El ascenso de Abelardo de la Espriella a la presidencia expone una frágil alianza de intereses mafiosos y corporativos, clanes regionales y sectores ultrarradicalizados. Frente a un proyecto autoritario sin hegemonía sólida, la izquierda colombiana debe superar el modelo puramente parlamentario y consolidar la organización popular como única vía para recuperar el rumbo del país.
En el momento que escribo esto, el expresidente Álvaro Uribe Vélez confirmó que no asistirá al show de posesión de Abelardo de la Espriella en el auditorio de una universidad privada (Santiago de Cali) en la capital del Valle, y el Consejo Nacional Electoral le otorgó personería jurídica al movimiento Defensores de la Patria.
Para el momento que este artículo se publique, muy seguramente otros acontecimientos deberán ser tenidos en cuenta en el análisis, pero lo cierto es que hoy el gobierno que comienza con una multiplicidad de cuestionamientos le arrebató la presidencia al proyecto del Pacto Histórico, porque el único punto en común que tienen las derechas hoy en Colombia es que solo unidos podían derrotarnos para volver a tener el control de la institución angular de dispensación de privilegios en la arquitectura del Estado colombiano.
Abelardo de la Espriella primero fue a pedirle el aval del Centro Democrático a Álvaro Uribe Vélez y este lo rechazó, quizás por costeño, tal vez por sus relaciones probadas con diversos jefes del paramilitarismo y lavadores del narcotráfico –en lo que Uribe ha sido muy cuidadoso de ocultar en su caso–, o simplemente porque para Uribe su candidato era Miguel.


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