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¿Qué es lo que quieren del Polo?. Para alimentar el debate

Cuando el reclamo provenía de D’Artagnan y otros de su especie, poco nos preocupaba. El PDA debe ser una izquierda moderna, “propositiva”, y abandonar la vieja izquierda dogmática, anquilosada, intransigente, nos repetían.  El emplazamiento suele tener éxito en Colombia, donde si hay algo que angustie es sentirse pasado de moda. Pero no pasaba de ser un contrasentido. No faltaba más: ¡el adversario social y político enseñándonos cómo deberíamos ser! Sin embargo, en fechas recientes hemos visto similares reconvenciones en esta orilla, por parte de intelectuales que podríamos considerar del lado de acá, en documentos de partido o en columnas de opinión en la prensa nacional. Para mencionar algunos: Álvaro Camacho Guizado o Cristina De La Torre, quien por lo demás escribió un libro crítico sobre Uribe, que, junto con el de Rafael Ballén, son de lectura obligatoria. Significa esto, sin lugar a dudas, que ha llegado el momento de abordar discusiones inaplazables.


 


Durante la primera etapa de su existencia, le bastaba al Polo encarnar el rechazo social y político al autoritario régimen uribista y también a la agotada y funesta cartilla neoliberal. Muchas personas y corrientes cabían bajo este común denominador. Pero hoy lo “propositivo”, en el sentido de la profundidad de los contenidos ideológicos –no en el de la contemporización, como nos piden–, se ha vuelto un imperativo. El camino recorrido lo exige. Nada más el hecho de haber tenido la Alcaldía del Distrito Capital, supuestamente a nombre del PDA –y hoy a las puertas de nuevas elecciones–, implica asumir nuevas posiciones. Esto, sin contar otras presiones; principalmente las que provienen del movimiento social. En busca de identidad, una nueva y superior reconstrucción de la unidad se hace indispensable. Sin embargo, sería infortunado adoptar un viciado punto de partida. Varias son, en efecto, las concepciones que coexisten en el Polo, para no aludir a intereses, actitudes y estilos de trabajo, pero no está la línea divisoria donde quieren colocarla los consejeros del momento. Conviene, por tanto, dejar en claro, de una vez y para evitar engorrosos y perniciosos malentendidos, los términos de la discusión.


 


¿Era tan importante María Emma?


 


No es un secreto que en muchas de las reconvenciones se expresa el punto de vista de quienes todavía no se resignan a la derrota en la consulta bogotana. Aunque nadie puede decir que se trata de una opción ideológica, es cierto que al Polo, en cuanto movimiento de “izquierda”, ha llegado cierto número de políticos e intelectuales provenientes del partido Liberal, fenómeno que quizá sólo se presenta por segunda vez en la historia de Colombia, pues lo normal ha sido el fenómeno inverso (tanto es así que en algunos de ellos se trata de un regreso a la izquierda). La explicación es tan sencilla como elocuente. El ‘progresismo’ liberal abandona el barco cuando ya Samper era francamente impresentable. Un poco tarde, para ser sinceros, pues ya en las elecciones del 98 a muy pocos convencía esta figura, como expresión de progresismo, ni siquiera en la versión de su heredero. Confusión total en las filas. García Márquez llamaba a votar por Pastrana. La juventud prefería, así fuese equivocadamente, a los antipolíticos.


 


Escasos son entonces los títulos doctrinarios de esta vertiente. El desastre político de donde provienen no los hace atractivos. Por lo menos no para ofrecerlos como la opción fresca y creadora de la “nueva izquierda”. Nadie va a negarles a estas personas su participación en el Polo. Aunque a veces es preferible una buena alianza con el progresismo del partido liberal, como se hace en la Gran Coalición, que una fusión o mezcla informe. Pero nada hay para rescatar en una tradición que apenas se asoma a la demagogia y que tiene el agravante de recordar el viejo estilo promesero y clientelista de hacer política, que, con fundadas razones, repugna a buena parte del pueblo colombiano. Si algo nuevo se quiere ofrecer, precisamente se requiere tomar distancia de este oscuro pasado.


