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“Lo que sí nos puede matar es la indiferencia”. Jóvenes, desplazamiento y conflicto social

 Entre calles
polvorientas, niñas y niñoscorren descalzos y calzos, en todos los colores, tamaños y olores. En
casas,amontonados estudiando o en las calles aprendiendo lo que es la vida. Lavandobusetas o
mirando, simplemente, cómo se mata o se gana el día. Es en éste lugardonde ella comparte su vida con
sus amigos y sus amigas, tratando quizá deencontrarle a su existencia un sentido nuevo en un nuevo
lugar, una nueva razónpara vivir, una nueva pasión a la cual aferrarse. Para esto, se dedica a
hacerteatro con la Corporación Déjalo Ser o componiendo canciones de rap para lacatarsis personal,
actividades que encuentra en su itinerario cotidiano.Siempre buscando algo que mueva su
ser.


            


De su barrio, Sandra dice: “Tokio es unbarrio… bonito, las casas
son más dignas que las que teníamos antes. Pero comose ha ganado algo, se ha perdido mucho. La gente
es más desunida, menoscomprensiva de la situación del otro, ese otro que ya es desconocido,
ausente.Además, hace falta un colegio más grande, un puesto de salud; son cosasmateriales, pero con
un buen rebusque se pueden conseguir. Pero lo que sí nospuede matar es la indiferencia, esa
indiferencia que ya es conocida entrenosotros”.

 

Ella, como muchos de lo(a)s
jóvenes que vivenen Colombia, pertenece a las generaciones que han vivido la diáspora por
elconflicto social y armado. La evidencia de la separación entre la cultura delcampo y la urbana.
Jóvenes con más de 40 años de herencia olvidada a concienciapor un Estado y un sistema amnésicos.
Pero ella, como muchos otros, tiene algoque decir, una memoria por contar, una opinión y un juicio
que dar.

 

Al recordar su niñez, en su rostro se dibujauna cálida sonrisa de
recogimiento y felicidad. No es una felicidadhiperestésica como la que se construye en los medios,
tan prefabricada comonuestra sociedad consumista. No. Es una sonrisa desconocida, una sonrisa en
víade extinción, ya que en su interior trae inmanente la tranquilidad. “No es lomismo ser joven o
niño en el Chocó. Allá se es más responsable con la familia,se trabaja la tierra, se escucha a los
viejos, se es buen vecino con los demás.Además, en el Chocó ser joven es salir a pescar al río con
los amigos. No se leoculta nada a nadie, hay de todo en abundancia, nadie aguanta hambre”. En
suChocó vuelven a la memoria las grandes bonanzas que otorga la tierra a la genteque vive en ella.
Un lugar de borojó y chontaduro en abundancia. Mumbu, unsitio que la vio crecer junto con su familia
y amigos. Mumbu, un lugar dondeella creía que pasaría el resto de su vida. Pero la historia les
tenía pensadootro rumbo.



 

Emigrantes en su propia tierra

 

Al contrastar su vida de infancia y parte desu adolescencia con
los hechos ocurridos de su presente; así como suconocimiento de la vida, ese proceso del apalabrar
la existencia paraencontrarle sentido, de instaurar una memoria frente a una historia de olvidoque
se niega hacerla visible, Sandra reconoce en el conflicto social, en laguerra sin comienzo ni fin,
las bases de un sufrimiento que padecen todas lasclases de la sociedad. Un conflicto fratricida que
nos desangra y nos condenaal sufrimiento en la orfandad. En este sentido, lo percibe como la falta
deoportunidades históricas que ha tenido la mayoría de colombianos, especialmentelos
afrocolombianos, indígenas y campesinos. Los histórica, económica ycultualmente olvidados y
marginados, que frente a un país de fuerte raigambreagraria se ha urbanizado por medio de la
violencia estructural que trae consigoel tan anhelado “progreso”.

 

El
ostracismo al que se ven sometidos,aceptado de manera cómplice por el Estado, la ley y la sociedad
misma, losconvierte en emigrantes en su propia tierra, cambiando sus comportamientos ypercepciones
construidos históricamente, readaptándose en el vacío de laciudad. “Uno se tiene que salir de su
tierra que le brinda todo para que unopueda vivir. Al llegar a la ciudad, se debe de sobrevivir en
lugares donde nose tiene la experiencia, el saber para hacerlo, ya que uno, la que tiene, lesirve
para estar en el Chocó. Estar en Pereira significa enfrentarse a retos, acosas que uno no conoce:
cómo funciona el trasporte público, los ascensores. Aconocer la civilización, que no está hecha para
nosotros. Por lo demás, elnegro se convierte en resentido, lo étnico en el negro sale a flote como
unaforma de defensa, se convierte en racista por miedo”. Lo que Sandra reconoce ensu percepción es
el embate del progreso arraigado en nuestras ciudades, encontinua renovación. Una renovación que
deja en desventaja a quienes nopractiquen su religión. El vacío continuo, rápido, que sólo encuentra
susentido en el sin sentido del evolucionismo social que nos promete el progreso.Obsesionados en
engullir a quienes ingenuos, al salir expulsados de sussantuarios originarios, donde la ideología
del bienestar y las instituciones noentra sino a punta de violencia, obligados a ser devorados por
la ilusión de lafortuna en la ciudad.

