
La rebelión de los “chalecos amarillos” hizo añicos el discreto encanto burgués del presidente Macron, obligado a retroceder ante el estallido social de grupos movilizados espontáneamente. En un mes, transporte, fiscalidad, medioambiente, educación y democracia representativa fueron puestos en cuestión en Francia.
En París, el 15 de diciembre de 2018, en la plaza de la Ópera, tres “chalecos amarillos” se alternaban para leer un comunicado dirigido “al pueblo francés y al Presidente de la República, Emmanuel Macron”. De entrada, el texto anunciaba: “Este movimiento no le pertenece a nadie en particular, sino a todo el mundo en general. Es la expresión de un pueblo que, desde hace cuarenta años, ha sido despojado de todo lo que le permitía creer en su futuro y en su grandeza”.
En menos de un mes, la bronca desatada por una tasa sobre el combustible desembocó en un dictamen general, social y democrático a la vez. Los movimientos que incorporan a ciudadanos poco organizados favorecen el aceleramiento de su politización. A tal punto que el “pueblo” descubre haber sido “despojado de su futuro” un año después de haber llevado al poder a un hombre que se jacta de haber barrido a los dos partidos que, desde hacía justamente cuarenta años, venían sucediéndose en el gobierno.
Y luego, el primero de la cordada cayó cuesta abajo. Como, antes que él, otros prodigios de su misma especie, igual de jóvenes, sonrientes y modernos: Laurent Fabius, Anthony Blair y Matteo Renzi, por ejemplo. Para la burguesía liberal, la decepción es inmensa. Las elecciones presidenciales francesas del año pasado –un milagro, una divina sorpresa, una martingala– había sembrado en ella la expectativa de que Francia se había vuelto una isla feliz en medio de un Occidente tormentoso. A punto tal que, en el momento de la coronación de Macron con la Oda a la alegría de fondo, el semanario británico The Economist, perfecto representante del sentimiento de las clases dirigentes internacionales, lo mostró con un traje resplandeciente y una sonrisa en la cara, cual Moisés caminando sobre el agua.
El mar se cerró alrededor del niño prodigio, demasiado confiado en sus instituciones y desdeñoso de la condición económica de los demás. Durante una campaña electoral, el malestar social sólo apareció como escenografía, generalmente para explicar la elección de los que votan mal. Pero luego, cuando las “viejas broncas” se acumulan y cuando, sin consideración por quienes las padecen, se generan otras nuevas, el “monstruo”, como lo llama Christophe Castaner, ministro del Interior, puede salir de su cueva (1). Entonces es cuando todo puede suceder.
Presión económica
El borramiento de una memoria de izquierda en Francia explica el hecho de que se hayan identificado tan pocas analogías entre el movimiento de los “chalecos amarillos” y las huelgas obreras de junio de 1936. Para empezar, la sorpresa de las clases superiores es la misma ante las condiciones de vida de los trabajadores y su exigencia de dignidad: “Todos los que son ajenos a esta vida de esclavo –explicaba por entonces la filósofa y militante obrera Simone Weil– son incapaces de comprender el punto decisivo de esta causa. En este movimiento, se trata mucho más que de tal o cual reivindicación, por más importante que sea. […] Después de haberse doblegado siempre, de haber sufrido todo, de haber tenido que aguantarlo todo en silencio durante meses y años, se trata de erguirse, ponerse de pie, tomar la palabra” (2). Tras evocar los acuerdos de Matignon, que dieron lugar a las vacaciones pagas, la semana laboral de cuarenta horas y a un aumento salarial, León Blum comentaría así una conversación entre dos negociadores de la patronal: “Oí al señor Duchemin decirle al señor Richemond, mientras se le mostraba la tasa de ciertos salarios: ‘¿Cómo es posible? ¿Cómo pudimos permitir que esto ocurriera?’”(3)¿Macron habría tenido la misma revelación al escuchar a los “chalecos amarillos” hablar de su realidad cotidiana? Con los ojos clavados en un teleprompter, tenso, más bien pálido, admitió en todo caso que “el esfuerzo que le habían pedido era demasiado importante” y que “no era justo”. Su “pedagogía” puede ser más jovial cuando cambia de destinatario.
