La historia colombiana tiene una pulsión recurrente: cada vez que una élite siente que pierde su legitimidad democrática, intenta investirse de una legitimidad superior, divino-militar. No es nuevo. Es una constante que va desde La Violencia hasta el tecnofascismo actual
El antecedente: La sacralización del crimen
Durante La Violencia (1946-1958), los grupos paramilitares conservadores conocidos como “chulavitas”, pájaros y policías politizadas, asesinaban no solo en nombre de una facción. Asesinaban gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Partido Conservador!”1.


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