El progresismo no quedó en ruinas tras la segunda vuelta, sino como una fuerza viva obligada a mirar de frente sus límites. Creció, pero no convirtió lo suficiente; tuvo señales, pero respondió tarde; conservó y amplió su votación, pero enfrentó a una derecha que supo mutar sin renunciar a sus principios. Lo que viene no se resolverá con lamento ni épica vacía: exige método, territorio, comunicación y una oposición capaz de disputar el sentido del país que se avisora.
Hay resultados electorales que no destruyen una fuerza, pero sí revelan sus límites. La segunda vuelta mostró eso: el progresismo no quedó reducido a nostalgia, ni a minoría testimonial. Salió con millones de votos, presencia nacional y una base social viva pero con importantes desafíos por delante.



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