 

Al suceder esto, la percepción
y la valoraciónque se da por la vida se transfigura en el sufrimiento que todos podemosexperimentar
como víctimas. El valor de la vida, tanto de la propia como de lacercana, llena la palabra de un
sentido que se convierte en trascendente. Es laimportancia del ser próximo, que el propio acontecer
doloroso naturaliza, peroque a la hora de tocarle sentir la ausencia se le dimensiona en su
presenciavital, transformando la forma en que se le aprecia, reconociendo la humanidadinherente a
todos. Es la enseñanza de la barbarie lo que no debe ser trasmitidonunca más desde la eliminación
física y la vivencia individual. Es laexperiencia del horror y del sufrimiento que no debe repetirse
jamás. “El solohecho de que por el conflicto te maten a un ser querido, uno queda sin esapersona.
Uno crece sin la orientación, y más si es el padre o la madre, unoqueda a la deriva, se siente
desorientado. Terminas metido en cosas en las queuno no tiene nada que ver. Inocentes, caen sin
saber que está pasando. Yo nisiquiera tengo claro el comienzo del conflicto en Colombia, pero se
sufren lasconsecuencias. Se ve a las madres llorando en silencio, familias enterasempacando sus
pocas cosas en maletas, afanadas para que no las maten”.

 

La oportunidad de vivir vuelve
a renacer, y lasolidaridad de los pueblos regresa a su retorno, encontrando en su camino adiferentes
personas que en un momento de la vida escogieron a la fuerza otravía para andar. En Pereira se
conjugaron en una encrucijada llamada Bosques delOtún. Una de tantas invasiones a las que se ven
sometidos a repoblar enterritorios que se encuentran en los bordes de la legalidad para ellos y de
lailegalidad para el Estado, la oportunidad para rehacer su vida, llegando asimular el candor de su
lugar originario. Es la calidez construida de maneravirtual en el vacío y la desesperación de la
ciudad. “Cuando llegamos a lainvasión en Bosques del Otún, todo era muy similar al Chocó: la forma
en queestaban construidas las casas, las calles, la gente, todo era similar. Por estose vivía un
aire de que se estaba en la tierra de uno y de esa manera no fuetan duro”. Es el lugar que se
encuentra en el olvido de la ley pero continúa enla memoria de Sandra y las demás personas que
recrearon virtualmente en eseespacio y ese tiempo su lugar de origen. Ello/as han sido reubicados a
Tokio,lugar que llena las expectativas de lo legal para el Estado y la ley, como unlugar ‘digno’
para continuar su vida. Es entre el polvo y el color marrón dondese continúa la
reflexión.

 

En este trasegar de su vida, en el abandono yel olvido, puede
avisar una importante franja de seres humanos que participanen la solución a tan cruento conflicto.
Es reconocer el potencial transformadorque tenemos todos los sujetos, que al darnos cuenta de
nuestra precariasituación podemos cambiarla. Siendo para ella los sujetos organizados y
losmovimientos sociales, las puntas de lanza en esta época que urge de transformación.“Yo los veo
como los mediadores para construir un futuro mejor. Son locos, sonpersonas que piensan en las
personas. Los escuchan y contribuyen para que seconstruya la gente en mejores personas, sean
críticos y puedan realizar suproyecto de vida, encontrándose en alguno de estos sitios como
sujetostrasformadores. Quieren cambiar el mundo para que se convierta en un lugar másbonito, donde
dejemos de llorar por los seres queridos y la risa vuelvanuevamente”.

 

Ella,
como muchos jóvenes a los que les hatocado insertarse en la ciudad, conscientes del conflicto
social, cree en lossueños para el camino hacia la reconciliación y la justicia para aquellos
queencarnan en su ser las consecuencias del conflicto social, partiendo desde unainiciativa que
involucre a toda la sociedad. “Yo personalmente estoy de acuerdocon el intercambio humanitario como
un primer paso, que todo sirve para evitarel derramamiento de sangre. La gente sale a la calle a
protestar, las familiasse preguntan por sus seres queridos, desaparecidos, muertos o secuestrados,
yase muestra el interés de las personas para superar el pasado, es ver que secansó el pueblo de
soportar. Aunque se vea la violencia por todas partes, enlos barrios, las calles y las casas,
debemos seguir buscando cómo nos unimospara buscar una verdadera solución”.

 

Con
estas palabras llenas de esperanza terminamirando hacia el horizonte de su barrio, de calles
polvorientas y diversidadpor todos los rincones que se mire. Sus ojos brillan resplandecientes,
ensilencio, con su rostro pensativo.

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