Home » Primero de Mayo: más que una celebración…. El reto de la asociación

Primero de Mayo: más que una celebración…. El reto de la asociación

Una evidencia salta a la vista: de cerca de 20 millones de colombianos, hombres
y mujeres que para el 2007 estaban en edad de trabajar, 2.630.000 estaban desempleados; otros
10.550.000 rebuscaban sus ingresos en la economía informal, en tanto que 810.000 laboraban en
negocios familiares, sin recibir más salario que aquel representado en techo, ropa y alimento. Es
decir, una evidente degradación de las condiciones de trabajo y del referente de trabajador, como
certeza irrefutable del paulatino proceso de transformación que sufre el mundo del trabajo, evidente
en Colombia desde finales de los 80 del siglo XX.

 

La modificación de las relaciones de producción
conlleva la precarización de las condiciones laborales y la transformación de las de asociación
(ahora más reguladas por el Código Civil que por el del Trabajo), afectando asimismo los imaginarios
y los idearios de los trabajadores. Desnacionalización y privatización son las políticas del Estado,
que liquida los más importantes sindicatos del país, los cuales, anclados en la defensa de lo
gremial, no percibieron que la agenda iba mucho más allá. Y en el sector privado, que prácticamente
criminaliza la organización gremial, la concentración económica ve sus frutos con la expansión de
sectores no transables, como las finanzas y el mercado de las comunicaciones. Esto hace que el
sector económico que más contrate sea el de servicios (6.193.855 empleaba en 2006), pero en
condiciones laborales indignas y sin posibilidad de defender la asociación
laboral.

 

Esta realidad laboral se precariza crecientemente. Es tal la situación del
empleo en Colombia, que el nivel de los ocupados ‘crece’ debido al incremento del subempleo. Para
2006, según el Dane (Documentos técnicos sobre mercado laboral, 2006), los puestos creados
correspondieron a los subempleados en un 74 por ciento. Y para 2007, el 42% de los trabajadores
recibía una remuneración inferior al salario mínimo.

 

Dolorosa realidad sobrellevan los
trabajadores, fundamentada, de parte del Estado, en una contracción del sentido de la democracia y
de la soberanía misma (que lo hace someterse a las obligaciones con los organismos multilaterales),
así como la desaparición de la necesidad de una alianza histórica con los trabajadores (como sucedió
en los años 30 del siglo XX). De parte de los patrones, en su interés mezquino y su afán de lucro,
el mismo que lo lleva a insertarse en la lógica mundial del capitalismo: movilidad de capitales,
interés por participar en circuitos o mercados mundiales y de las multinacionales, que les
garanticen siquiera una parte mínima del mercado (Bavaria, Caracol, El Tiempo); pérdida del
referente de nación soberana, soportada en una base histórica y su base cultural, al igual que un
proyecto endógeno de ciencia y tecnología. Para otras realidades, también pesa la
hiperespecialización de la mano de obra. Estas y otras prácticas dominantes afectan los escenarios
tradicionales en que se realizaba la defensa de los derechos laborales, y abre otros nuevos,
enmarcados en legislaciones que protegen aún más al patrón y dificultan la lucha obrera, ahora
proyectada en una lógica cada vez más territorial.

 

Los
sindicalizados

 

Son estas condiciones políticas, económicas, técnicas y sociales –aunadas a la
legislación laboral criolla; al señalamiento, la persecución y la violencia contra quienes se
atreven a sindicalizarse; más los errores de los dirigentes gremiales de los trabajadores– lo que
explica por qué el sindicalismo está de capa caída. Según cifras recientes, del total de personas en
edad de trabajar, sólo un millón doscientos mil están organizadas en sindicatos (Burbano, Alfredo.
Entre la crisis y la reactivación, 2005).

 

En el mundo del trabajo, los patrones han tomado
la delantera, no sólo política (para lo cual el neoliberalismo resume los conceptos básicos de la
ofensiva ideológica) sino también organizativa: con el toyotismo, el outsourcing y el just
time
, imponen prácticas desregularizadoras que individualizan y rompen los vínculos laborales y
asociativos, creando condiciones para multiplicar sus ganancias: quiebran costos de producción, en
cuyo propósito reducen salarios y llevan a la práctica la desaparición de las prestaciones sociales
a las que tenían derecho los trabajadores.

 

Son entonces menos salarios que,
contradictoriamente, exigen mano de obra más escolarizada aunque menos tecnificada. Además, en esta
dinámica se incluyen coacciones de tipo afectivo. La flexibilización laboral contiene una
precarización general de la vida del trabajador, quien como nunca antes tiene que ofrecer su fuerza
de trabajo y subordinarse, en las esferas de su tiempo libre, a un costo de trabajo barato: a más de
lo ya dicho, el obrero perdió su estabilidad laboral. En otros términos, se maximizan las ganancias
del capital, pero se reducen y pauperizan los beneficios de los trabajadores. Todo apuntalado en la
debilidad de las asociaciones obreras: una realidad por superar, tomando en cuenta las nuevas
circunstancias del mundo del trabajo.