 


Y olvidaste el percal…


 


Los elementos de una concepción renovadora se encuentran, sin duda, en la experiencia del Polo al acompañar las luchas sociales. En cambio, hay sinceramente muy poco en la experiencia del paso por la Alcaldía de Bogotá. Ni en la campaña electoral, de escasa definición programática, ni en la gestión que rápidamente se apartó de las expectativas engendradas. No hubo allí una convicción, una política sólida, sino una patética necesidad de reconocimiento. Una acrobacia para colocarse, sin ser llamado, en el punto de vista del otro. En efecto, un eslogan que grita “Bogotá sin indiferencia” no es otra cosa que un llamado, dentro de la élite, a sentir piedad por los pobres. No es, desde luego, el punto de vista de los propios desposeídos. Lo curioso es que lo haya planteado justamente la izquierda, aunque no cabe duda de que fue un eslogan exitoso; reflejaba apropiada y sinceramente el sentido de una política social basada en la conmiseración, la única que la élite bogotana podía aceptar.


 


La pretendida innovación se reduce, pues, a los elementos de una política social acaso necesaria pero insuficiente. El plan de abastecimiento de Bogotá, mostrado como componente estructural y de ‘sostenibilidad’ de “Bogotá sin hambre”, fue impuesto a brazo partido por la presión de las organizaciones campesinas. Hoy hasta Peñalosa quiere apropiárselo. El gran mérito de Lucho fue entonces conseguir la aceptación de las élites para esta política social. Pero tuvo un precio: conservar y promocionar el modelo de ciudad instaurado por el binomio Mockus-Peñalosa. Por eso, Transmilenio ha sido su obsesión. Hoy, contra toda evidencia, continúa intentando imponer la siguiente fase. Lo triste está en que el fracaso, enteramente previsible, de este sistema le será atribuido a él y no a sus inventores. Tal es la carga que deberá sobrellevar el Polo.


 


Aunque en este caso nadie se ha atrevido a convertir la experiencia en opción ideológica, varios la ponen de ejemplo para enfrentar el supuesto anacronismo de la vieja izquierda. El argumento no resiste el menor examen pero tiene un mérito inmenso: señala el lugar donde debe ventilarse el verdadero debate que el Polo necesita. Lástima que haya sido utilizado de mala fe. Porque resulta inaceptable predicar que quien no esté con Lucho está con el terrorismo.


 


Tumbando puertas abiertas


 


En todo caso, el reclamo de renovar la izquierda se fundamenta mucho menos en la postulación de opciones ideológicas que en la construcción de un enemigo interno: la aborrecible vieja izquierda cuyos rasgos, identificables en los años 60 u 70, son fácilmente impugnables. Sectarismo, dogmatismo, autoritarismo, miopía política. Pero involucra, entre otras cosas, un deliberado desconocimiento de la historia. No hay que olvidar que, junto al dogmatismo más cerrero, en los 70 surgió en Colombia un amplio conjunto de herejías y heterodoxias, conjunto que llevó el sentido de lo revolucionario incluso al campo de la cultura y la vida cotidiana. La crítica que ahora se pretende novedosa tiene ya más de 30 años. Si bien no condujo a consistentes corrientes políticas, marcó la vida y las actitudes de una generación, y quedó como legado para las posteriores. Un hecho histórico irreversible.


 


Pero, como si fuera poco, fue el M-19, ya en los 80, el que liquidó la dogmática de los partidos comunistas a punta de pragmatismo, y reemplazó el moralismo del eln por su singular flexibilidad ética. Es una herencia cierta, para bien y para mal. Lo demás lo hizo la Caída del Muro.


 


El estalinismo todavía existe, por supuesto. Y no me refiero al fenómeno de orden sociológico que nos entregó en el siglo XX un “socialismo real”. Es decir, la aparición de una nueva clase que pudo explotar, y explota, trabajo asalariado a través de un Estado de oscurantismo burocrático y helado control policial. Me refiero en este caso al estalinismo como núcleo doctrinario de ciertas corrientes políticas. Quizá su mayor expresión sea, en Colombia, el estado mayor de las farc, aunque combinado con no poco de justificado rencor campesino y mucho de la idiosincrasia colombiana incubada en los 80. Empero, dentro del Polo es apenas reconocible.


