No aspiramos a la simple
igualdad ante la ley… sino que
buscamos consagrar para todos
la igualdad ante la vida. Gaitán

Muchas reflexiones y explicaciones sobre el malogrado proyecto gaitanista se escuchan por estos días, en su mayoría sobre los sucesos generados a partir de la 1:05 de la tarde de aquel fatídico viernes, que hicieron realidad el mandato de Gaitán: “Si avanzo, seguidme; si retrocedo, empujadme; si me matan, vengadme”. Entre las explicaciones en boga, algunas son remembranzas de sus discursos, gestos y liderazgo. Una y otras son importantes pero no van más allá del fenómeno del sujeto y poco aportan.
Entre estos acercamientos al líder y al fenómeno social, hay uno ausente o silenciado: el que explica la vigencia de sus proyectos, actualidad que resulta de la comparación de la sociedad colombiana de los años 40 del siglo XX con la de primera década del XXI.
Sociedad antidemocrática
El proceso de concentración
de la riqueza –territorial o capitalista–
es la ley fundamental que ha presidido
el desarrollo de la economía nacional. Gaitán
Para 1948, Colombia era un país despoblado: 10.841.000 personas habitaban su extenso territorio. De estos, el 74 por ciento en el campo y el otro 26 en las ciudades. La pobreza cubría el 80 por ciento de la población. La sociedad colombiana, como en el siglo XIX, aún exhibía sobre una estructura patriarcal, con gamonalismo y clientelismo trasladados del campo a las urbes, de la mano del liberalismo y el conservatismo. La concentración del poder económico era la norma, si bien ya no era un poder concentrado sólo en la tierra:
En 1950, con un ingreso nacional de $ 5.488,6 millones, el 74 por ciento de la población –localizada en el campo– apenas participó en un 30 de ese ingreso, mientras tres grandes ciudades (Bogotá, Medellín y Barranquilla) obtuvieron el 41. En las regiones de economía ‘tradicional’ (Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Magdalena, Nariño, Santanderes), el ingreso promedio campesino (arrendatarios, trabajadores agrícolas y sus familiares) estaba entre 100 y 200 pesos anuales per cápita (con un ingreso diario inferior a 50 centavos), llegando ese nivel a 300 pesos-año en las zonas cafeteras de Tolima y Cundinamarca. En esta dispersa y pobre población de peones y arrendatarios, un 4 por ciento de la nómina de contribuyentes y sus familiares absorbía el 40 por ciento del ingreso. Según una investigación de la época sobre el grado de concentración del ingreso, en 1951, de 3.340 declarantes que recibían dividendos por $ 54,8 millones, 21 percibían $ 24 millones; es decir, el 0,63 por ciento de los declarantes obtenía el 43,6 de los dividendos, que aún en 1951 gozaba de exenciones tributarias.
Concentración y desigualdad sin límites. “De
“¿Cómo se pudo preservar semejante concentración de la riqueza, cuya inevitable contrapartida ha sido el empobrecimiento de los trabajadores manuales e intelectuales? No puede darse sino esta respuesta: porque la riqueza concentrada y artillada ha capturado los centros decisorios del poder político; porque el Estado representativo […] ha sido reemplazado de manera paulatina por un Estado de corporaciones, de oligarquías burguesas y terratenientes, de burocracias intermediarias y de clientelas políticas […] ¿Qué sistema democrático, qué representación popular, qué libertades, qué derechos, pueden construirse sobre este deleznable piso de arena?”.
Pero el paso del tiempo y el crecimiento del país no rompen la lógica imperante hace más de 60 años. La desigualdad económica es persistente: el más representativo de sus especuladores financieros, no el único, el señor Luis Carlos Sarmiento Angulo, logra la deshonrosa distinción de ser uno de los 13 hombres más ricos del planeta. Al mismo tiempo, de 45 millones de habitantes, 28 millones son pobres, esto es, el 63 por ciento de la población; 16 millones viven en condiciones de miseria y seis millones son indigentes.
En un año (2007), cuando la economía del país creció al 7,52 por ciento, la banca logró las mayores ganancias, amasando unos 10,5 billones de pesos, y las 100 empresas más grandes del país se hicieron a otros ocho billones (Aurelio Suárez Montoya). “Buena hora para las sociedades de capital, pero mala hora para el pueblo. Las clases altas no han tenido siquiera la imaginación para concebir el drama del día en que debe retirarse la leche de la mesa y no puede ponerse siquiera en las manos del niño”. De igual manera, la asociación bancaria, Fenalco, el Sindicato Antioqueño y los espacios donde se reúnen los ricos del país siguen imponiendo las pautas que rigen la vida nacional.