 

Revueltas y
violencia antisindical

 

La historia del sindicalismo colombiano documentó siempre una progresiva tendencia en la
asociación; en pro de sus derechos laborales, los trabajadores se agruparon a principios del siglo
XX en organizaciones obreras no formales: artesanos, tipógrafos, braceros, comerciantes. Tras
múltiples experiencias de lucha, expresiones más estructuradas, como
la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC), empiezan en la década del
30.
A
lo largo del siglo surgen sindicatos
en el sector industrial (textiles, cerveza), pero también en los servicios públicos y los
ferrocarriles, entre otros sectores.

 

Eran identidades de clase comunes entre los
afiliados, en épocas en que se demarcaba la diferencia entre el trabajo y el capital. Pese a toda la
represión, ininterrumpida por parte del Estado colombiano en el transcurso de las luchas laborales,
el movimiento sindical logró mantenerse, sorteando con tropiezos las inclinaciones de absorción de
la clase dirigente y el bipartidismo político, muy claro desde el gobierno de López
Pumarejo.

 

¿En qué sentido, entonces, se han generado las situaciones de disgregación que
sufren hoy las organizaciones sindicales?

 

El sindicalismo creció entre 1970 y 1984. En el
lapso 1984-1990, la tasa de afiliación empieza a disminuir. Y desde 1991 no sólo baja la tasa de
afiliación sino también el número de sindicalistas. Además, el balance de los cambios en la
naturaleza de la afiliación entre empresas públicas y privadas: para 1984, con el 63 por ciento, la
afiliación mayoritaria proviene del sector privado; ahora es al revés, concentrándose, con un
porcentaje del 54,20, en el público. Esto refleja la extinción acelerada de sindicatos en las
empresas privadas.

 

Para el caso colombiano, debemos resaltar la
persistente violencia como variable que afecta la sindicalización: en 2006, de los 115 asesinatos
cometidos contra sindicalistas en todo el mundo, 77 eran colombianos. ¡Más de la mitad! Esto,
valorando la persistente campaña mediática contra los sindicatos, así como las trabas que los
propios responsables oficiales imponen para impedir la organización de los trabajadores: en el mismo
2006, el Ministerio de
la Protección Social rechazó 71
solicitudes de organización sindical.

 

Retos de
afiliación y organización

 

Un primer reto de las luchas laborales en curso
tiene que ver precisamente con la autocrítica ante la razón de ser sindical. Para resistir con
éxito, las organizaciones de los trabajadores no pueden cerrarse sobre sí mismas, ni actuar bajo
antiguos esquemas que las segreguen o marginen del escenario de resistencia, bajo el lineamiento de
sus propios intereses y tomando en cuenta únicamente la defensa de los trabajadores vinculados, ya
por su permanencia, ya por el grado de formalidad con la
empresa.

 

En el presente y en sociedades como las nuestras, las luchas sindicales son cada
vez más políticas y, aunque de gremio, están ante el desafío de ser cada vez más de toda la
sociedad. En una nación sin proyecto histórico, a los trabajadores les corresponde levantar esa
bandera, para lo cual cada lucha debe ser leída en clave de soberanía, ciencia y tecnología,
bienestar colectivo, redistribución social, derechos humanos,
integración.

 

Estas lecturas y reivindicaciones pueden empezar a generalizarse desde la
reivindicación de los más negados entre los negados: los desempleados temporales, los permanentes y
los informales. Pero también desde aquellos vinculados a su circuito productivo: en el caso de los
docentes, la comunidad educativa; en el de los trabajadores de la salud, la sociedad como un todo;
en el de los eléctricos, los técnicos de barrio, pero también los ingenieros en general. Desde lo
sindical, y en permanente comunicación con la sociedad, se puede construir otro mundo del trabajo, e
igualmente otro país.

 

Se tiene, por tanto, que abordar una lectura
compleja del contexto en que se produce, donde se distribuye –se circula– y donde se vive. Sólo
desde ella, sabiendo que la fábrica está desterritorializada o que los barrios que la circundaban
han desaparecido o ya no son obreros, se puede construir una agenda para la acción que responda a
condiciones concretas y no únicamente ideológicas.

 

Es necesario incluir y no pasar por alto en este
aspecto que el imaginario obrero está inscrito en nuevos parámetros, y que ahora quienes cuentan con
trabajo sí tienen algo para perder. La sociedad de consumo ha creado nuevos referentes y dilemas. En
el extremo marginado social hay otros sectores, no propiamente obreros de punta. Por tanto, se deben
diseñar acciones culturales, comunicativas y de relacionamiento que rompan el individualismo y el
miedo a la lucha, ampliamente difundidos en los últimos años.

 

Todo esto plantea grosso
modo
un panorama por abordar, lo cual nos lleva a esperar que el 1º de Mayo no se reduzca a la
reafirmación simbólica de los triunfos históricos de los trabajadores, y tampoco a conformarse con
la idea contestataria de explotación y represión por parte del Estado –situación cierta pero no
única–, so pena de perder el todo. Reafirmar las luchas a través de manifestaciones y
conmemoraciones debe permitir la superación de las talanqueras por las que atraviesan las
organizaciones sindicales, con miras a vencer las divisiones internas y las prácticas
individualistas, para avanzar en el largo trecho de la utopía, siempre necesaria, de la unidad
nacional.

Información adicional

Autor/a:
País:
Región:
Fuente:

Leave a Reply

Your email address will not be published.