 


En las organizaciones más fuertes, el PC y el Moir, a pesar de su lenguaje y sus tics, parece estar muy lejos aquella idea de ser la encarnación del proletariado; vanguardia que con mano de hierro lo llevaría durante la etapa democrática hasta la meta dictatorial (sin duda, quedan algunos otros pequeños grupos petrificados en esta idea, pero no son significativos). En cambio, estas organizaciones representan todavía una vocación de transformación social que, más allá de las verbalizaciones, los ubica como referencia identificable de un propósito radical. Es de esa vocación y de las posiciones que asumen en cada coyuntura de donde extraen el ascendiente que conservan y alimentan. Pero el Polo es mucho más que esos grupos. No sólo abarca otras corrientes y agrupamientos de corte más bien electoral sino también un círculo más amplio. Inorgánico; sin expresión elaborada y propia; pero definitivo a la hora de establecer un rumbo.


 


¿De dónde sacan nuestros consejeros ad hoc que ese círculo se sitúa en lo que han dado en considerar “izquierda moderada”? Al contrario, allí alienta un genuino espíritu revolucionario, anticapitalista si se quiere, y libertario. Y no por ello ha de ser identificado con el dogmatismo estalinista. Existe en un conjunto de activistas, de jóvenes o mayores, y sobre todo de mujeres, de diversos sectores sociales que se resisten a aceptar como sentido de vivir una pobre ideología que sólo mitigaría lo peor de los desastres que nos ha traído esta civilización. Seguramente hay también quienes acompañarían a nuestros consejeros y carecería de sentido forzar una definición categórica. Pero si se trata de construir una nueva izquierda, es en aquel espíritu donde hay que buscarla.


 


Odio políticamente rentable


 


La construcción del enemigo interno cumple además una función abominable. Se trata de la asociación que, sin decirlo, o solamente sugiriéndolo, se hace con la insurgencia armada. Otra vez un deliberado error histórico. Seguramente no ignoran que el Moir fue el primero que, desde principios de los 70, condenó explícitamente la lucha armada y llamó a participar en las elecciones en momentos en que toda la izquierda, salvo el partido comunista, era abstencionista. No queda, pues, sino éste. Y la excepción resulta ahora significativa; al revés de como lo era en aquella época. La acusación se dirige, pues, hacia la política de la “combinación de las formas de lucha”. No es del caso detenerse en el análisis de ésta, lo cierto es que hoy por hoy este sambenito que se le cuelga al partido comunista, y por extensión a la Unión Patriótica, es una manera de atribuirle responsabilidad en las acciones de las farc y por ende en la contabilidad de los riesgos. Se ha convertido en una forma de justificación del exterminio, del atroz genocidio que se perpetró en este país. Un poco como cuentan los argentinos que decían algunos en la época de la dictadura, ante cada desaparición o asesinato: “Por algo será”. Y, sin embargo, sabemos, aquí también, que la historia no fue así.


 


Sonará un poco duro pero es necesario decirlo. No gratuitamente la denuncia de la “combinación de las formas de lucha” se ha vuelto el pan de cada día del discurso gubernamental. Y cumple un doble papel. Por un lado, contra lo que llaman la “extrema izquierda” del Polo, y por otro contra el Polo en su conjunto. Hasta Carlos Gaviria ha sido puesto en la picota pública. Y pensar que algunos consideran que lo que falta en el Polo es una condena más categórica, y por principio, de la lucha armada. Curiosamente, a muchos de quienes forman en esas filas, hace 20 ó 30 años, en el eln o en el M-19, poco les faltaba para vomitar fuego y hacían gala de ‘hombría’ por estar en la “forma superior” de la lucha. La condena de poco habrá de servir. Siempre, desde el establecimiento, se buscará el modo de tender un manto de sospecha. Grave error si piensan que así se conquistará su beneplácito, aunque a corto plazo así parezca. Y vergonzosa manera de hacer política, la misma que en tiempos de Cristo se llamaba fariseísmo.