“¿Cómo dejamos que esto ocurriera?”. Cada cual ahora conoce mejor, gracias a los “chalecos amarillos”, la lista de injusticias cometidas por el gobierno actual: 5 euros menos por mes desde 2017 para los beneficiarios de la Ayuda Personalizada para la Vivienda (APL, por su sigla en francés) y, al mismo tiempo, la supresión de la gradualidad fiscal sobre el capital; la eliminación del impuesto a la fortuna (ISF) y, al mismo tiempo, la pérdida del poder adquisitivo de los jubilados. Sin olvidar lo más costoso: la “simplificación contable” del Crédito de Impuesto para la Competitividad y el Empleo (CICE) concedido a las empresas. El año próximo, el Tesoro Público le pagará así pues el doble a Bernard Arnault, la fortuna número uno de Europa, propietario de Carrefour, del grupo LVMH y de los periódicos Le Parisien y Les Échos. Solamente esta medida costará cerca de 40.000 millones de euros en 2019, es decir, el 1,8% del Producto Interno Bruto (PIB) o, si se prefiere… más de cien veces el monto de la reducción de las ayudas para la vivienda. En un “video/diatriba” de cinco minutos que contribuyó al inicio del movimiento de los “chalecos amarillos”, la señora Jacline Mouraud preguntaba tres veces: “¿Pero qué es lo que hacen con la plata?”. Aquí está la respuesta.
Precios exorbitantes para llenar el tanque del auto y controles técnicos cada vez más quisquillosos hicieron que todo saliera a la superficie. Bancos que se atiborran con cada crédito que otorgan, pero que, por motivos económicos, “agrupan” sus sucursales, o sea, las cierran, y proceden al cierre de las cuentas de los clientes cuando éstos, para llegar a fin de mes, hacen un cheque sin comprobar su saldo. Jubilaciones, de por sí muy bajas, que el gobierno punciona como si fueran la cueva de Alí Babá. Mujeres que crían solas a sus hijos y que reciben con dificultad la cuota alimentaria de sus ex parejas, que a menudo son tan pobres como ellas. Parejas que deben seguir conviviendo a pesar de la discordia porque no pueden pagar dos alquileres. Nuevos gastos obligatorios: internet, computadora y smartphone, que hay que pagar no tanto por el placer de mirar series en Netflix, como por la racionalización de los servicios del correo, del fisco, y de los ferrocarriles (SNCF), también por la desaparición de cabinas telefónicas, que eliminaron cualquier posibilidad de prescindir de dichos aparatos. Y guarderías que cierran, comercios que se extinguen, Amazon que multiplica sus depósitos por todas partes. Todo este universo de anomia social, de imposiciones tecnológicas, de formularios que hay que rellenar, de productividad que se debe cuantificar, de soledad, existe también, en mayor o menor medida, fuera de Francia; se impone bajo distintos regímenes políticos, y es anterior a la elección de Macron. Pero al Presidente francés parece gustarle ese nuevo mundo y haber hecho de él su proyecto de sociedad. Es por ello también que se lo odia.

Aunque no todos lo odian: aquellos a quienes les va bien, profesionales, burgueses, residentes de las áreas metropolitanas, comulgan en el mismo optimismo que el Presidente francés. Mientras el país esté tranquilo, o desesperado, lo cual da lo mismo, el mundo y el futuro les pertenecen. Un “chaleco amarillo”, propietario de una de esas casitas en las afueras que en los años 70 eran un símbolo de ascenso social, ironiza con amargura: “Cuando los aviones pasan a baja altura por encima de las viviendas, nos decimos: ‘Mirá, ahí van los parisinos que sí pueden irse de vacaciones. Y encima nos tiran combustible’”(4).
Apoyo y protección
Macron cuenta con otros apoyos además del de los burgueses nómades de la capital, incluyendo a los periodistas. Cuenta también con el de la Unión Europea, por ejemplo. En un contexto en el que el Reino Unido vuelve a su insularidad, Hungría rezonga, Italia desobedece y la Casa Blanca los alienta en ese sentido, la UE no puede prescindir de Francia ni castigarla como a Grecia cuando sus cuentas se les van de las manos. Porque, por más debilitado que esté Macron, sigue siendo una de las pocas piezas aún valiosas en el tablero de una Europa liberal. Bruselas y Berlín procurarán, pues, que se sostenga.
