No mucho después, unos seis meses,
sedespidió. Se fue para el Tolima, incorporándose a los grupos rurales comunistasque en 1964
constituyeron las farc. Adoptó el nombre de Jacobo Arenas, tal vezpensando en el progresista militar
guatemalteco Jacobo Árbenz, derrocadopresidente de su país por un títere del imperialismo
norteamericano. Marulandadeclaró que Jacobo fue su mejor asesor y amigo.
¿Qué
pensaba Marulanda de su lucha? Nos diceArturo Alape en su libro Las vidas de Pedro Antonio – Mario
Manuel MarulandaVélez – Tirofijo:
Ah, el Día Rojo, el día lunes,
un día a lasemana en que todos con su respectivo comandante se hacían presentes en lasiembra del
maíz, en el desmatoje de las sementeras; físicamente El Davis seconcentraba a trabajar
voluntariamente en un cañaduzal. Ah, la hora sabrosa quese celebraba cada ocho días, se recogía el
personal en pleno y en el patiocentral, con cinco músicos que cantaban y tocaban, se olvidaba
momentáneamentela guerra que se cernía sobre ellos, dándole la espalda al bloqueo y saliendocomo
recién despiertos del aislamiento a que estaban sometidos, para bailar ybailar de seguido. Una
costumbre que se esperaba con la ansiedad entre losdientes para aflojarle el nudo a la tensión de la
vida.
No había médicos en el campamento, “había loque nosotros llamamos
los teguas, 10 ó 12 a los que, por maldad, les teníamossus apodos, que por lo regular resultaban muy
acertados: el Doctor Gualanday,el Doctor Leche de Higuerón, el Doctor Chipaca, el Doctor Cola de
Caballo”.
En esa época estábamos hablando de lanecesidad de que se
vincularan a este tipo de lucha los revolucionarios de laciudad. Él miraba aquella idea con aprecio
extraordinario. Decía Isaías Pardo,cuándo esa gente que sufre hambre, limitaciones en la ciudad,
debería venirsepara acá […] Aquí es donde está la cosa importante, donde va a decidirse eldestino de
la revolución colombiana. Yo le decía, bueno, Isaías, de pronto esagente de la ciudad se acelera y
viene con nosotros, mira las cartas que nosmandan. Yo le leía las cartas que nos enviaban desde la
ciudad. El hombre sesentía sumamente alegre. Decía Isaías Pardo, puede ser que no estemos toda
lavida dándole golpes al mundo, es decir, cultivando, sembrando maíz, losfríjoles, sino que estemos
en función distinta, en función de poder”.
Marulanda, al volver a
Marquetalia en buscadel río subterráneo de sus influencias, comenzaría a escuchar y leer, sin
quepadeciera de escalofríos en el cuerpo, noticias diversas sobre sus muertes.Sería desde entonces
uno de los hombres que más han sobrevivido en el mundo alespanto de tantas muertes sobre su vida
–muertes que lo acechan, muertesdeseadas, muertes inventadas, localizadas en cualquier parte de su
cuerpo–, susmuertes alcanzarían hasta cien. Las historias de sus muertes se escucharían enlos
confines de la selva y de la montaña. La invención no tendría límites. Perootros recogerían esas
historias de sus muertes supuestas para contarlas demanera distinta; se volverían a escuchar por una
voz que nunca ha cesado dehablar.
En el libro de Alape no hay un
Marulandacruel, sanguinario, secuestrador. Sólo un campesino “enmontado” que huyebuscando refugio,
dónde ubicarse con su grupo, peleando con los “liberaleslimpios” que combaten al “sucio”, que es él,
Marulanda.
¿Cuándo cambió Marulanda y cuándo las farctorcieron su rumbo?
¿Quizá la muerte de Jacobo Arenas tuvo que ver con elcambio?


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