En el campo
Los problemas del pueblo no pueden ser resueltos por la oligarquía liberal-conservadora.
Gaitán
El problema de concentración de la propiedad territorial que sufre Colombia viene de atrás. Es una herencia acumulativa. “Para 1874 se habían concedido y adjudicado tierras baldías y expedido títulos para
“De esta inmensa cantidad de baldíos, adjudicados, no hay sino
Para delinear el problema de las tierras fiscales, precursoras políticas del monopolio territorial, precisemos esta anotación: “Entre 1884 y 1895 se adjudicaron 4,6 millones de hectáreas de tierras fiscales (baldíos), estimándose aún el patrimonio de tierras baldías en 97,56 millones de hectáreas. A principios de siglo, la adjudicación de estas tierras públicas, por méritos de guerra o por compra de títulos de deuda pública, debió estar cerca al nivel de los 10 millones de hectáreas (de un total de 113,3 millones) con sólo 2,9 millones de hectáreas cultivadas y 26,9 millones de hectáreas destinadas en su mayor parte a la ganadería extensiva de pastoreo”.
“Pero el problema no sólo radica en la concentración sino asimismo en la estructura del uso, el subempleo del recurso y su deformación como patrimonio productivo convertido en mercancía especulativa. Las consecuencias económicas y los conflictos sociales de esta situación se presentarán con dramatismo en las décadas de los
Pese a este cuadro del poder real, los sectores dominantes no dejaban de expresar –como aún hoy lo hacen– que aquí reina la democracia social. ¿Acaso aquí toda persona no es libre de cambiar de clase, de transmigrar socialmente? ¿Quién les prohíbe a los pobres ser socios de grandes empresas o ingresar a los clubes de sus patrones?
Contra esta realidad se moviliza Gaitán. Lo hace denunciando la conjura contra las clases pobres ejercida desde el Estado por los “hombres homogéneos” de los dos partidos, con la activa influencia de
Seis décadas después, la lógica de la concentración de la tierra, emblema del poder señorial, pervive y se multiplica. De su mano está la expulsión de la gente del campo hacia las ciudades, desangre constante que no ha parado en casi un siglo de violencia contra los pobres del campo. De la mano del poder mafioso, aliado al político y al terrateniente (que en Colombia también es comercial y financiero), y con hondo sentido de control militar, 2.428 propietarios (el 0,06 por ciento de los propietarios) concentran 44 millones de hectáreas, lo que equivale al 53,5 por ciento de la tierra; al mismo tiempo, un millón 300 mil propietarios, el 35,8 por ciento, poseen 345 mil hectáreas, o sea, el 0,42 por ciento en proporciones individuales menores de una hectárea.
Privatización del Estado
El Estado actual es un instrumento de opresión de las clases pudientes contra los desheredados.
Gaitán
Pera hay más: los privilegios de la oligarquía provienen de la misma apropiación con fines particulares del Estado. Es así como Gaitán identificó que “La intervención del Estado –establecida como norma constitucional para racionalizar
¿Cuál es el pensamiento económico de esta oligarquía, de las grandes corporaciones capitalistas, respecto de los problemas del desarrollo? ¿Cuál el proyecto coherente de industrialización que ha estudiado y propuesto
Por esto, la filosofía social de Gaitán está resumida desde 1924 en estos que podrían llamarse “puntos básicos” de un socialismo humanista: “Reclamar que el hombre pueda gozar del fruto de su trabajo. Reclamar que al hombre, por el hecho de ser hombre, no se le trate como bestia. Que no baste asegurarle la subsistencia física sino que es necesario facilitarle los medios de cultivar su espíritu. Desde el punto de vista económico-social, el hombre sólo es libre cuando la sociedad le garantiza prácticamente su derecho a la vida, al trabajo y los servicios que le son vitales y no le deja desamparado frente a sus necesidades presentes y futuras; desde el punto de vista político, el hombre es libre cuando no actúa sobre él un poder de intimidación y cuando está formado para el ejercicio consciente de la libertad y del derecho a la representación; desde el punto de vista espiritual, el hombre es libre cuando nada coarta ni estrangula el desarrollo y la expresión pública de su personalidad y su conciencia; desde el punto de vista metafísico, el hombre es libre cuando elige cualquier horizonte trascendental para su destino y cuando es capaz de dar cualquier explicación a su propio ser”.
