Viena, París, Roma, Londres, Berlín…: una ola masiva de demostraciones cimbró en días pasados a las principales capitales de Europa. Un sujeto social, desaparecido desde hace tiempo, reapareció de manera inesperada y multitudinaria con una voz disonante: “¡No a la guerra!” Obreros, empleados, técnicos, el magisterio y las grandes centrales sindicales –en suma, el mundo del trabajo–, salieron a las calles para impugnar la política que, desde el inicio de la pandemia, convirtió a la Comisión Europea –algo así como el Poder Ejecutivo inelecto de la Unión Europea– en una estación de trámites y (muy) cuantiosos negocios delineados desde la Casa Blanca.
No faltó la manta punk: “¡El ciberproletariado, presente!” Las consignas en los muros hablan: “¡Reconectar el gas ruso, precios bajos de la electricidad!” En la octava remesa de sanciones a Rusia, está previsto cortar todo suministro energético que provee Moscú. Ergo: importar gas de Estados Unidos 40 por ciento más caro. La razón es sencilla: tan sólo el transporte, los contratos súbitos y la licuefacción disparan los costos. La escasez de energéticos vuelve la situación más dramática. En el invierno, se podrían perder 5 por ciento de las plazas de trabajo (por el aumento de los precios) y la inflación general está disolviendo los salarios.
Small dijo que, efectivamente, las “pruebas nunca existieron”. En principio, Pfizer vendió billones de vacunas sin tener la menor idea de su calidad y consistencia. Todo fue una mentira.
Lo insólito de esta demostración de fuerza desde los subsuelos que se mantenían en silencio no reside en sus demandas económicas, sino en la perspectiva política que plantea. Exigir al unísono, bajo estas circunstancias, la remoción inmediata de quien preside la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la más conspicua de las políticas locales, expulsada de Stanford por haber plagiado una tesis, equivale no a un cambio de funcionario, sino a desplazar al bloque que, desde 2019, hizo de la unión una suerte de provincia de la política militar, el Big Pharma, el Big Data y el capital financiero situados al otro lado del Atlántico. Basta recorrer las demandas en las movilizaciones de cada país para documentar este giro. En Francia, se exige la renuncia de Macron y salir de la OTAN. En Berlín, se exige que dimita Olaf Scholtz, el “enano que vendió a Alemania”; no es tan bajito, mide 1.70, aunque el cierre unilateral del gasoducto Nord Steam 2 y el envío masivo de armas a Ucrania –en abierta violación a los principios de neutralidad alemana, excepto la guerra de Yugoslavia– lo convierten en puntal de la “estadunidenización” europea. Y lo insólito: en Praga, los trabajadores demandan la disolución de la unión. Aquellos que, hace un par de décadas, abrigaban el sueño de pertenecer a Occidente, ahora quieren ahí un lugar propio y aparte.
Si la guerra en Ucrania perseguía, desde la perspectiva de Washington, promover también que los europeos se enfrentaran entre sí –una política que Estados Unidos siguió con no poca inteligencia a lo largo de todo el siglo XX–, ahora lo está logrando con creces. El gobierno de Scholz pidió recientemente a la Casa Blanca que sostuvieran el sacrificio europeo subvencionando las tarifas de gas. La palabra postración es muy altisonante, pero no carente de precisión en este caso. Nunca durante la posguerra, la producción industrial y las exportaciones habían descendido tan abrupta y descontroladamente como en 2022. En Berlín, se cocina un auténtico drama político y social. Italia, por su parte, ahora con un gobierno cuasi fascista, o sin el cuasi, ya decidió importar gas ruso. Francia se opone tajantemente a construir un gasoducto desde España, conectada al gas del norte de África. El rompecabezas europeo se empieza a desfigurar de manera acelerada.
La gota más reciente que contribuyó a derramar más aún el vaso aconteció el lunes pasado: el escándalo Pfizer. El CEO general de Pfizer, principal proveedora de vacunas en Europa, Albert Bourla, se negó a asistir a las audiencias de la Comisión del Parlamento Europeo encargada de investigar los fraudes de las industrias farmacéuticas. Una afrenta de por sí. En su lugar, envió a la encargada regional del conglomerado, Janine Small. En principio, la representante de Pfizer no pudo responder a 80 por ciento de las preguntas. ¿Por qué comprar más vacunas si 40 por ciento de ellas fueron desechadas por una población que se niega a vacunarse? ¿Cuál es la verdadera eficacia de los antídotos? ¿Por qué los abortos de las mujeres y los cientos de muertes casi súbitas posteriores a las inyecciones? Pero el momento crucial fue cuando sí contesto una de las preguntas. Un diputado holandés le exigió que respondiera con “sí” o “no” a las filtraciones de que Pfizer jamás habría realizado las pruebas de calidad previas a la producción masiva de la vacuna, no obstante haberlas anunciado tan tenazmente. Small dijo que, efectivamente, las “pruebas nunca existieron”. En principio, Pfizer vendió billones de vacunas sin tener la menor idea de su calidad y consistencia. Todo fue una mentira. La indignación en la prensa europea no se hizo esperar. Billones y billones de euros gastados en un simulacro.
Aires de rebelión circulan en el subsuelo europeo. Y el invierno promete ser riguroso.
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