A punto tal de conceder a París algunos pecados capitales. Cuatro días antes de que el Presidente anunciara que aceptaba varias de las demandas de los “chalecos amarillos”, lo cual acarrearía una revisión al alza del déficit presupuestario que excede el límite sacrosanto del 3% del PIB, el comisario europeo de Economía Pierre Moscovici, en lugar de retarlo y amenazarlo esperando disuadirlo de mostrar tal falta de previsión, dejó en claro que no veía allí ningún inconveniente: “Mi rol, como guardián del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, no es decirle a tal o cual país: ‘Tienen que cortar en este o aquel gasto social, tienen que recaudar tal o tal impuesto’. […] Esta regla del 3%, no es lo más importante. Gérald Darmanin [el ministro de Obras Públicas], decía, yo lo oí: ‘El 2,9 o el 3,1 no son ni el infierno ni el paraíso’; respecto de eso, no está del todo equivocado y le corresponde a Francia decidir lo que tiene que hacer. Yo hoy no voy a decir: ‘Francia corre el riesgo de ser sancionada porque se apartó de los procedimientos de déficit’” (Radio France Inter, 6-12-18). No podemos más que aconsejar a los españoles, italianos y griegos que traduzcan semejante declaración (nuestras ediciones internacionales se encargarán de hacerlo…), y a un futuro gobierno francés, cuya soberanía económica fuera más cuestionada y los desvíos presupuestarios no tan bien aceptados, de conservar la transcripción en sus archivos.
“En los momentos de crisis, el cálculo es algo secundario”, sostuvo Macron ante los parlamentarios de su mayoría para justificar las decenas de miles de millones de euros de déficit suplementario que acababa de anunciar. Y Angela Merkel apoyó casi inmediatamente el retroceso de su socio francés, enfocado, según ella, a “responder a las quejas de la gente”. La oposición de la derecha francesa también salió rápidamente a pedir el cese de las manifestaciones. La burguesía, que conoce bien sus intereses, sabe unirse cuando la casa está en llamas. Para “salvar al soldado Macron”, la patronal incluso instó a las empresas a pagar un bono excepcional a sus empleados… ¡su Presidente llegó incluso a pedir un aumento del salario mínimo! Y los medios de comunicación comerciales dejaron de mofarse de un poder al borde del abismo: “Por el momento –resumió el editorial del diario Le Figaro tras el discurso del Presidente de la República– hay que reconocerle al Ejecutivo el mérito de haber preservado lo esencial. […] Se mantienen las medidas fiscales a favor de las inversiones (anulación parcial del impuesto a la fortuna, flat tax para el ahorro…), así como la disminución de las cargas e impuestos que pesan sobre las empresas. ¡Esperemos que dure!” (5).
No podemos descartar que se cumpla ese deseo. El poder no cayó; se recuperó, protegido por las instituciones de la Quinta República y por su mayoría parlamentaria, que le seguirá siendo tanto más fiel cuanto que le debe todo. También dejó en claro que el liberalismo que exhibe no le impide desplegar vehículos blindados en París ni realizar arrestos preventivos de cientos de manifestantes (1.723 el 8 de diciembre), como ya lo había hecho durante dos semanas consecutivas. Tampoco reculó ante la manipulación del miedo –el Elíseo evocaba un “núcleo duro” que había ido a París “a matar”– ni ante la invocación de un complot extranjero –ruso, por supuesto–. Por último, al hacer él mismo hincapié en “el tema de la inmigración”, Macron confirmó su disposición al cinismo político.
El poder podrá jactarse de que los “chalecos amarillos” toman poco en cuenta el sistema internacional. Las pretensiones “jupiterianas” del Presidente de la República, su simbiosis con el universo financiero y cultural de los ricos contribuyeron efectivamente a dar la impresión de que su política dependía de un capricho personal, y de que tenía por lo tanto el poder de cambiarla radicalmente. Pero Francia ya no dispone de una moneda propia, sus servicios públicos están subordinados a la política europea de la competencia, su presupuesto es examinado punto por punto por los responsables alemanes, y sus tratados comerciales se negocian en Bruselas. Sin embargo, en la lista de las cuarenta y dos reivindicaciones más difundidas por los “chalecos amarillos”, el término “Europa” y el adjetivo “europeo” no figuran ni una sola vez.
Asimismo, los ocupantes de las rotondas y sus simpatizantes se mostraron más preocupados por protestar contra la cantidad de parlamentarios y los privilegios de los ministros que por acusar la impotencia de sus gobernantes. Ahora bien, como se pudo ver en el caso Ford, el patrón de una multinacional estadounidense ya ni se digna a atenderle el teléfono a un ministro francés, ni siquiera después de que su empresa anunciara el cierre de una fábrica en Blanquefort, cerca de Bordeaux, y el despido de sus ochocientos trabajadores (6).