Consecuente con estos propósitos, precisa: “No necesitamos la libertad que hace esclavos; necesitamos la libertad que hace hombres, en el sentido de ser el fin en sí mismos”. En esta concepción socialista se ligan dos líneas de pensamiento: la de que la igualdad económica (no entendida en el sentido literal, desde luego, sino en el de igualdad real de oportunidades) es el principio sustentador de la libertad, ya que sólo mediante ella el hombre deja de ser esclavo de las necesidades. Y la de que el hombre debe ser el fin de sí mismo, tesis básica de toda antropología teórica y prácticamente humanista. Veinte años más tarde –con las experiencias históricas de la planeación económica–, Gaitán reafirmará esa concepción con la consigna socialista “No queremos una economía libre y un hombre esclavo, sino una economía esclava y un hombre libre”. “Bajo la montaña de los conceptos abstractos –decía en la proclamación de su candidatura a
Ahora, tras el tiempo trascurrido, se puede preguntar: ¿Habrá cambiado en algo la lógica de los capitalistas? ¿Cómo argumentan a la hora de presionar para que se apruebe el TLC con los Estados Unidos? ¿Cómo controlan los partidos tradicionales y, tras de ellos, el Congreso y la leyes?
Gaitán y la revolución agraria
En teoría general, revolución agraria y revolución industrial se corresponden y condicionan como las columnas de un mismo arco. Gaitán lo entendió con claridad. Sin transformación industrial, la nación campesina no tendría medios ni caminos de superación social y económica, ni podría elevarse a los estadios de una nueva cultura técnica con el objeto de mejorar los rendimientos de sus tierras, su capital y su trabajo, ni sería posible darle al peón de hacienda –liberado de las relaciones de servidumbre– una nueva categoría humana, ni sería posible implantar una economía de altos salarios y bajos precios que reemplazase la tradicional economía mercantilista de bajos salarios y altos precios. Era tan nítido este concepto gaitanista de la relación funcional entre revolución industrial y revolución agraria, que desde 1924 desechó enérgicamente la política tradicional de colonización de baldíos, por considerarlos tierras sin valor, no sólo en el sentido de estar marginadas de las corrientes de la vida económica y del mercado, sino además en el de ser tierras desnudas de infraestructura física y social.
La que pudiera llamarse “doctrina gaitanista de la revolución agraria” partía de un enunciado teórico sobre la propiedad de la tierra y los medios productivos, pero luego se desarrolló en el campo de las aplicaciones económicas, sociales y políticas.
“La tierra debe ser devuelta a la comunidad” (Gaitán). El deber ser que se inscribe en este mensaje de Arango Vélez es toda una filosofía de la historia: porque en su base puede reconocerse un principio implícito, no expresado pero sí aceptado como una verdad obvia: el principio de la ilegitimidad en la apropiación privada de la tierra”.
“La doctrina agraria de Gaitán se puede analizar mediante estos componentes:
1. Una teoría general: La propiedad sobre la tierra es fruto de una usurpación realizada en algún momento de la historia.
2. Un principio revolucionario general: El problema de la tierra no se puede resolver por medio de casuistas y fragmentarias reformas adjetivas sino por medio de la abolición del monopolio latifundista sobre el suelo cultivable.
3. Una aplicación táctica: No sólo se debe establecer la obligación social del cultivo sino también impedirse la concentración ilimitada de la propiedad sobre la tierra. Lo que más le importaba a Gaitán era prácticamente que se rompiese el control latifundista que había mantenido las tierras agrícolas en manos de una oligarquía rentista, y que funcionase la política de la obligatoriedad del cultivo, del empleo correcto del suelo laborable, desde el punto de vista social y económico.
4. Una política económica de colonización racional: Gaitán creía que la política de adjudicación de baldíos –entendida como adjudicación de tierras de la periferia, marginadas de las vías de comunicación y de la economía de mercado, desnudas de capital y de servicios– no era una solución, ni siquiera una buena operación económica para la nación ni para los campesinos adjudicatarios. ¿Qué provecho podía obtenerse de la abundancia física de tierras si las mejores –las situadas en áreas de influencia de los centros vitales– debían calificarse como tierras de manos muertas –manos de inversionistas y no de cultivadores–, y si las otras, las sobrantes, inaccesibles y baldías, estaban localizadas fuera del área comunicada y activa de la nación colombiana, de su economía de mercado y de sus fluidas corrientes de tráfico?