 


El tema del conflicto armado en Colombia es mucho más complejo. Y no podemos ahorrarnos el conocimiento de la historia. La violencia que se ha ejercido sobre cualquier manifestación de insubordinación popular es una constante. Desde la otra, la de los años 40 y 50. Ha servido, aunque suene a lugar común, para ajustar nuestras modalidades de acumulación de capital. Una violencia despiadada que no se puede ignorar al hacer la crítica del tipo de insurgencia que hoy existe. Una violencia que no cesa. No tiene que ver con ninguna “combinación de las formas de lucha” o sólo como pretexto que también –y ojalá no suceda- pueden aplicarle al Polo.


 


En todo caso, la posición frente a este tema no es la línea divisoria entre las corrientes que coexisten en el Polo. A menos que se insista en jugar al macartismo. Nadie en el Polo está defendiendo ahora una vía armada. Más nos valdría profundizar en lo que ya se ha dicho y es consenso: una resolución política negociada del conflicto. Cómo hacerlo, es la pregunta. Ello, claro está, tiene un supuesto que quienes pregonan la condena están a punto de abandonar: la naturaleza política de la insurgencia. Como se sabe, uno de sus argumentos favoritos es la teoría de los dos demonios: son tan criminales los paramilitares como las farc. Tan atroces las masacres como los secuestros. Pero la coyuntura política ha hecho inútil tan ingeniosa operación. Hoy el gobierno se está esforzando por atribuirles a los primeros la condición de delincuentes políticos. Según aquel principio de simetría, no queda alternativa: o lo aceptamos o la insurgencia tampoco tendría carácter político. Y en ese último caso sería éticamente inaceptable cualquier negociación. Dado que la paz no caerá del cielo, cabe preguntarse: ¿Es posible un PDA armado con una solución de guerra contrainsurgente?


 


“Y sin embargo se mueve…”


 


Ha quedado al desnudo, parece, el verdadero contenido del debate que se nos propone. Peligroso, además, en lo que tiene de macartismo. Porque lo que se sugiere como opción ideológica de modernización es tan viejo como Lenin, en el mejor de los casos. No ignoramos que la socialdemocracia, para no fecharla en el programa de Gotha, en tiempos de Marx, se remonta al debate sobre la primera guerra mundial, en 1914, cuando se divide la II Internacional. Y eso que en ésta no se abandonaba el objetivo socialista. Seguramente se piensa en la de la segunda posguerra. Pero los tiempos han cambiado. Es verdad que gusta mucho sentirse en el ‘centro’, ya que los ‘extremos’ nunca han tenido buena prensa. Pero la historia tiene sus astucias. Si en esa época la socialdemocracia era el centro entre el socialismo y el capitalismo, hoy el centro, bien representado por el laborismo y el Psoe, está entre el Estado de Bienestar y el neoliberalismo. Quizá más cerca del segundo. ¿Es esto lo que queremos? En todo caso, desde un punto de vista doctrinario, no es tan nuevo. La modernización no es más que adaptación. Aunque en Colombia, tan diferente de Inglaterra y España, no sería equivocado sino ridículo.


 


Es por eso que el lugar del debate está más bien en la experiencia de la Alcaldía de Bogotá. Para empezar. Pero mientras aparecen las argumentaciones y tesis de rigor, no sobra señalar que en el mundo están surgiendo los elementos de una “nueva izquierda”, para aceptar el nombre en gracia de discusión. Por eso el espíritu que, decíamos, alienta en las nuevas generaciones no es una invención nuestra sino una elemental expresión de lo que hoy se discute en otras latitudes, por ejemplo, en el Foro Social Mundial. Muy lejos de lo que se considera sensato y moderado, y naturalmente a significativa distancia, por cierto, de la ortodoxia marxista, de la que se ha abandonado, para desgracia de nuestros consejeros, todo lo que tenía de liberal y positivista. Aun las experiencias de los actuales gobiernos antiimperialistas de América Latina, desde Lula hasta Chávez, que esos mismos consejeros consideran expresiones por excelencia, uno de la moderación y otro del extremismo, han sido sometidas a escrutinio y no propiamente por esas calificaciones superficiales. Una nueva radicali-dad –¡qué le vamos a hacer!– cuyas formas políticas no aparecen todavía pero a las cuales se les están extendiendo, por fin, una partida de defunción al siglo veinte.

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