Un abismo creciente
Veinte años atrás, en su análisis sobre el movimiento de desocupados del invierno de 1997, Pierre Bourdieu veía en éste un “milagro social”, cuya primera conquista era su propia existencia: “El movimiento permite que los desocupados, y junto a ellos, todos los trabajadores precarios, cuyo número crece día a día, salgan de la invisibilidad, del aislamiento, del silencio, en resumen, los saca de la inexistencia” (7). El surgimiento del movimiento de los “chalecos amarillos”, igual de “milagroso” y mucho más poderoso, da cuenta del empobrecimiento gradual de franjas cada vez más amplias de la población. Pero también de un sentimiento de desconfianza absoluta, cercana al asco, respecto de los canales habituales de representación: el movimiento no tiene ni dirigentes ni portavoces, rechaza los partidos, excluye a los sindicatos, ignora a los intelectuales, lucha contra los medios. Probablemente a eso se deba su popularidad, que mantuvo incluso después de las escenas de violencia de las cuales cualquier otro poder habría sacado partido.
Es inútil intentar predecir el futuro de un movimiento tan culturalmente ajeno a la mayoría de quienes hacen este periódico y de quienes lo leen. Sus perspectivas políticas son inciertas; su carácter heterogéneo, que contribuyó a ganar adeptos, pone en riesgo su cohesión y su poder: el acuerdo entre obreros y clases medias interviene más fácilmente cuando se trata de rechazar una tasa sobre el combustible o la eliminación del impuesto sobre la fortuna que cuando la revalorización del sueldo mínimo hace que un pequeño patrón o a un artesano teman por el aumento de sus aportes. No obstante, un lazo unificador es posible, en la medida en que muchas de las reivindicaciones de los “chalecos amarillos” derivan de las propias transformaciones del capitalismo: desigualdades, salarios, fiscalidad, declive de los servicios públicos, ecología punitiva, deslocalizaciones, sobrerrepresentación de la burguesía profesional en las instancias políticas y en los medios, etc.
En 2010, el periodista François Ruffin rescataba la imagen de dos movilizaciones progresistas que, en Amiens, el mismo día, se habían cruzado sin juntarse. Por un lado, una marcha de obreros de Goodyear. Por el otro, una manifestación de altermundialistas contra una ley antifeminista en España. “Es –decía Ruffin– como si dos mundos, separados uno de otro por seis kilómetros, se dieran la espalda. Sin posibilidad de unión entre los ‘duros’ de las fábricas y, como ironiza un obrero, ‘los burgueses del centro que dan un paseo’” (8). En la misma época, el sociólogo Rick Fantasia había observado también, en Detroit, Estados Unidos, la existencia de “dos izquierdas que se ignoran”, una compuesta por militantes sin perspectiva política, la otra, por realistas sin voluntad de acción (9). Aun si los clivajes de Amiens y de Detroit no coinciden totalmente, hacen referencia al mismo abismo creciente entre un universo popular que recibe los golpes e intenta devolverlos, y un mundo contestatario que (¿demasiado?) a menudo se inspira de intelectuales cuya radicalidad de papel no presenta peligro alguno para el orden social. A su manera, el movimiento de los “chalecos amarillos” hizo pensar también en dicha separación. No sólo a él le corresponde remediarla…
1. Christophe Castaner, “Un monstre de colères ancienne”, Brut, 8-12-18, https://brut.live/fr
2. Simone Weil, “La vie et la grève des ouvrières métallos”, La Révolution prolétarienne, París, 10-6-1936.
3. Quand la gauche essayait. Les Lecons du pouvoir (1924, 1936, 1944, 1981), Agone, Marsella, 2018.
4. Marie-Amélie Lombard-Latune y Christine Ducros, “Derrière les ‘gilets jaunes’, cette France des lotissements qui peine”, Le Figaro, París, 26-11-18.
5. Gaëtan de Capèle, “L’heure des comptes”, Le Figaro, 11-12-18.
6. Véase Ford Blanquefort même pas mort!, Libertalia, Montreuil, 2018.
7. Pierre Bourdieu, Contre-feux, Raisons d’agir, París, 1998.
8. François Ruffin, “Dans la fabrique du mouvement social”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 2010.
9. Rick Fantasia, “¿Dónde está la izquierda?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2010.
*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Victoria Cozzo.



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