En febrero de 2016 murió uno de los últimos grandes intelectuales italianos, Umberto Eco, quien era, además de un novelista famoso a nivel mundial, un medievalista de renombre y seguramente uno de los semiólogos más importantes de su generación y, probablemente, de toda la historia de esta, relativamente joven, disciplina. Si el mes pasado no me he atrevido a recorrer la trayectoria de Carlo Ginzburg, aún menos me voy a comprometer con una celebración de la carrera de esta figura monumental, quien estaba tan consciente de la importancia de su labor y de la voluntad que las personas tenían de celebrarlo, que en el testamento registró expresamente su voluntad de prohibir congresos y eventos culturales enfocados en su figura hasta pasados 10 años de su fallecimiento, pues en esta franja temporal se habría podido comenzar a decantar el valor de su obra y se habría podido desarrollar un filtro cultural que, según su esperanza, habría contribuido a conservar las contribuciones relevantes desechando las prescindibles de más de cincuenta años de producción literaria y académica. Calendario a la mano, este plazo venció en febrero de este año y no se sorprenda quien lee si en los próximos meses verá multiplicarse los eventos académicos y culturales sobre Umberto Eco y su obra.
Me parece que esta deliberación pueda dejar espacio solo a encomios y nos recuerde la prudencia que cada uno de nosotros debería tener ante las fáciles (auto)celebraciones, que a menudo se presentan a lo largo de una carrera.


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