los palestinos y un genocidio que no se quiere nombrar. «No lo entiendo», admite. «¿Hay intereses de por medio, miedo? ¿Qué sucede?»
En las derechas duras, la adhesión a Israel es, ante todo, ideológica. «Para el nacional-conservadurismo global la patria de Benjamin Netanyahu representa hoy un modelo de soberanía étnica y también un laboratorio de seguridad. La ven como vanguardia y como reaseguro. El lugar del enemigo, que décadas atrás ocupaban los judíos como elemento de disolución de la civilización occidental, ahora lo ocupan el migrante, el musulmán, el palestino y quienes los defienden, que, por lo general, se ubican en la izquierda, aunque la izquierda, el progresismo, a menudo, se retraigan.»
El apoyo a Israel les sirve, además, a estas fuerzas, para lavarse la cara de su antiguo antisemitismo. «Las extremas derechas son, actualmente, parte central de un paradójico dispositivo macartista que usan para castigar, en nombre del antiantisemitismo, por supuesto, a los palestinos, pero también a todo un universo resistente que incluye a judíos que rechazan el sionismo.»
¿DÓNDE ESTÁ EL FASCISMO?
Stefanoni no se ubica entre quienes atribuyen a los movimientos de la nueva derecha el carácter de fascistas: «Los investigadores que más han trabajado sobre el fascismo son los más firmes en negarles a estos movimientos ese carácter, a pesar de que tienen elementos que los emparentan y es tentador hacerlo porque simplifica las cosas y las lleva al terreno de lo conocido». Hay muchas diferencias con lo que sucedía en los años treinta del siglo pasado, dice. «Aquellos eran movimientos de masas,
por lo general armados, y tenían un proyecto de transformación social, en el sentido de que querían construir una suerte de hombre nuevo fascista. Nada de eso se ve ahora.»
Pero en el gobierno y en la sociedad en que Stefanoni sí ve características propias del nazifascismo es en Israel. «La derecha israelí es supremacista, defiende y practica la limpieza étnica, defiende y practica el exterminio, el genocidio, de una población entera. Lo hace, además, con desparpajo, de manera planificada y hasta científica. Hay allí una forma de Estado de apartheid, con una legislación para una parte de la población discriminada y a exterminar, y otra para otra parte de la población, la privilegiada, la elegida. Es curioso que un país que se construyó sobre la memoria del Holocausto proceda así, pero eso solo añade perversión a la cosa: que las víctimas de ayer se conviertan en los victimarios de hoy. Los palestinos se han vuelto las víctimas de las víctimas, a las que se deshumaniza y animaliza de la misma forma que los regímenes nazis y fascistas deshumanizaban y animalizaban a los judíos. Cuando uno ve todo lo que se hace en Gaza o en los territorios ocupados, llama la atención que haya gente progresista que todavía hable de Israel como de la única democracia de Oriente Medio. Da para pensar dónde se ponen los límites. A la hora de definir campos ahí hay uno.»
FRONTERAS
«Socialistas sin complejos» se titula la adenda que cierra Un fantasma recorre el mundo. En ella Stefanoni abunda sobre la desolación ideológica que rodea a las izquierdas y los progresismos. Es más profunda aún que en los momentos posteriores al desplome del socialismo real, cuando surgían, por allá y por acá, movimientos antiglobalización, los «foros sociales mundiales» convocaban gente y movimientos, el belicismo encontraba límites en la movilización de las sociedades, se expandían los «indignados». Hoy, «el autonomismo desapareció, el populismo de izquierda se agotó y la derecha parece más “leninista” que la izquierda», apunta, aludiendo a declaraciones de Steve Bannon definiéndose como «leninista» o reivindicando a Antonio Gramsci, multicitado hoy «no como el referente del comunismo italiano», sino como «inspirador de teorías más o menos laxas sobre la hegemonía». «Los tradicionales espacios de sociabilidad de la cultura de izquierda –comités, locales culturales o sindicales, publicaciones– han desaparecido o están en retirada. Desde ellos, socialistas, comunistas o anarquistas proyectaban en décadas anteriores nuevas maneras de ver el mundo, cuando era la clase la que forjaba la identidad. Pero la clase ya no es lo que era.
¿Cuáles son hoy esos lugares? ¿Dónde están? ¿En las redes?», se pregunta durante la entrevista con Brecha. «No tengo idea cómo hacer hoy para reconstruir comunidad. Los que lo están haciendo con éxito son los evangélicos, pero bueno.»
En ese contexto, en el que hasta «la rebeldía se volvió de derecha», Stefanoni consigna que la izquierda y el progresismo se mueven entre la nostalgia y un presentismo dominado por la voluntad de no hacer olas y la resignación. El nostalgeo, piensa, lleva a algunos a insistir con consignas vaciadas de sentido y a otros a añorar instituciones propias de «un mundo basado en reglas» en momentos en que el orden liberal de posguerra estalla por todas sus costuras. Los presentistas se refugian, a su vez, en un wokismo bienpensante («¿Es simplemente [el wokismo] la izquierda posible en el marco de un liberalismo en ruinas, pero que se resiste a desaparecer?», se interroga el autor en su adenda).
Para salir del brete, Stefanoni propone, por un lado, volver a algunas definiciones identitarias olvidadas: la socialista, por ejemplo. El problema vuelve a ser qué meter dentro. «Socialismo democrático», dice el argentino. Y destaca su atracción por los socialistas democráticos estadounidenses que tienen como referente al joven alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. «Mamdani demostró que pueden conjugarse cierto wokismo y cierta identidad de clase», le dijo a Brecha. En el libro escribe: «El discurso de Mamdani hizo énfasis en cuestiones sociales como las desigualdades urbanas (y el acceso a la vivienda) sin dejar de lado su apoyo a la causa palestina; realizó una fuerte campaña territorial puerta a puerta y al mismo tiempo tuvo un enorme éxito en TikTok; recibió el apoyo de sectores acomodados de la ciudad y también de votantes de origen inmigrante de clase trabajadora, y, no menos importante, desplegó una campaña extremadamente moderna y profesionalizada –de un grado tal que el asesor electoral Lucas Malaspina habló de manera irónica de una “startup comunista”–, pero combinada con una enorme cantidad de jóvenes voluntarios». ¿Es transponible la experiencia Mamdani a otros contextos? Stefanoni duda. Cuando ubica a Boric como «un Mamdani chileno», la duda puede transmutarse en alarma. El argentino dijo también a Brecha: «En todo caso, si la izquierda no se ancla en las necesidades vitales de los de abajo y no canaliza sus miedos, ansiedades y malestares, muy lejos no va a ir y cualquier discusión carecerá de sentido». Parecería claro que así es, pero, cuando uno ve cómo los progresismos han generalmente canalizado miedos, ansiedades y malestares de los sectores populares, el no future vuelve por sus fueros.


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