5. Una noción política del campo colombiano: “Por lo que hace a los labriegos –decía Gaitán desde 1924–, seria una irrisión llamarlos siquiera ciudadanos; no lo son. La ignorancia en que se les tiene los hace inconscientes de su derecho. Hombres que desde las 4 de la mañana hasta las 6 de la tarde luchan en las más duras faenas. ¿Su alimento? El más miserable que pueda concebirse. Los cinco centavos, cuando más hasta 30 que se les pagan, no les alcanzan para comer. Las enfermedades los minan sin la menor ayuda científica. La dispersión en que se encuentran no les permite asociarse para su defensa. Sus mujeres son obligadas a iguales trabajos. Sus hijos son esclavos a quienes también les toca trabajar a pesar de su edad débil y su constitución naturalmente enfermiza”.
* Elaborado a partir de Gaitán y la revolución colombiana, de Antonio García, y El pensamiento económico en Jorge Eliécer Gaitán, de Luis Emiro Valencia.
El pueblo contra la oligarquía
«Gaitán partió en dos la historia colombiana como no logró siquiera hacerlo la frustrada Revolución de las Sociedades Democráticas en 1850-1854: al suspender o desviar la dinámica pasional de los partidos –que ha mantenido dividida verticalmente a la nación en un país conservador y un país liberal–, la reemplazó por una confrontación de clases que reagrupaba a la sociedad colombiana en dos grandes frentes sociales: el pueblo, como suma inorgánica y global de clases trabajadoras, y la oligarquía, como bloque formado por grupos cerrados de poder y capaces de ejercer un control hegemónico sobre la economía, la cultura y la política».
El líder y su tiempo
“La obra positiva de Gaitán puede y debe juzgarse dentro del contexto histórico de los grandes problemas de su época:
a) El de renovar la base social de la política, en cuanto ésta no podía ser neutral en el conflicto de las clases, de los grupos y de los partidos;
b) El de resguardar con nuevas instituciones jurídico-políticas el régimen de propiedad privada sobre los recursos físicos, económicos y financieros;
c) El de transformar o airear ideológicamente el sistema tradicional de partidos, propiciando su reacomodo ideológico;
d) El de modernizar la estructura jurídica inspirada en la filosofía liberal-burguesa;
e) El de apoyar la sustitución de la orientación mercantilista del capitalismo por un modelo de modernización fundamentado en la industrialización sustitutiva;
f) El de formular la necesidad de regular las nuevas y extremas formas de concentración de la riqueza;
g) El de proponer el establecimiento de mecanismos de redistribución social del ingreso a través de la economía salarial, la seguridad social y el aparato tributario del Estado; y
h) El de formarse y formar una conciencia del ser histórico y de las nuevas relaciones con el mundo”.
Memorias
Gaitán hace dos cosas que a mi juicio, son las que decretan su pena de muerte. La primera es
También plantea las bases de una reforma agraria, con las unidades agrarias (…), plantea ya la municipalización de los servicios, plantea la reforma bancaria y una cosa que sí es explosiva: la planificación económica que es de tipo coactivo y no solamente indicativo, pero una cosa totalmente dramática que ya nadie la recuerda. ‘El Estado tendrá en todas las juntas directivas de las sociedades anónimas un representante y se hará un control de precios en la fuente y se hará la protección arancelaria condicionada a la producción cuantitativa y cualitativa, los índices de precios y el régimen de salarios’. Es decir por una vía indirecta se está llegando a unos pasos agigantados y programáticos a un régimen de elementos socialistas indirectos que desatarían una dinámica social, una resistencia en las clases propietarias…”.
“La otra cosa y que a mi juicio es la definitivo, es el Plan Gaitán. (que consiste, entre otros) en una reforma agraria realista pero radical: las unidades agrarias, la organización de cooperativas agrarias o propiedades comunitarias y coaligado con eso un sistema de mercadeo, además una nacionalización del Banco de
El Plan Gaitán es realista y práctico, ya es el de un hombre de Estado que tiene que estar enfrentado a una realidad concreta, histórica y práctica”. (El Bogotazo, memorias del olvido, Arturo Alape, entrevista a Luis Emiro Valencia, pp. 131 – 132).


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